Anorexia: ¡Reacciona!

Por Ana Villarrubia Mendiola.

El otro día, gracias a una compañera psicóloga, me topé con este vídeo en internet. http://www.youtube.com/watch?v=zRDthf8CjUg.  En cinco minutos y medio, unas cuantas fotografías desgarradoras acompañadas de las apabullantes palabras de su protagonista nos guían a través de un sobrecogedor proceso de autodestrucción: la anorexia.

¿Por qué? ¿Cómo es capaz el ser humano de dañarse a sí mismo hasta ese nivel? No importa la de casos que se hayan visto, leído o estudiado; cada uno de ellos produce un nuevo y genuino escalofrío.

Mi compañera se enfrentaba a una crisis con una de sus pacientes y, muy implicada en el caso, se preparaba para una sesión en la que tendría que afrontar con esta persona un considerable bache en el proceso de recuperación de su incipiente trastorno de alimentación. Mi compañera, de actitud alegre y optimista, estaba preocupada y había preparado su trabajo a conciencia pero en ningún momento perdió la compostura. Mientras evaluábamos el caso en profundidad, entre factores de riesgo, desencadenantes, factores de vulnerabilidad, análisis de origen y análisis de mantenimiento del problema, etc.; pensaba en el bendito momento en el que esta persona había decidido darse una oportunidad a sí misma y buscar ayuda. Pensaba en lo distinto que sería nuestro trabajo si esta persona hubiese llegado a la consulta tan solo unos meses más tarde. Una conjunción de elementos a su alrededor le habían tendido un asidero al que, en un momento de lucidez, había decido agarrarse. Esto no siempre llega, o no siempre llega en el momento adecuado.

Más allá de las consecuencias físicas más obvias (desnutrición, deshidratación, anemias, problemas cutáneos, problemas capilares, alteraciones en el desarrollo, etc.) existen otras muchas consecuencias que pueden llegar a ser irreversibles y que marcan a al persona con la imborrable huella de la enfermedad: periodos prolongados de privación de alimentos y la continuidad en la auto provocación del vómito aceleran la descalcificación ósea, llevan a la pérdida de la menstruación, erosionan el esmalte, destruyen piezas dentales, causan daños orgánicos, etc.

No pretendo enumerar aquí todas las fatales consecuencias de los trastornos de la alimentación desde un punto de vista clínico, en absoluto. Cuando la persona ni reconoce tener un problema, de nada sirven las palabras que, a sus ojos, están vacías, no llegan a ningún sitio. Lo que quiero es enfrentarme a esa recurrente respuesta:

Yo no voy a llegar ahí, esa/ese no soy yo.

¿Cómo transmitir el peligro cuando aún se está a tiempo? Amigos y familiares preocupados se enfrentan a este drama diariamente en una sociedad en la que los trastornos de la alimentación han aumentado, instigados por un falso e imposible ideal de belleza con el que muchos (sobre todo ellas pero ellos también), a edades de enorme vulnerabilidad, vinculan su valía personal hasta la extenuación.

¿Y qué hay de todo lo que se pierde en el camino?

¿Acaso no notas que has dejado de hacer cosas con las que antes disfrutabas? ¿No te desconoces por completo? ¿No te sientes desgraciado con todo un mundo a tu alcance? ¿No te ahoga esa sensación? ¿No sientes que has perdido el control de tu propia vida? ¿No te vas aislando? ¿No vives con una obsesión que no te permite concentrarte en nada más? ¿No se resiente todo tu entorno? ¿No te has convertido en tu peor enemiga/o?

Y, ahora, dime: ¿De verdad tienes que llegar hasta ahí para darte cuenta? ¿Es que necesitas cicatrices?

Ana Villarrubia Mendiola (Psicóloga Col. M-25022) dirige el Gabinete Psicológico ‘Aprende a Escucharte’

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