El blog de Antonio Piñero

La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente (350-550). La Iglesia y el dinero (IV) (964)

30.01.18 | 08:37. Archivado en , CRISTIANISMO

Foto: San Agustín

Escribe Antonio Piñero

Sigo con la reseña de este estupendo libro de Peter Brown.

Para Peter Brown es más que un placer cuando la marcha de su discurso le lleva a tratar la figura de Agustín de Hipona (354-430). El motivo profundo de dedicarle nada menos que tres capítulos a los cuarenta primeros años de la vida de su héroe radica (354-384) en que Agustín es un testigo privilegiado –y denso en testimonios escritos que han llegado hasta nosotros– de una crisis más profunda del Imperio que la que sus inmediatos antecesores podían haber imaginado. Agustín es además importante para los fines de este libro por lo que significa en Occidente, en primer lugar, la creación de una comunidad de amigos –primero filosófica y luego religiosa– que supuso la incorporación plena al mundo latino de la vida monástica iniciada ya en Egipto hacía casi un siglo, lo que será uno de las rasgos distintivos de la religión en le Edad Media. Y en segundo, por las reflexiones y actitudes hacia la riqueza y su uso en la sociedad.

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La Iglesia y el dinero (III) (963)

28.01.18 | 08:14. Archivado en , CRISTIANISMO

Escribe Antonio Piñero

Seguimos con la reseña del libro de Peter Brown, Por el ojo de una aguja. La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente (350-550)

Otro cambio se dio a finales del siglo IV e inicios del V cuando los ricos descubrieron finalmente que se estaba esperando de ellos que actuaran como donantes no solo de sus conciudadanos y de su ciudad, sino también de la Iglesia. Para comprender este paso, no fácil de valorar desde la mentalidad moderna, Brown sumerge al lector en un capítulo sobre el “amor cívico” de la época: “La riqueza y sus usos en el mundo antiguo” (pp. 140-176). El sentido de la riqueza entre los romanos estaba gobernado por un cierto “sentir común” entre las gentes (p. 141: atención aquí a la traducción, pues este sintagma se vierte por “el sentido común”, lo cual es algo muy diferente) que pivotaba sobre unas ideas sencillas: no era preciso indagar sobre el origen de la riqueza, sino hacer hincapié en unas necesarias relaciones asimétricas impuestas por la naturaleza misma de las cosas: “Se suponía que, en una ciudad, los ricos debían ser generosos y de buen corazón y los pobres de esa misma urbe, suplicantes y agradecidos” (p. 146).

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Algunos enlaces que quizás interesen a algunos (962)

25.01.18 | 08:21. Archivado en , CRISTIANISMO

Escribe Antonio Piñero

Los dos primeros lunes de cada mes tengo un Seminario para los amigos que lo desean con el título “Investigación actual sobre Jesús de Nazaret”. En él voy desgranando poco a poco la “vida” de Jesús con sus principales cuestiones y la discusión científica que suscita.

Llevo ya unas 60 clases, pero últimamente a un amigo se le ha ocurrido grabar las clases y subirla a You Tube. El Seminario tiene lugar en La Ramallosa (Pontevedra, al lado de la más conocida Baiona) en un local donde está “El Mercado de la tía Ni”.

Las clases duran hora y cuarto aproximadamente. Ahora vamos por el tema 25: “Jesús Hijo de Dios” y estoy haciendo una historia dela concepciones en torno a la filiación divina en Egipto, Grecia-Roma, Mesopotamia y en el judaísmo hasta el siglo II d. C. Luego lo aplicaré a la cuestión cómo entendió Jesús su filiación y cómo sus seguidores desde Pablo de Tarso en adelante la entendieron… que fue bastante diferente.

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La Iglesia y el dinero (II) (961)

24.01.18 | 08:09. Archivado en , CRISTIANISMO

Foto: Peter Brown

Escribe Antonio Piñero

Sigo comentando el libro de Peter BROWN, Por el ojo de una aguja. La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente (350-550), y señalo que es una versión amplia de una reseña aparecida en “Revista de libros.

