Apasionados por el Reino

Nicodemo, el silencio y la revelación

[Las reflexiones siguientes son apuntes de clases para la Escuela Diaconal de la Diócesis de Rancagua, Chile. El desorden de las mismas responde a ser "apuntes"]

1. Sesión dedicada al Hijo: el Hijo es entregado por el Padre; el Hijo entrega-envía al Espíritu a la Iglesia y a los discípulos en misión; la Iglesia entrega-comunica el mensaje del Hijo.

1.1 La fe, por lo tanto, aparece como transmisión: no accedemos a la fe por una cuestión personal; sino que es la comunidad – desde el Dios comunidad – quien entrega el conocimiento de lo que debe ser creído, tanto en su aspecto doctrinal como en su dimensión subjetiva (encuentro con Dios en el encuentro con los hermanos de la comunidad)

2. La entrega se realiza en el silencio: la Encarnación; Belén; la Cruz; la Resurrección. Es una “entrega paradójica”: "Mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan el saber, nosotros proclamamos a un Mesías crucificado: escándalo para los judíos, y locura para los griegos. Pero para los que Dios ha llamado, judíos o griegos, este Mesías es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues las locuras de Dios tienen más sabiduría que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres" (1 Corintios 1,22-24)

3. Y en la paradoja (Dios como vulnerable; Dios Mesías crucificado) hay una revelación: por eso la máxima revelación de lo que es Dios (y consecuentemente de quién es el hombre) pasa a través de la cruz y de la humillación (humildad; humus; tierra). Y eso es experimentado por Nicodemo en el diálogo nocturno con Jesús. Para ello, me basaré en José Luis Martin Descalzo, Vida y misterio de Jesús de Nazaret II El Mensaje (Sígueme, Salamanca 1998), 62-69.

4. Jesús se encuentra con un intelectual, con un fariseo, un conocedor de las leyes de Israel, y de un cumplidor de las mismas. Dice Martín Descalzo “va a ser el primer enfrentamiento entre la inteligencia de los hombres y la locura de Dios, entre el Dios de los filósofos y el de Abraham” (p.62). Por ello Pablo acentúa que la locura de Dios pasa por aquello que la sociedad y la cultura actual puede llamarse “positividad”: la eliminación de toda la negatividad (enfermedad, muerte, dolor, pobreza, vulnerabilidad, fracaso).

4.1 Dicen las crónicas antiguas “Nicodemo es un príncipe de los judíos; su riqueza podía dar de comer durante 10 días a todo el pueblo de Israel” (Martín Descalzo, 62).

5. Y este encuentro pasa en la noche: “Éste (Nicodemo) vino de noche a ver a Jesús” (Jn 3,2). Martín Descalzo dice: “un combate frente a frente en la soledad de la noche” (Martín Descalzo, 62).

5.1 Los grandes místicos hablaron de la “noche oscura” del alma, de esos momentos de crisis en donde pasa una revelación.
5.2 Judas, cuando sale a la traición, también lo hace “de noche”: es noche en el alma de Judas (una noche metafórica).
5.3 En la noche comienza a fraguarse la inquietud, la duda, el querer ver a Jesús. En su alma intelectual algo pasa. El texto de Juan no lo explicita, pero podríamos aventurar una serie de cosas que podrían haber acontecido en el alma de Nicodemo.
5.4 Pero Nicodemo actúa prudentemente: sale de noche, porque es un fariseo, poderoso económica y socialmente. En el día Jesús está asediado de gente durante el día, pero en la noche lo puede encontrar más solo. Dice Martín Descalzo: “tendrá que ir a verle de noche. Pero tampoco esto es sencillo. Nunca se sabe dónde para el Nazareno. No tiene casa propia ni residencia fija. Es como un pájaro que cada noche esconde su cabeza bajo el ala posado en una rama distinta” (Martín Descalzo, 64).

6. Martín Descalzo recupera la producción de novela del polaco Jan Dabroczynski, quien trata de recuperar lo que pasaba en la mente de Nicodemo. Y comienza diciendo que Nicodemo necesitaba un intermediario para llegar a Jesús, y que paradójicamente el intermediario era Judas.

Dice Dabrocynzki: “Por la noche salí de casa envuelto en una simlah negra. El círculo de la luna, ya casi completo, esparcía sobre la ciudad una luz mortecina. A cada momento cubríanla las nubes que atravesaban velozmente el cielo perseguidas y maltratadas por el viento. Me acompañaban dos de mis siervos, provistos de espadas y garrotes. Bajamos por las escaleras y nos hundimos en la negra profundidad de la ciudad baja. El acueducto extendía su arco sobre nuestras cabezas. Desde el majestuoso barrio de los palacios penetramos, como en un abismo, en el tenebroso hormiguero de las barracas de barro. Nunca había imaginado que en Jerusalén, casi a los pies del templo, existiera semejante cenagal compuesto de toda clase de inmundicias. Judas iba delante siempre, deslizándose ágil y rápido como una rata entre escombros. Debía conocer cada rincón. En la oscuridad las casas y casitas parecían amontonarse unas sobre otras como personas que treparan sobre los cadáveres de sus compañeros. Mi inquietud aumentaba a medida que me iba hundiendo más y más en el corazón de aquel laberinto, sin esperanza de poder encontrar por mi mismo la salida” (Martín Descalzo, 64).

