El blog de Antonio Piñero

El pensamiento de san Agustín. La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente (350-550). La Iglesia y el dinero (VII) (6-2-2018)

06.02.18 | 09:00. Archivado en , CRISTIANISMO

Escribe Antonio Piñero

Contra Pelagio y los donatistas tronaron los sermones de Agustín (quien pronunció unos seis mil durante su vida como obispo) sobre la riqueza, aunque Brown mismo confiesa que el cuidado de los pobres en sí no era un pensamiento dominante en su biografiado (p. 684), entre otras razones porque los pobres (pauperes) en las ciudades no eran todos indigentes, sino que constituían un grupo activo, de ningún modo homogéneo. El pobre no era el que no tenía dinero, sino el que carecía de seguridad. No tener en cuenta esta realidad distorsiona la visión histórica sobre la cuestión de la pobreza y la riqueza en la Iglesia, según Brown (p. 691).

Respecto a la riqueza, Agustín tenía siempre en cuenta el deseo hacia ella inherente en el alma humana, de modo que su pensamiento estuvo siempre regido “por lo que era posible”, idea que creo muy aristotélica. El orgullo, y no la riqueza, es el verdadero pecado, pues el primero atenta contra la concordia de los diversos estamentos (pp. 698-699). No hay en Agustín, como sí en el autor pelagiano del De divitiis, un horror por la riqueza en sí misma, sino una primacía de la atención a los estados del alma, lo que le conducía a evitar enfrentamientos entre ricos y pobres. Los pecados de los ricos podían perdonarse si se hacían también “ricos en buenas obras… y dadivosos” (p. 703).

Siguiendo una tradición ya secular en la Iglesia, Agustín no se guardó de criticar el derroche financiero en los juegos cívicos como fuente de honor y gloria mundana. Ese dinero debía gastarse en dones a la Iglesia y a su clero, pues donar al clero era donar a los pobres. Pero –señala Brown– tanto Agustín como otros predicadores, Juan Crisóstomo en la iglesia oriental, por ejemplo– perdieron en parte la batalla, pues los dos tipos de donaciones, cívicas y eclesiásticas, siguieron conviviendo al menos un siglo y medio más: hasta incluso el siglo VI (p. 711).

Y respecto al axioma medular de Pelagio, “Pon tu confianza en ti mismo”, del que el autor del De divitiis (“Sobre las riquezas”) había obtenido su dogma de la perversión intrínseca de la riqueza, Agustín puso de relieve que el hombre era de por sí pecador, pues de un modo misterioso e inexplicable había heredado del primer transgresor, Adán, una tendencia al pecado. No era posible, pues, confiar solo en uno mismo. Pero tampoco había que desesperar –sostenía Agustín–, pues Dios había dispuesto un remedio para la culpa, la ayuda constante de la gracia divina a la débil voluntad humana. “La idea de que un ser humano puede valerse de su libre albedrío para vivir sin pecado no tiene en cuenta lo que dice el Padrenuestro: «Señor, perdónanos nuestras deudas…»” (Mt 6,12; p. 719).

Los ricos podían salvarse, pero debían impetrar todos los días el perdón de sus faltas. Y la mejor impetración era la limosna. La donación es la consecuencia concreta de la penitencia diaria por los pecados diarios (p. 721). Pero con una salvedad: según Agustín, la limosna no vale para redimir a los fallecidos que estén ya en el infierno, sino que es una expiación cotidiana para los que la practican mientras aún están en vida. El axioma agustiniano sobre la riqueza podría formularse así: “No renuncia sino donación”. A la democracia sombría del pecado se contrapone la democracia gozosa de la expiación tanto para ricos como para los “mediocres” (p. 726).

Naturalmente esta donación diaria hacía circular el dinero a través de las iglesias, y suponía en conjunto un monto cuantioso, ya que los donantes no eran solo los súper ricos –que a medida de avanzaba el siglo IV se hacían más escasos (Brown indica de nuevo que es un estereotipo falso el que la donaciones provinieran siempre de los pudientes, p. 731)–, sino los de las clases medias. Este punto de vista tan moderado sobre la riqueza prosperó rápidamente, sobre todo porque Agustín y los suyos lograron de diversos concilios y finalmente del emperador que Pelagio y sus ideas fueran expresamente condenados.

En esto, según Brown, “al recurrir al emperador, Agustín y sus colegas no jugaron limpio… pues buscaron un dictamen estrictamente secular respecto a un asunto religioso” (pp. 739-740). Era claro que el clero se iba asentando como un tercer estado dentro del Estado. Pero las leyes civiles, incluso imperiales, carecían de fuerza coercitiva si eran impopulares. Había que convencer al pueblo de su necesidad; por ello, tras la condena a Pelagio, Agustín se esforzó en demostrar que, como la gracia, también las riquezas eran un don de Dios. Los bienes materiales, como todo lo demás en el universo, proceden de la providencia oculta de Dios, luego son buenos.

