¿Mal genio o ira?

Por Nuria Torres Marcos.

Hemos dedicado apartados anteriores a reflexionar sobre las emociones, por qué son importantes, cómo educarlas o cómo adquirir buena inteligencia emocional, resaltando algunas de ellas. Hoy me parece interesante dedicar otro de ellos a una de las emociones más inmovilizantes: la Ira.

En el coche, gritamos a los demás conductores por ir demasiado lento, no hacer señales o nos cabreamos cuando pillamos un atasco; en los partidos de fútbol o en las colas de los supermercados; al golpearnos con algo o al no encontrar las llaves en el bolso; con la política del gobierno o ante los impuestos y las multas, Estos ejemplos no dejan de ser algunas de las situaciones donde puede aparecer comúnmente la ira como reacción más empleada.

Como cualquier otra emoción, la ira es el resultado de un conjunto de pensamientos, formas de interpretar o, por ir más a la base, de ideas aprendidas que chocan fuertemente con la realidad de la situación, generando gran frustración y malestar.

Cuando las cosas no van por donde a uno le gustaría o pensamos que no deberían de ser así o incluso, cuando nos encontramos ante algo que denominamos “injusticia”, nos sentimos perturbados, enfadados, nerviosos, acalorados y quedamos inmovilizados por un fuerte sentimiento de rabia, el cual podemos elegir dejar salir o guardarnos para nosotros, viviendo el momento con bastante ansiedad.

En cualquier caso, suele tener el mismo efecto, no es más que la otra cara de la misma moneda, no se obtiene ningún beneficio a través de ella, pero si pueden aparecer graves problemas a nivel fisiológico como hipertensión, ulceras o problemas cardiacos.

Es posible que pensemos que la ira es útil para conseguir lo que queremos o para producir reacciones en el otro, pero lo que es verdad, es que como cualquier castigo, no enseña una forma adecuada de comportarse, ni logra conseguir cambiar la forma de actuar de otros sino, más bien, lo contrario, aprenderán ha ejercer control sobre nosotros a través del enfado, de la misma manera, interfiriendo en gran medida en las relaciones afectivas y en la comunicación.

Ya hemos comentado que la expresión emocional es algo necesario para una buena inteligencia emocional, siempre y cuando esta sea más saludable que su represión.

La ira va dirigida a otros, no es un simple enfado, sino una reacción aprendida ante la frustración de que las cosas no sean como uno cree que deberían ser, es destructiva, perjudicial y conduce a la depresión, pero como todo lo que se aprende, se puede desaprender, remplazándola por otras reacciones más positivas y adaptativas para uno mismo.

Como todo en la vida, esta emoción, no es ni buena ni mala, solo es, existe, está ahí, forma parte de nosotros los humanos, pero se convierte en un peligro en cuanto que se pierde el control sobre ella a causa de un mal hábito; dejar que aflore con excesiva frecuencia y sin control.

La ira puede controlarse; de hecho muchas personas la controlan -se auto-controlan-, hacen eso en cuanto empiezan a comprender que la ira es un serio problema tanto para sí mismas como para los que les rodean.

Así mismo, contactar con aquellos pensamientos que contribuyen a nuestro malestar y que llevan a elegir la ira como forma de reaccionar, puede ser el primer punto para manejar esta emoción tan insana.

Es necesario mantenerse alerta, consciente, y atajar rápidamente cualquier conato de ira que aparezca en el interior de uno; no por medio de la auto-represión, sí por medio de la observación del problema, su comprensión definitiva, y su desactivación posterior libremente aceptada.

Nuria Torres Marcos es Psicóloga (Col. M-26071) en el Gabinete Psicológico ‘Aprende a Escucharte

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