6.1 En Nicodemo hay un descenso: los descensos son típicos en la Sagrada Escritura: Dios bajó a liberar a los esclavos de Egipto; Dios descendió/acompañó a los desterrados judíos en el tiempo de Ezequiel; la Palabra se hizo hombre (bajándose; abajándose; encarnándose) – El Concilio de Nicea el 325 declara: “que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo”.

Nicodemo baja de la parte alta de la ciudad de Jerusalén, de los palacios sacerdotales a las casitas de barro apiñadas como cadáveres; sigue a Judas como quien sigue a una rata entre escombros; Nicodemo, hacia el final del relato, entenderá que Dios envió (bajó) a su Hijo para salvar al género humano. Esa noche en Jerusalén Dios y el hombre se encontraron en la parte baja de la vida; en las profundidades de la existencia; en la dinámica de salir de la seguridad y seguir, incluso, al que después los traicionaría.

Jesús, al centro del relato, le dice que deberá nacer de nuevo; bajarse, cambiar de mentalidad, experimentar la conversión y la purificación del silencio, de la noche, de la oscuridad, para desde ella pasar a la luz. Dice Martín Descalzo de una forma existencialmente poética: “pero todo su castillo de naipes interior (el de Nicodemo) vacilaba bajo el viento de aquella extraña noche” (Martín Descalzo, 65).

7. Continúa escribiendo el novelista polaco Dobracynski: “inesperadamente me encontré en una pequeña habitación iluminada por una lamparita. Había allí dos bancos y unos cuantos objetos sencillos. Al fondo se veía una ventana con una celosía que el viento sacudía de vez en cuando como si quisiera arrancarla. En uno de los bancos estaba sentado el Galileo con la cabeza apoyada en las manos, sumido en la meditación, completamente inmóvil (…) vi una larga nariz arqueada (…) junto a esto, unos ojos extraordinariamente bondadosos y compasivos (…) era una mirada serena, amable, más bien suave y extrañamente penetrante (…) Judas desapareció y nos quedamos solos en la estancia vacía. De pronto sonrió. Es una sonrisa como la luz del sol, que despeja el cielo y nos quita el desaliento cuando aparece. Le contesté con otra sonrisa” (Martín Descalzo 65).

7.1 Y aquí comienza el relato. Y lo que primero que llama la atención es que Nicodemo comienza a hablar como colocándose el parche antes de que la herida apareciera, porque esa noche la herida iba a aparecer, y con fuerza. Sería una herida salvífica, porque su “castillo de naipes” se derrumbaría. Dijo Nicodemo: “Rabí (Maestro), sabemos que has venido de parte de Dios como maestro, porque nadie podría hacer estas señales que tú haces si Dios no estuviera con él” (Juan 3,2). Nicodemo comienza con lo “políticamente correcto”: saluda y reconoce a Jesús como rabino. ¿Querría Nicodemo haber quedado bien con Jesús? Incluso ocupa el plural sabemos (oidamen es el griego: de oida: tener sabido, conocer, comprender). En la razón farisea de Nicodemo, él ha comprendido que Jesús viene un mensaje especial.

8. Pero Jesús no hace caso del cumplido, y aquí comienza a provocarse el derrumbe de seguridades: “Jesús le respondió: de cierto, de cierto te digo, que el que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Y Nicodemo le dijo: ¿Y cómo puede un hombre nacer, siendo viejo? ¿Acaso puede entrar en el vientre de su madre, y volver a nacer?” (Juan 3,3-4)

8.1 El enfrentamiento de las “lógicas”: la de Jesús que es la lógica del Reino y la lógica de Nicodemo: la lógica poética y trascendente; la lógica funcionalista y práctica; lo sutil y lo seguro.

8.2 Nacer en griego es “gennethe”: lo genético, el génesis, la novedad. Dios en Jesús traspasa novedad a los que son convidados al Reino. Por eso es necesario (casi urgente) hacerse como niños, porque el que no se hace como niño no podrá entrar al Reino. Jesús responde con el nacimiento; Nicodemo responde y contrapregunta con el nacimiento. El punto de quiebre en la experiencia cristiana está en el nacer de nuevo. En el silencio de la noche de Jerusalén se está gestando la novedad del Reino; en el descenso del fariseo que se encuentra con el Hijo enviado del cielo está apareciendo la nueva creación, la recreación de las cosas y los acontecimientos.

