¿Qué son las emociones? ¿Y los estados de ánimo? ¿Para qué sirven?

Por Ana Villarrubia Mendiola.

Los afectos, las emociones y los estados de ánimo

Gran parte de nuestra conducta y de nuestras interacciones con otras personas están más marcadas por variables emocionales y afectivas que por variables cognitivas. Es decir, en la práctica diaria, las emociones rigen muy a menudo nuestra manera de comportarnos, incluso por encima de un análisis más racional de las situaciones. Por desgracia, esto nos lleva muchas veces a arrepentirnos de algo que hemos dicho o hecho, muchas veces motivados por in irrefrenable impulso emocional. ¿Les suena?

Para poder controlar esto de manera más adaptativa y, por tanto, para poder autorregular adecuadamente nuestras emociones, es preciso que las identifiquemos primero. Que sepamos distinguirlas, nombrarlas y diferenciarla en función de las diferentes reacciones fisiológicas que provocan en nuestro organismo.

Tendemos a pensar que la emoción viene antes que la razón cuando, en casi todas las situaciones es el pensamiento el que precede a la emoción. Sin embargo, el pensamiento nos cuesta mucho más identificarlo mentras que la emoción, más virulenta  e invasiva, se hace sentir de manera más potente. No centramos hoy en las emociones, para abordar más adelante esta relación que acabamos de adelantar entre pensamientos y emociones así como sus implicaciones para la regulación de nuestro temperamento.

Los aspectos afectivos de la conducta pueden ser considerados en dos niveles diferentes: emociones y estados de ánimo. De manera muy general, las emociones son reacciones más o menos directas a acontecimientos y hechos de la vida (que normalmente han sido interpretados de una determinada manera, de un modo previo pero tremendamente veloz); mientras que los estados de ánimo hacen alusión más bien a sentimientos más estables y más prolongados en referencia al tono emocional que predomine en la persona.

Los estados de ánimo se diferencian de las emociones de manera esencial  porque son más prolongados, duran más tiempo, tienen menos intensidad, son más generales y difusos y globales y no tienen por qué ser la consecuencia directa de una única situación sino que pueden responder  a la acumulación o sucesión de varias emociones.

Las emociones representan, en cierto modo, la expresión directa de la personalidad que escapa a nuestra voluntad. Expresan el significado íntimo personal de lo que está ocurriendo en nuestra vida social y combinan los procesos motivaciones cognitivos, adaptativos y  fisiológicos en un estado complejo que implica diferentes niveles de análisis.

Las emociones tienen su propia autonomía y una predictibilidad limitada, de forma que pueden aparecer inopinadamente sin bases racionales suficientes, y desaparecer de la misma forma. Una clara ilustración de ello es el flujo de los deseos,  generalmente ajenos al control del sujeto en su aparición, aunque sí en su manifestación.

Las emociones son, además, uno de los medios más rápidos y eficaces de comunicación humana (en este sentido, podemos afirmar que tienen un claro e importante significado adaptativo y evolutivo).

Cada uno de nosotros dispone de un patrón o estilo de emociones prevalentes. En muchas ocasiones, la personalidad puede definirse como el conjunto de estados emocionales que caracterizan a un sujeto (hablamos entonces de emociones personotípicas).

En este sentido, los pensamientos tendrían una función de elicitación de las emociones deseadas y habituales en el sujeto, aquellas que proporcionan seguridad emocional, las que el sujeto mantiene para consolidar el sentido y la experiencia de sí mismo.

En general, las emociones se articulan entorno a un modelo bidimensional, con dos polos diferenciados. Por un lado las emociones se poseen en un determinado nivel de activación (positiva o negativa) y, por otro, responden a un determinado tipo de evaluación (que puede ser también positiva o negativa).

Cuando las emociones nos activan de manera positiva hablamos de tensión mientras que cuando la activación es negativa hablamos de relajación. Del mismo modo y en otra dimensión que es necesario conjugar con la primera, cuando la emociones responden a una evaluación positiva de una situación hablamos de emociones positivas como, por ejemplo, la felicidad, mientras que cuando las emociones son el resultado de una situación que hemos evaluado negativamente hablamos entonces de emociones negativas como, por ejemplo, la amargura.

Hablar de emociones positivas o negativas ha de ser meramente descriptivo pues ninguna emoción es genuinamente negativa o positva para el ser humano sino que todas ellas son adaptativas o desadaptativas en función de un determinado contexto (es decir, nos ayudan en mayor o menor medida a responder de manera útil y provechosa para nosotros mismos a una determinada situación).

Por ejemplo, sentir un ligero grado de ansiedad ante un examen relevante para nuestra carrera académica puede llegar a ser adaptativo en el sentido de que la emoción nos prepara para la acción, nos indica que se trata de una prueba trascendental y que nuestro nivel de desempeño ha de ser óptimo, nos recuerda que no podemos “dormirnos en los laureles” ni realizar el examen con desgana sino con un alto nivel de atención y concentración. En el polo opuesto, un nivel excesivamente elevado de esta misma emocione puede llegar a bloquearnos o a elicitar respuestas de huida ante el examen (algo que nos perjudicaría sobremanera) por lo que acabaría por resultar una emoción desadaptativa y perjudicial para nuestro intereses en un momento determinado.

 

Ana Villarrubia Mendiola dirige la consulta de psicología ‘Aprende a Escucharte‘ en la calle Alonso del Barco nº 7, en Madrid.

 

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