Paso ahora al contenido del libro con especial atención a la riqueza de la Iglesia y a la construcción del cristianismo en Occidente, intentando destilar y comprimir la línea argumentativa del autor. El proceso que describe Brown desde la época constantiniana, en torno al 312 –fecha del famoso pero –opino– probablemente falso “Edicto de Milán”, ya que solo lo citan Eusebio de Cesarea y Lactancio– hasta los inicios del siglo VII es en extremo interesante. Tengo aquí un “pero” frente a la idea de la “conversión de Constantino”, sintagma que el autor emplea seis o siete veces en su obra. En mi opinión, y en la de muchos, no hubo tal conversión. Constantino no se bautizó ni siquiera en el lecho de muerte, ni hay signos externos de que lo hiciera. La presunta conversión, vinculada con la aparición del lábaro que llevaba inscrito el crismón, es una pura leyenda. Entre la escasa bibliografía que el autor cita en castellano hay aquí una ausencia de una obra muy bien documentada: el excelente libro de la historiadora Pepa (sic) Castillo, de la Universidad de La Rioja, cuyo título es elocuente, Año 312: Constantino emperador, no cristiano (Laberinto, Madrid 2010). Constantino amparó al cristianismo porque esa religión y sus dirigentes apelaban a una divinidad fuerte, porque estaban unidos sólidamente y el bloque por ellos formado, del veinte por cierto de la sociedad romana de la época, era el más potente. Constantino buscó entonces y buscará más tarde el amparo del dios cristiano para sí y para el Imperio “para que actuara con la misma eficacia con la que parecía haber protegido a su iglesia y a su pueblo, los cristianos, en época de persecución. Y a cambio de esta protección, Constantino recompensaría al clero con privilegios adecuados” (p. 99).

El análisis de la época constantiniana y su repercusión en la historia de la Iglesia va precedido de un capítulo general sobre la sociedad en torno al 300. El lector cae en la cuenta de que en la estructura de la sociedad de clase alta en el occidente latino de esa época se reflejaba muy bien cómo la riqueza y el estatus social estaban absolutamente fundidos, algo naturalmente muy antiguo, diríamos que desde siempre, pero que va a indicar en el siglo IV cómo surge una sociedad nueva con nuevas formas de estatus y nuevos modos de manifestar la riqueza, lo cual era el resultado de una reordenación profunda de la sociedad del Imperio en ese siglo. Según Brown, para entender bien el Bajo Imperio, e incluso la historia romana hasta el momento, hay que dejar a un lado la mentalidad moderna según la cual “el poder depende en gran medida del dinero” para pasar a otra concepción, a saber, que “el dinero depende en gran medida del poder” (p. 42). Durante el siglo IV solo se oyen las voces de las ciudades grandes y medianas, y apenas nada del murmullo del cristianismo rústico, que se percibe tan solo en África de Agustín de Hipona (p. 45).

El siglo IV no fue pobre en absoluto, como se ha estimado erróneamente por muchos, pero sí fue una época casi “eclipsada por los impresionantes logros del Imperio en centurias anteriores” (p. 47). Como antes, los ricos no eran más que el diez por ciento de la población y los demás eran pobres o “mediocres” (este es el término técnico latino para la clase media) en cuanto a la riqueza. Esto afectó naturalmente a las donaciones a la Iglesia. Es falsa la noticia de la enorme donación constantiniana de bienes raíces a la Iglesia en su lecho de muerte. No hay tal, pues el presunto documento es un falso tardío y Brown no la menciona. El resumen de nuestro autor es acertado en cuanto a las relaciones emperador-iglesia en ese momento: Constantino otorgó a esta última bastantes privilegios, pero apenas riqueza. Lo que fue allegando la Iglesia no procedía de donaciones imperiales ni de donantes ricos, sino de los donecillos de los “mediocres”, que eran la base de las comunidades (pp. 95. 106). Brown refuta una vez más la expandida idea de que los cristianos eran en su mayoría rotundamente pobres, pues pertenecían en general a la clase media. No podía haber donaciones de ricos en el siglo IV porque estos eran prácticamente todos paganos y tenían su mente puesta en otros usos de sus espléndidos haberes: practicar la beneficencia en pro de los ciudadanos de su propia ciudad (una muestra del “amor a la patria”), y engrandecer su propia fama (su “esplendor”, pp. 86-94) de buena persona y de rico dadivoso por medio de la construcción de edificios públicos, y ante todo divirtiendo a la plebe con memorables “Juegos”, que la distraían y animaban durante algunos de los muchos días festivos al año.

