Apoyando el duelo

Por Nuria Torres Marcos.

Cuando sufrimos la pérdida de un ser querido, nuestra vida da un enorme cambio en el cual nos sentimos inseguros y sin saber muy bien qué hacer para seguir hacia adelante. Toda reacción es normal ante un hecho que no nos ocurre todos los días, al que no estamos habituados a enfrentarnos y ante el cual no nos queda otra que adaptarnos.

Desde los orígenes, el duelo ha sido un tema del que pocos hablaban, sobre el que nadie nos ha enseñado a vivir sanamente, sino que cada uno de nosotros, a través de la fuerza de la experiencia próxima, hemos ido reuniendo algunas de la claves.

Es difícil afirmar que una pérdida pueda enseñarnos a vivir y a humanizarnos, o encontrar algo positivo cuando alguien nos deja, pero la verdad es que la muerte nos hace pensar sobre nuestro sentido en la vida, el amor, las relaciones y sobre todo, nos hace sentir intensamente cada una de nuestras reflexiones.

El duelo es esa experiencia emocional que supone la pérdida de algo o alguien significativo para nosotros. Es un proceso normal que nos lleva a la superación y que nos prepara para vivir sin la presencia física de la pérdida, manteniendo el vínculo afectivo con ella. Las pérdidas implican un gran sufrimiento para la mayoría de las personas pero veces el proceso puede complicarse y requerir ayuda externa.

Antes de que la pérdida se produzca, podemos vivir un duelo anticipatorio, que puede servirnos para prepararnos ante la misma; podemos también, vivir un impacto normal en el momento en el que se produce, cuya duración varía según la persona y el valor de lo perdido (duelo normal). Podemos hablar de duelo retardado, cuando la persona tarda en reaccionar en su vivencia y en la manifestación de su dolor, y por último existen aquellas personas que no consiguen recolocar la pérdida dentro de sus vidas, cayendo en un duelo crónico, o incluso patológico.

Vamos ha detenernos un instante en este último, ¿Cómo podemos saber si se trata de un duelo patológico?

Algunas de la señales de alarma que podemos encontrarnos son estas: una duración excesiva (mayor a 6 meses), incapacidad para desvincularse mínimamente del fallecido, excesiva expresión de culpa o reproches hacia uno mismo o hacia otros, reacciones desproporcionadas, conductas desadaptativas y alteraciones en las distintas áreas de la vida de la persona y su funcionamiento general, entre otras.

Como sabemos no todas las situaciones de duelo son iguales, las características de la pérdida, la persona o el fallecido pueden hacer que el duelo sea más complicado.

El duelo es un proceso y no un estado, por lo que existen ciertas tareas que pueden realizarse para restablecer el equilibrio y completar el proceso, estas requieren un esfuerzo, lo que supone que la persona ha de ser activa, ya que en sus manos está, el modificar su situación.

No basta con decir “el tiempo lo cura todo…”, ya que si se trabaja puede convertirse en una experiencia enriquecedora, que suponga la maduración y el crecimiento personal para seguir enfrentándose a la vida con actitudes vitales más adaptativas.

Nuria Torres Marcos – Psicóloga Colegiada M-26071

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