El blog de Antonio Piñero

La Iglesia y el dinero (II) (961)

24.01.18 | 08:09. Archivado en , CRISTIANISMO

Foto: Peter Brown

Escribe Antonio Piñero

Sigo comentando el libro de Peter BROWN, Por el ojo de una aguja. La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente (350-550), y señalo que es una versión amplia de una reseña aparecida en “Revista de libros.

Paso ahora al contenido del libro con especial atención a la riqueza de la Iglesia y a la construcción del cristianismo en Occidente, intentando destilar y comprimir la línea argumentativa del autor. El proceso que describe Brown desde la época constantiniana, en torno al 312 –fecha del famoso pero –opino– probablemente falso “Edicto de Milán”, ya que solo lo citan Eusebio de Cesarea y Lactancio– hasta los inicios del siglo VII es en extremo interesante. Tengo aquí un “pero” frente a la idea de la “conversión de Constantino”, sintagma que el autor emplea seis o siete veces en su obra. En mi opinión, y en la de muchos, no hubo tal conversión. Constantino no se bautizó ni siquiera en el lecho de muerte, ni hay signos externos de que lo hiciera. La presunta conversión, vinculada con la aparición del lábaro que llevaba inscrito el crismón, es una pura leyenda. Entre la escasa bibliografía que el autor cita en castellano hay aquí una ausencia de una obra muy bien documentada: el excelente libro de la historiadora Pepa (sic) Castillo, de la Universidad de La Rioja, cuyo título es elocuente, Año 312: Constantino emperador, no cristiano (Laberinto, Madrid 2010). Constantino amparó al cristianismo porque esa religión y sus dirigentes apelaban a una divinidad fuerte, porque estaban unidos sólidamente y el bloque por ellos formado, del veinte por cierto de la sociedad romana de la época, era el más potente. Constantino buscó entonces y buscará más tarde el amparo del dios cristiano para sí y para el Imperio “para que actuara con la misma eficacia con la que parecía haber protegido a su iglesia y a su pueblo, los cristianos, en época de persecución. Y a cambio de esta protección, Constantino recompensaría al clero con privilegios adecuados” (p. 99).

El análisis de la época constantiniana y su repercusión en la historia de la Iglesia va precedido de un capítulo general sobre la sociedad en torno al 300. El lector cae en la cuenta de que en la estructura de la sociedad de clase alta en el occidente latino de esa época se reflejaba muy bien cómo la riqueza y el estatus social estaban absolutamente fundidos, algo naturalmente muy antiguo, diríamos que desde siempre, pero que va a indicar en el siglo IV cómo surge una sociedad nueva con nuevas formas de estatus y nuevos modos de manifestar la riqueza, lo cual era el resultado de una reordenación profunda de la sociedad del Imperio en ese siglo. Según Brown, para entender bien el Bajo Imperio, e incluso la historia romana hasta el momento, hay que dejar a un lado la mentalidad moderna según la cual “el poder depende en gran medida del dinero” para pasar a otra concepción, a saber, que “el dinero depende en gran medida del poder” (p. 42). Durante el siglo IV solo se oyen las voces de las ciudades grandes y medianas, y apenas nada del murmullo del cristianismo rústico, que se percibe tan solo en África de Agustín de Hipona (p. 45).