9. Vuelve Jesús a escena, para responder a esta pregunta de cómo nacer de nuevo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios (…) [Aquí Martín Descalzo añade un delicioso detalle: fuera soplaba el viento de la noche y agitaba las puertas de la ventana. El Nazareno levantó su mano: ¿oyes el viento?]: el viento sopla de donde quiere, y lo puedes oír; pero no sabes de dónde viene, ni a dónde va. Así es todo aquel que nace del Espíritu” (Juan 3,5-8).

9.1 Martín Descalzo habla de que en la respuesta de Jesús se esconde un “cambio radical, no de una simple dirección moral (…) habla literalmente de un nuevo ser engendrado” (66). Martín Descalzo recuperando las palabras de Romano Guardini, uno de los grandes teólogos del siglo XX y responsable de las grandes reformas de la teología que dieron fruto al Concilio: “ha de acontecer algo diferente, debe haber un nuevo comienzo. El principio de una nueva existencia debe ser iniciado bajo un impulso venido de lo alto, de la misma región a la cual pertenece el Reino y el mensajero” (Martín Descalzo 66).

9.2 Viento y Espíritu: tantas veces reconocido en la Escritura: “al comienzo el viento/Espíritu de Dios se movía sobre las aguas”; “terremoto, fuego y huracán, pero Dios no estaba ni el fuego, ni en el terremoto ni en el huracán. Luego vino una brisa de viento suave, entonces Elías salió de la cueva”; “el día de Pentecostés vino un viento del cielo”. Dios se mueve en el viento, y el viento se siente con fuerza en el desierto. El Espíritu llevó a Jesús al desierto; Jesús se deja conducir por el Espíritu. Viento y Espíritu son lo mismo. En griego viento se dice: pneuma; Espíritu se dice: pneúmatos. Dios es Espíritu que se comunica con el espíritu humano; el Absoluto con el finito; Dios y Nicodemo.

9.3 Dice Martín Descalzo: “Nicodemo es testigo de su propia impotencia. Hace muchos años que viene luchando por acercarse a Dios a través de la ley y el cumplimiento de lo prescrito y, sin embargo, sabe que sigue siendo prisionero de sí mismo, encadenado a su carne” (67). La Iglesia a veces también es como Nicodemo antes del encuentro con Jesús: hemos hecho una comunidad demasiado funcional que ha perdido la gratuidad del encuentro con Jesús. Es necesario, no sólo en este tiempo sino siempre, aprender a bajar de la seguridad del palacio en la ciudad alta y enfrentarnos cara a cara, historia a historia con el Maestro.

10. Finalmente viene la gran revelación: “Y así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado para que todo aquél que en él cree no se pierda, sino que tenga vida abundante. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo único para que todo aquél que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado, pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo de Dios” (Juan 3,14-18).

10.1 Aquí está contenida la gran revelación del Nuevo Testamento, la gran síntesis: Dios amó tanto al mundo que envió a su Hijo único para que el mundo se salve. El corazón del Evangelio es Jesús entregado por el Padre. La identidad de Jesús es la de ser enviado y sostenido por el Padre, y que hace la obra del Padre. Jesús es modelo, por tanto, de la negación de la autosuficiencia, y eso muestra también que la salvación es gracias a Otro. No nos salvamos a nosotros mismos. Somos salvados, agraciados, embellecidos por Dios. Eso es gracia pura.

10.2 Y Jesús le descorre el velo del misterio, y le explica las Escrituras desde Moisés hasta Él. Es como Emaús: los ojos que no pueden ver/el velo que no se mueve; la explicación de las Escrituras y la revelación, pero que aún permanece oculta: no es totalmente transparente. Mantiene un hálito de lo sagrado.

11. Y con esta revelación, que contiene toda la historia de la salvación en sí misma, termina la escena. El evangelio calla y no sabemos qué fue de Nicodemo. Lo volveremos a ver, curiosamente, en la cruz, acompañando a Jesús muerto y comprendiendo vivencialmente esto del Hijo levantado como la serpiente de Moisés en el desierto.

Termino con las palabras de Martín Descalzo: “el maestro de Israel ha quedado deslumbrado por estas últimas palabras. Y el evangelio calla. Nicodemo desaparece de la escena. Pero su vida ha sido trastornada. Ha entrado en la locura (…) pero si sabemos que el inteligente apostó por la locura, el viejo se hizo niño, en el silencio de aquella noche santa hubo un parto misterioso y un prodigioso alumbramiento. El Nicodemo que casi al alba regresó a su palacio ya no era el mismo que horas antes descendiera curioso y asustado por las callejuelas de los barrios bajos de Jerusalén. En el alma del visitante nocturno había amanecido” (69).


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