Es interesante observar aquí con cierto deleite como P. Brown corrige estereotipos de los historiadores de esta época. Pone como ejemplo las erróneas tesis de Mijaíl Rostovtzeff sobre el siglo IV (un autor, por cierto, que era de obligado estudio en la Universidad de Salamanca durante mi carrera del Lenguas Clásicas). Defiende así Brown,
1. Que no hubo tantos latifundios como se ha pretendido.

2. Que los colonos o agricultores no estaban necesariamente ligados a la tierra, aunque se hiciera cierta presión porque no trabajaran en otros pagos.

3. Que los terratenientes –lo cual es igualmente un hecho durante el siglo V– no eran absentistas, sino que estaban en un continuo viaje pendular entre la gran ciudad y sus bienes rústicos. Y

4. Que en el siglo IV hubo pocos súper ricos (pp. 68-75). Y añade otro detalle interesante: los terratenientes de las provincias empiezan a llegar en número consistente hasta el Senado en este siglo. El cambio en la composición del Senado (en la práctica hasta esos años controlado por familias ricas y patricias de Roma) tendría consecuencias a la larga, sobre todo en el siglo VI. Y, desde luego, lo que no cambió en absoluto fue el antiguo esquema social “patrón-cliente”, ya que era un buen sistema para mantener unida a una élite que se fracturaba entre los ricos que procedían solo de Italia y los que accedían a la riqueza de Roma desde las provincias.

Del 312 al 370 el perfil social de la Iglesia latina occidental fue la mencionada “mediocritas”, o prevalencia de la clase media, que P. Brown estudia detenidamente en la pp. 95-139. Es esta una época de transición, de “penumbra” o escasez de fuentes (p. 96). Las hay, y muy notables para los años que van del 370 al 430, que formarán el núcleo del libro presente, pues es el tiempo en el que comienzan a producirse cambios verdaderos, que conducirán a la Edad Media, sobre los cuales tenemos una plétora de testimonios. Nuestro autor insiste en que entre el 312 y el 370 el cristianismo vive aún silenciosamente en un mundo reciamente pagano. Los cristianos podían aspirar a que muchos otros conciudadanos se fueran haciendo de su misma fe, pero no podían ni imaginar que con el tiempo el universo social se hiciera cristiano (p. 101). En esos momentos la riqueza de la Iglesia creció solo a base de donaciones de los “mediocres”, no de los nobles o los grandes ricos, si bien es verdad que los emperadores comenzaron a partir del 340 a donar a la Iglesia en forma de la construcción de basílicas o iglesias, hecho que se ralentizó “después de la desastrosa derrota del emperador Juliano (“el apóstata”) en Persia” en el 363; hubo entonces menos dinero disponible y las donaciones se redujeron, así como las exenciones impositivas” (p. 135). Comienza en este momento entre los laicos a perfilarse la idea de que la riqueza se recibe de Dios y que a Dios debe volver… por medio de la Iglesia (pp. 115-117).

