Apasionados por el Reino

“La fe en el Dios de Jesucristo”: Opción amorosa y libremente vinculada [Material para Confirmación II]

a. Introducción
En el sacramento de la confirmación, momento de ‘madurez’ en la vida del creyente, confluyen estos tres términos, ya que el joven y la joven deciden libremente (o se esperaría que fuera así) optar por un proyecto: el Reino de Dios, y por un Dios: el Dios cristiano, el Dios Uno y Trino. Dicha respuesta nace de una elección y de una llamada hecha por el mismo Dios. Es más, asumimos que en este sacramento actúa o debe actuar la libertad porque el Espíritu Santo se define como libertad, de ahí la glosa: “Donde hay libertad, ahí está el Espíritu de Dios”.


b. La libertad como fruto del Espíritu

El concepto de libertad tiene variadas acepciones o significados. Ser libre es poder desarrollar al máximo las potencialidades que cada uno posee. Pero desde la comprensión cristiana, la libertad adquiere una connotación específica: Dios, el cual es el libre por excelencia. Y si él es libre, y nosotros somos creaturas hechas a su imagen y semejanza, también gozamos de esta libertad que no es egoísta, sino que es vincula y vinculante.

Ahora, ¿cómo se vincula la libertad? La respuesta es el amor. Siguiendo a Pablo en su mensaje a los Gálatas: “Un solo mandamiento contiene toda la ley en su plenitud: amarás al prójimo como a ti mismo” (Gal 5,14). Y ese amor le viene al creyente del mismo Dios, ya que Él amó primero y fue tan grande su amor que envió a su Hijo único a vivir entre los hombres. Es la máxima cercanía de la libertad vinculada, que se funde en el amor.

Es más, aún en los peores casos, en aquellos en los cuales creemos que nuestra libertad está robada, aún ahí somos libres por el sólo hecho de amar y creer. No por nada en la sinagoga de Nazaret, Jesús da inicio a su programa con el profético de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha enviado a liberar a los cautivos, a dar vista a los ciegos, a anunciar un año de liberación” (Cf. Lc 4,16-21).

En esto, quisiéramos traer a nuestro desarrollo la experiencia de Viktor Frankl, psicólogo de Viena que estuvo detenido en los campos de concentración nazis. En su cautiverio, escribe una de sus obras más representativas “El hombre en busca de sentido”. En una de sus páginas se lee: “A pesar del primitivismo físico y mental imperantes a la fuerza, en la vida del campo de concentración aún era posible desarrollar una profunda vida espiritual (…) eran capaces de aislarse del terrible entorno retrotrayéndose a una vida de riqueza interior y libertad espiritual” . La libertad espiritual es fruto de esa acción misteriosa que llamamos Espíritu de Dios. El que se siente prisionero, cualquier sea la causa, sabe que aún puede volver su mirada a un Dios que da libertad, llama en libertad y espera del hombre una respuesta libre y generosa.

Antes decíamos que la libertad está vinculada con el amor, opción libre que hacemos por una persona, por un proyecto, por Dios. Nuevamente nos habla V. Frankl: “Cuando todo se ha perdido” “Un pensamiento me petrificó: por primera vez comprendí la verdad vertida en las canciones de tantos poetas y aclamada en la sabiduría de tantos pensadores. La verdad de que el amor es la meta última y más alta a que puede aspirar el hombre. Fue entonces cuando aprehendí el significado del mayor de los secretos que la poesía, el pensamiento y el credo humano intentan comunicar: la salvación del hombre está en el amor y a través del amor”.

