¿A qué le temen los niños? Las etapas y el desarrollo del miedo

Por Nuria Torres Marcos.

Como ya hicimos mención en post anteriores, el miedo constituye una respuesta adaptativa y cumple una función de supervivencia para prevenir situaciones peligrosas o amenazantes, preparando al organismo a través de señales incomodas y desagradables, para reaccionar. Son respuestas instintivas y universales, sin aprendizaje previo, que tienen por objetivo protegernos.

Los miedos son evolutivos y normales, y van cambiando con la edad. A medida que el niño crece y su sistema psicobiológico madura, el objeto temido varía hasta que tiende a desaparecer progresivamente.

A veces estos miedos no obedecen a ninguna causa real de peligro o se sobrevaloran, por lo que ocasionan un enorme sufrimiento en los niños y, como no, en sus padres. En este caso, puede verse alterado su funcionamiento y su capacidad para afrontar determinadas situaciones cotidianas como dormir, ir al colegio, etc.

Ciertos temores o miedos patológicos pueden derivar hacia otros trastornos que requieren una atención psicológica más específica, por lo que es importante establecer la frontera entre uno y otro. Esto no siempre es fácil, dependerá del niño, el tipo de miedo, las circunstancias en las que se encuentre, la intensidad  o frecuencia del mismo, así como el grado de afectación.

A partir de los seis meses hasta el año, los bebes comienzan a experimentar ciertos miedos programados genéticamente y con un alto valor adaptativo, cuya presencia denota cierta “madurez” en el bebe. Alguno de estos es el miedo a estímulos intensos, pero sobre todo a personas extrañas o desconocidas para ellos.

Entre el año y los dos años, se intensifica el miedo a la separación de los padres y el temor hacia los extraños, ambos pueden perdurar hasta la adolescencia o la edad adulta, lo que puede tomar forma de “timidez”. Es en esta etapa, cuando empiezan también a surgir los primeros miedos relacionados con pequeños animales y con los ruidos fuertes, como puede ser los de una tormenta.
Entre los cuatro y los seis años se mantienen los miedos de edades anteriores pero entran en juego otros como a los estímulos imaginarios, los monstruos, la oscuridad, los fantasmas, las brujas o algún personaje de cine. Los miedos a los animales también se mantienen en esta etapa y pueden continuar cuando son más mayores.

De los seis a los nueve años los niños comienzan a diferenciar las representaciones internas de las realidades objetivas. En esta etapa los miedos son más realistas y específicos, como el daño físico, los médicos, la sangre, etc, además de otros más circunstanciales, como el fracaso escolar o el miedo al rechazo y la crítica.

A partir de los 9 años, los miedos a los accidentes o las enfermedades junto con el rendimiento escolar o los conflictos familiares son los más comunes.

Así, llegando a la preadolescencia aparecen las preocupaciones derivadas del fracaso, el rechazo por parte de los iguales o las amenazas para tomar una mayor relevancia en la adolescencia todos aquellos relacionados con las relaciones interpersonales, el rendimiento personal, los logros académicos y deportivos, el reconocimiento de los otros y la autoestima.

Es aquí donde se produce una “ruptura” con la barrera familiar y una búsqueda de la propia identidad, de manera que el joven puede probarse ante situaciones de riesgo como una forma de autoafirmarse ante sus iguales y así, dejar atrás ciertas etapas infantiles.

Cuando determinados miedos dejan de ser transitorios, son desproporcionados e interfieren significativamente en la vida diaria del niño, lo mejor será buscar la atención necesaria para averiguar el porqué de su mantenimiento y aliviar la ansiedad que pueda estar produciendo en el pequeño, así como en el contexto que le rodea.

Nuria Torres Marcos es Psicóloga (Col. M-26071) en el Centro de Psicología  Aprende a Escucharte’ en el centro de Madrid, junto a la Glorieta de Embajadores.


 

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