Un resto de la mentalidad pagana –que buscaba ante todo la honra terrenal del donante– se percibe en el hecho de que se registraban en las iglesias los nombres de los dadores para su honra mundana (p. 118). La donación comienza a pensarse como oración (oratio) y la limosna, como acción buena (operatio). De esta concepción procede parcialmente el lema medieval de que la vida cristiana se resume en oratio et operatio (p. 120), cambiando ciertamente el sentido a ora et labora. Hacer donaciones sustanciosas a los pobres innominados no era aún visto en el siglo IV como virtud cívica, sino puramente religiosa, secundaria en la vida social, que provenía del ámbito judío, trasfondo inequívoco también de la vida cristiana (p. 123).

A partir del 350 comienza a remontar levemente el flujo de ricos que se hacen cristianos. ¿Por qué razón? P. Brown ofrece dos. En primer lugar: la Iglesia era un lugar donde se podía conseguir el perdón de los pecados. En segundo, en la Iglesia era posible la huida de la nerviosa intensidad de la vida exterior: “La combinación de rigor moral y de una sensación de libertad respecto a los límites vinculados con el mundo normal, regido implacablemente por consideraciones de honor y reciprocidad (el patronato), aseguraba que las iglesias pudieran ser vistas como lugares de alivio” (p. 129). Ciertos ricos valoraban el que en la Iglesia se diera “una cierta moderación del sentido de la jerarquía y una ralentización del ritmo de la competencia” (p. 204). De una manera silenciosa se había dado ya el primer gran cambio en la estratificación social: los pobres y los “mediocres” pasan del régimen del patronato tradicional a acogerse al poder y al calor de la Iglesia, un nuevo patronato (pp. 136-138).

Saludos cordiales de Antonio Piñero

http://adaliz-ediciones.com/home/36-el-jesus-que-yo-conozco.html


La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente (350-550) (I) (960)

22.01.18 | 10:15. Archivado en , CRISTIANISMO

Escribe Antonio Piñero

Hace una serie de meses publiqué en la prestigiosa “Revista de libros”, por encargo de su director Álvaro Delgado-Gal una reseña larguita del libro que a continuación paso a darles la ficha completa:

Peter BROWN, Por el ojo de una aguja. La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente (350-550). Original inglés con el título Through the Eye of the Needle, 2012, Princeton University Press, traducido por Agustina Luengo. Editorial Acantilado, Barcelona 2016, 13,5 x 2,15, 1224 pp., con abundante bibliografía, mapas e índice de nombres y analítico de materias. ISBN: 978-84-16748-14-3. Precio: 48 euros.

He aquí el enlace de esta reseña:

http://www.revistadelibros.com/articulos/la-iglesia-y-el-dinero-350-55o-dc

Resulta que el libro me interesó muchísimo, aunque por la fecha del ámbito de estudio se sale un tanto de mi campo usual de trabajo. Hice entonces una reseña demasiado larga, llevado por el interés y el buen ánimo proporcionado por la lectura, que naturalmente era impublicable, ya que tenía unas 15.500 palabras. Así que, con notable esfuerzo y pena, la recorté y se publicó. Pasados ya los meses creo que puede ser interesante que la reseña al completo vea la luz…, y eso hago, dividiéndola por secciones de modo que sea digerible. Aquí va la primera entrega:

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18.01.18 | 08:09. Archivado en Jesús histórico, , CRISTIANISMO


El compromiso silenciado de G. Puente Ojea (y III) (959)

Escribe Antonio Piñero

Finalizo hoy la exposición de los motivos de por qué es importante la obra de Gonzalo puent Ojea sobre el origen de la creencia en el alma y la religión.

La crítica al fenómeno religioso por parte de Puente Ojea en su obra La religión ¡vaya timo! vuelve a defender con gran energía la hipótesis animista de Tylor, montada sólidamente sobre el materialismo y el evolucionismo que he mencionado en postales anteriores, asumidos en conjunto desde la convicción firme y justificada de que el origen de la religiosidad se halla en el cerebro humano y no en la extasiada contemplación del firmamento y de las fuerzas que lo habitan. Esta última idea era y sigue siendo, según calificación de Gonzalo, pura ciencia-ficción religiosa al servicio de los dioses y luego monoteísmos en vigor. La premisa de la que partía Tylor era certera, según Puente: en el hombre todo es materia, incluida la mente y su estructura neurológica; y esa materia es energía física en movimiento. Este planteamiento mentalista/materialista queda protegido de cualquier deriva idealista a largo plazo porque es el único que hunde sus raíces en un sistema nervioso producto de la transformación de la energía y la evolución de la materia viva en el curso de milenios, en los que el ser humano se ha adaptado al medio logrando la supervivencia colectiva.