“La única cuestión era cómo podía usarse la riqueza, al igual que cualquier otro don divino, para el bien colectivo de la Iglesia, que representaba a todo el pueblo. Semejante concepción de los bienes materiales dependía de un fuerte sentido de la majestad de la Iglesia católica, la cual era el anticipo de la Ciudad de Dios en la tierra (no la donatista). La riqueza obtenía sentido y solemnidad, si se la ponía al servicio de una institución mundial con un grandioso futuro” (p. 750). El triunfo de la doctrina sobre el apropiado uso de una riqueza –buena en sí– como donación y expiación quedó de este modo asegurado.

Pero a pesar de que esto es verdad, la Iglesia no “llegó a sustituir al debilitado Imperio Romano como si esto se hubiera logrado en una transición carente de problemas y de oposición. El Estado siguió siendo una institución profana, cuyo sentido de su propia majestad no debía nada al cristianismo. A lo largo del siguiente siglo, el V, el Estado romano cedió muy poco a los obispos. Finalmente, el Imperio moriría con las botas puestas ante los ojos indiferentes de muchos cristianos que consideraban que no había logrado trasladar sus propias aspiraciones a una sociedad cristiana” (pp. 758-759).

Saludos cordiales de Antonio Piñero

http://adaliz-ediciones.com/home/36-el-jesus-que-yo-conozco.html


Opine sobre la noticia con Facebook
Opine sobre la noticia
Normas de etiqueta en los comentarios
Desde PERIODISTA DIGITAL les animamos a cumplir las siguientes normas de comportamiento en sus comentarios:
  • Evite los insultos, palabras soeces, alusiones sexuales, vulgaridades o groseras simplificaciones
  • No sea gratuitamente ofensivo y menos aún injurioso.
  • Los comentarios deben ser pertinentes. Respete el tema planteado en el artículo o aquellos otros que surjan de forma natural en el curso del debate.
  • En Internet es habitual utilizar apodos o 'nicks' en lugar del propio nombre, pero usurpar el de otro lector es una práctica inaceptable.
  • No escriba en MAYÚSCULAS. En el lenguaje de Internet se interpretan como gritos y dificultan la lectura.
Cualquier comentario que no se atenga a estas normas podrá ser borrado y cualquier comentarista que las rompa habitualmente podrá ver cortado su acceso a los comentarios de PERIODISTA DIGITAL.

caracteres
Comentarios
  • Comentario por David Mo 16.02.18 | 12:41

    A raíz de la recomendación de Piñero estoy leyendo el libro de Brown que me parece apasionante. Creo que este si es un libro de historia en sentido pleno. Los capítulos dedicados a Agustín de Hipona son de lo mejor que he leído, o así me lo parece, porque ofrecen una visión del personaje muy humanizada y lejos de hagiografías o sesudos comentarios filosóficos. Sin decirlo, Brown ofrece la vida y milagros de un trepa santo, aunque lo de trepa sea un anacronismo. Había que situarse y, entre fervores místicos, Agustín se abrió paso piano piano en su sociedad agarrándose a lo que mejor le servía de trampolín: el catolicismo eclesiástico. Muy ilustrativo de toda una época y un giro de mentalidad que, a través del libro, uno va viendo como no es un salto en el vacío, sino el resultado de diversas tentativas que acabaron en lo que acabaron como podían haber acabado en algo relativamente diferente. Sólo relativamente. Apasionante.

  • Comentario por galetel 06.02.18 | 10:11

    justicia justificante. Y este pretende organizar la vida social requerida por el otro. Difícil. Por eso la historia es complicada.

    El ser humano, considerado de manera general y global, como género y especie, es producto evolutivo emergente del proceso creativo natural. Pero considerado individualmente, de manera particular y concreta, requiere imprescindiblemente de la salvación que le promete y otorga el proceso redentor. Por un proceso, el individuo nace, vive y muere para servir a su especie; por el otro, el individuo es resucitado para participar del triunfo final. La cosa es complicada, pero es así o el ser consciente no tiene sentido.

  • Comentario por galetel 06.02.18 | 09:58

    En mi concepto, que es del siglo XXI, la realidad histórica se compone fundamentalmente de dos procesos yuxtapuestos, y en buena medida opuestos: el proceso evolutivo emergentista que es reflejo terrestre del proceso evolutivo cósmico, y el proceso redentor divino que lo complementa desde el punto de vista humano.

    Mientras evolucionamos hacia el Fin del mundo, hay que intentar conciliar ambos procesos, lo cual es extremadamente difícil debido a los valores diferentes de uno y otro. El proceso evolutivo natural es autónomo, regido por leyes que descubre la ciencia de un modo aproximado, y que no son del todo deterministas, para producir la libertad de los seres conscientes, mínima y condicionada, pero real.

    En cambio, el proceso redentor está regido por la voluntad de Dios, revelada y manifestada en los hechos religiosos de la Salvación. Este proceso corrige y complementa al otro, sin forzarlo, con nociones humanistas de perdón, de misericordia, de justicia ju...

Lunes, 19 de febrero

BUSCAR

Editado por

Síguenos

Hemeroteca

Febrero 2018
LMXJVSD
<<  <   >  >>
   1234
567891011
12131415161718
19202122232425
262728