El amor es por tanto el mayor fruto del Espíritu, que hace al creyente un ser abierto a lo trascendente, a la experiencia de la acogida de un Dios que amó de tal manera que se hizo hombre solamente para amar al hombre y a la mujer. La confirmación, el sacramento del Espíritu nos da esa capacidad de ser libres e invitar a otros a ser libres, esto porque el Espíritu de Dios está sobre nosotros y nos envía a anunciar las Buenas Nuevas a los pobres.

c. Ser confirmando, ser padres y padrinos: el desafío de amar y vivir en libertad cristianamente vinculada

Cada uno de ustedes, queridos hermanos jóvenes, llegó buscando algo, o motivado por alguna causa específica. En este camino fueron acompañados por sus padres y familia, y en un determinado momento tuvieron que escoger un padrino o una madrina que les ayudará a caminar en la fe que profesan y a la que se comprometen anunciar en medio de un mundo cada vez más convulsionado.

Ser confirmando, ser padres y ser padrinos o madrinas, constituye un desafío permanente para vivir el amor que como vimos antes es fruto del Espíritu y también es un desafío en cuanto vivir la libertad que debe ser una cristianamente vinculada.

Anselm Grün, monje benedictino que ha regalado a la Iglesia una profunda bibliografía de meditaciones y vida espiritual, en su obra “La confirmación, responsabilidad y fortaleza” (2002), expone aquello que consideramos lo esencial al momento de definir al sacramento como desafío permanente en relación al amor y a la libertad.

Dice Grün: “por el nuevo nacimiento según el Espíritu debe encontrar su propia identidad y aceptar su responsabilidad ante sí mismo y su propia vida”. La libertad vinculada de la que hemos hecho mención anteriormente, posee dicha connotación porque todo aquello que realizamos tiene repercusión, ya sea positiva o negativa en los demás. Es lo que fundamenta la moral cristiana y la fijación del rostro moral al momento de la muerte.

Continúa Grün: “La experiencia más importante de los que viven según el Espíritu es, para Pablo, la libertad (…) El Espíritu Santo nos libera de las cadenas de nuestra psiqué, en las que volvemos a caer una y otra vez (…) dejarse guiar por el Espíritu nos libera por dentro”. Esto es fundamental para nuestra comprensión de la fe cristiana. El Espíritu que fue infundido en nosotros en el día de nuestro bautismo, tiene su plenitud en la Confirmación y hace de nosotros personas libres es decir hijos e hijas de Dios con una dignidad inviolable.

Queremos finalizar nuestra exposición con algunas líneas sobre los padrinos. Los padrinos son aquellos que acompañan al confirmando en el camino que ha recorrer, y por ello deben ser personas idóneas y elegidas en libertad. A. Grün lo expresa bellamente: “en el padrino se hace visible el Espíritu Santo como defensor, protector. El padrino apoya al confirmando, le guarda las espaldas para que sepa mantenerse firme, para que se arriesgue en el combate de la vida. Es tarea del padrino poner la mano derecha sobre el hombre del confirmando (…) En muchas comunidades no es sólo el padrino que se pone junto al confirmando, sino también sus padres, hermanos y amigos. Todos ellos ponen su mano en el hombro de la persona joven. Así se expresa que el confirmando no está solo, que hay muchas personas que le amparan, que van con él por la vida, que puede contar con ellos” . Esto también viene a iluminar el tema de nuestra libertad vinculada, ya que al escoger un padrino esa acción ya está influyendo en que nuestra vida de cristianos que se preparan para dar testimonio público de la fe en el Dios de Jesucristo está amorosamente vinculada a otros (padrinos, familia, sociedad).

d. Para finalizar

En estas reflexiones hemos ido asumiendo que la presencia del Espíritu de Dios provoca que el creyente se comprenda como ser libre, que apuesta por la libertad y que la anuncia de parte del Señor. Esta libertad además está vinculada a los demás, por lo cual cada acción que realicemos tiene repercusión en el espacio público y privado. La misión final de este recorrido que hemos hecho en las catequesis no será otra cosa que testimoniar en el mundo, en la historia, en el colegio, en la familia, en mi propia vida el Evangelio y el Reino. Sólo así tendrá sentido el camino realizado.


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