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El compromiso silenciado de G. Puente Ojea (II) (958)

16.01.18 | 09:01. Archivado en Jesús histórico, , CRISTIANISMO

Escribe Antonio Piñero

Sigo con la exposición de las ideas de Puente Ojea, a cuya difusión dedicó gran energía y pasión. Puente sostuvo siempre que el Jesús de los Evangelios –libritos que la gente lee, si es que los lee, sin reflexión alguna– es en realidad el Cristo divino que propuso Pablo. Ese Jesús está desjudaizado, desescatologizado (que ha perdido un tanto la urgencia del fin del mundo) y despolitizado. Si hoy levantara la cabeza, no se reconocería en los Evangelios. Geza Vermes sostuvo alguna vez que Jesús de Nazaret sólo firmaría hoy las tres primeras proposiciones del credo recitado en las misas de la Iglesia católica (el símbolo niceno-constantinopolitano del 451 d. C.).

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El compromiso silenciado de G. Puente Ojea (I) (957)

14.01.18 | 10:46. Archivado en Jesús histórico, , CRISTIANISMO

Escribe Antonio Piñero

Hace unos días me ha llegado el libro editado por Miguel Ángel López Muñoz, Emancipación e irreligiosidad. El doble compromiso silenciado de Gonzalo Puente Ojea. Publicado por Thompson Reuters Aranzadi, Madrid 2018, 201 pp. 17 x 24 centímetros. ISBN: 978-84-9177-648-2. No sé el precio. Este libro está publicado por un buen monto de lectores y amigos de G. Puente Ojea (GPO), y trata de los temas generales siguientes:

Ilustración y religión en GPO; su trayectoria intelectual y diplomática; orígenes del cristianismo en el pensamiento de GPO; heterodoxia y silenciamiento por parte de la sociedad (“un espeso manto de silencio es la mejor manera de luchar contra las verdades molestas”; fe cristiana e irreligiosidad; Los fundamentos de la irreligiosidad; el mito de Cristo; libertad, emancipación y laicismo; el poder de la Iglesia Católica en España; el ateísmo; la Europa laica. Como puede verse un buena cantidad de temas de molesta reflexión para algunos.

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Respecto a las sentencias de Jesús y su posible recuperación de un modo fidedigno. El crítico no está en una situación desesperada (956)

12.01.18 | 08:21. Archivado en Jesús histórico,

Escribe Antonio Piñero

Transcribía en la postal anterior un breve comentario de Charles Guignebert de 1933, pero que sigue estando de actualidad a propósito de la tentación de los estudios críticos sobre los Evangelios de caer en una postura de un radical escepticismo: es imposible saber qué enseñó exactamente Jesús. Pero, a continuación el mismo Guignebert ofrece razones para lo contrario: el crítico no está en una situación desesperada. Las transcribo a continuación:

1. Lo que dijo Jesús no fue mucho. Todo lo que dijo Jesús –si eliminamos el discurso escatológico de Mc 13 y sus paralelos– se puede decir en una hora más o menos.

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Sobre la doctrina de Jesús: ¿es recuperable de un modo fidedigno? (955)

09.01.18 | 11:16. Archivado en Jesús histórico,

Escribe Antonio Piñero

Foto: Charles Guignebert

La crítica histórica lleva planteándose esta pregunta desde los inicios de la investigación histórica seria sobre Jesús a finales del siglo XVIII. Y como es natural ha habido respuestas para todo: desde las afirmaciones sin demasiadas pruebas que se ha conservado todo lo esencial y con grandísimas garantías, ya que a) los apóstoles estaban acostumbrados a memorizar desde pequeños, como todo los judíos, y b) se esforzaron por transmitir las palabras del Maestro con absoluta fidelidad, hasta el escepticismo radical (también sin demasiadas pruebas) de que dada la fragilidad de la memoria humana y las reglas observables de la tradición oral, con sus necesarias mutaciones y cambios , etc., la necesaria infidelidad de la versión de los dichos de Jesús pronunciados al arameo y luego traducidos al griego váyase a saber con qué fidelidad incontrolable, etc., se llega a la postura de un radical escepticismo: es imposible saber qué enseñó exactamente Jesús.

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A propósito de la obra de Manuel J. Crespo. Sobre la vida y obra de Prisciliano (y II) (954)

05.01.18 | 07:46. Archivado en , CRISTIANISMO

Escribe Antonio Piñero

Me permito ahora tomar de mi obra, Los cristianismos derrotados, de 2009 (Madrid, Edaf) unos párrafos que sirvan de introducción a estos tratados de Prisciliano vertidos por la estupenda mano de Manuel Crespo. A mí me parece un muy buen servicio a nuestra cultura que se hayan traducido finalmente estos textos de nuestro ilustre “hereje” al completo.

Prisciliano era de familia noble y pudiente y, al parecer, tuvo una excelente educación. Sulpicio Severo –historiador cristiano fallecido hacia el 420- dice en su Crónica que Prisciliano era un buen orador, versado en todo tipo de lecturas y buen polemista (Crónica II 46,3; lo mismo afirma Isidoro de Sevilla en De viris illustribus, 2). Se dice también que desde su juventud Prisciliano se interesó con una gran curiosidad por temas filosóficos, teológicos y esotéricos. Parece ser que fue discípulo de un monje egipcio, de la ciudad de Menfis, de nombre Marcos, del que recibió enseñanzas esotéricas (¿gnósticas?) , cuyo contenido no podemos determinar con exactitud más que a través de las quejas y calumnias de sus acusadores .

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Prisciliano de Ávila, personaje muy controvertido, a la luz de sus propios escritos (953)

02.01.18 | 11:54. Archivado en , CRISTIANISMO

Escribe Antonio Piñero

Presento hoy un libro que me ha interesado mucho. Al componer mi pequeña obra “Cristianismo derrotados” caí en la cuenta de la importancia que había tenido este personaje en la iglesia cristiana occidental, ya que –después de la crisis donatista en el norte de África– no creo que hubiera un movimiento que conmocionara más las mentes de los cristianos cultivos de la época que la disputa entre los defensores (pocos) y los furiosos atacantes, muchos, de este obispo de Ávila que dejó detrás de sí un grupo de ciristianos fieles seguidores.

Y una cosa más: quizás sea sabido, al menos por los interesados en el camino de Santiago, que hay una hipótesis seria acerca de que, en verdad, el cuerpo que está enterrado en la catedral de Santiago de Compostela no es el del Apóstol (históricamente altamente implausible), sino el de Prisciliano. Se sostiene que el recuerdo de la “procesión” que organizaron los seguidores de Prisciliano desde Tréveris -donde había ido a pedir justicia contra sus calumniadores al emperador/usurpador Magno Máximo y donde fue condenado por hereje y ajusticiado– gasta las tierras del extremo occidental de la antigua Galicia (hoy provincia de León) –fue lo que siglos más tarde, en el IX, llevó a algunos a pensar en la tumba del apóstol Santiguo…. O bien fue algo deliberado: se recordaba que algún personaje célebre estaba enterrado en las cercanías y su inventó lo del Apóstol ya bien por el obispo Gelmírez, o bien por su antecesor con el fin de arrebatar a Braga la nominación de diócesis principal del noroeste de Hispania. Nunca se sabrá.

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Martes, 16 de octubre

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