El siglo IV no fue pobre en absoluto, como se ha estimado erróneamente por muchos, pero sí fue una época casi “eclipsada por los impresionantes logros del Imperio en centurias anteriores” (p. 47). Como antes, los ricos no eran más que el diez por ciento de la población y los demás eran pobres o “mediocres” (este es el término técnico latino para la clase media) en cuanto a la riqueza. Esto afectó naturalmente a las donaciones a la Iglesia. Es falsa la noticia de la enorme donación constantiniana de bienes raíces a la Iglesia en su lecho de muerte. No hay tal, pues el presunto documento es un falso tardío y Brown no la menciona. El resumen de nuestro autor es acertado en cuanto a las relaciones emperador-iglesia en ese momento: Constantino otorgó a esta última bastantes privilegios, pero apenas riqueza. Lo que fue allegando la Iglesia no procedía de donaciones imperiales ni de donantes ricos, sino de los donecillos de los “mediocres”, que eran la base de las comunidades (pp. 95. 106). Brown refuta una vez más la expandida idea de que los cristianos eran en su mayoría rotundamente pobres, pues pertenecían en general a la clase media. No podía haber donaciones de ricos en el siglo IV porque estos eran prácticamente todos paganos y tenían su mente puesta en otros usos de sus espléndidos haberes: practicar la beneficencia en pro de los ciudadanos de su propia ciudad (una muestra del “amor a la patria”), y engrandecer su propia fama (su “esplendor”, pp. 86-94) de buena persona y de rico dadivoso por medio de la construcción de edificios públicos, y ante todo divirtiendo a la plebe con memorables “Juegos”, que la distraían y animaban durante algunos de los muchos días festivos al año.

Es interesante observar aquí con cierto deleite como P. Brown corrige estereotipos de los historiadores de esta época. Pone como ejemplo las erróneas tesis de Mijaíl Rostovtzeff sobre el siglo IV (un autor, por cierto, que era de obligado estudio en la Universidad de Salamanca durante mi carrera del Lenguas Clásicas). Defiende así Brown,
1. Que no hubo tantos latifundios como se ha pretendido.

2. Que los colonos o agricultores no estaban necesariamente ligados a la tierra, aunque se hiciera cierta presión porque no trabajaran en otros pagos.

3. Que los terratenientes –lo cual es igualmente un hecho durante el siglo V– no eran absentistas, sino que estaban en un continuo viaje pendular entre la gran ciudad y sus bienes rústicos. Y

4. Que en el siglo IV hubo pocos súper ricos (pp. 68-75). Y añade otro detalle interesante: los terratenientes de las provincias empiezan a llegar en número consistente hasta el Senado en este siglo. El cambio en la composición del Senado (en la práctica hasta esos años controlado por familias ricas y patricias de Roma) tendría consecuencias a la larga, sobre todo en el siglo VI. Y, desde luego, lo que no cambió en absoluto fue el antiguo esquema social “patrón-cliente”, ya que era un buen sistema para mantener unida a una élite que se fracturaba entre los ricos que procedían solo de Italia y los que accedían a la riqueza de Roma desde las provincias.

Del 312 al 370 el perfil social de la Iglesia latina occidental fue la mencionada “mediocritas”, o prevalencia de la clase media, que P. Brown estudia detenidamente en la pp. 95-139. Es esta una época de transición, de “penumbra” o escasez de fuentes (p. 96). Las hay, y muy notables para los años que van del 370 al 430, que formarán el núcleo del libro presente, pues es el tiempo en el que comienzan a producirse cambios verdaderos, que conducirán a la Edad Media, sobre los cuales tenemos una plétora de testimonios. Nuestro autor insiste en que entre el 312 y el 370 el cristianismo vive aún silenciosamente en un mundo reciamente pagano. Los cristianos podían aspirar a que muchos otros conciudadanos se fueran haciendo de su misma fe, pero no podían ni imaginar que con el tiempo el universo social se hiciera cristiano (p. 101). En esos momentos la riqueza de la Iglesia creció solo a base de donaciones de los “mediocres”, no de los nobles o los grandes ricos, si bien es verdad que los emperadores comenzaron a partir del 340 a donar a la Iglesia en forma de la construcción de basílicas o iglesias, hecho que se ralentizó “después de la desastrosa derrota del emperador Juliano (“el apóstata”) en Persia” en el 363; hubo entonces menos dinero disponible y las donaciones se redujeron, así como las exenciones impositivas” (p. 135). Comienza en este momento entre los laicos a perfilarse la idea de que la riqueza se recibe de Dios y que a Dios debe volver… por medio de la Iglesia (pp. 115-117).

Un resto de la mentalidad pagana –que buscaba ante todo la honra terrenal del donante– se percibe en el hecho de que se registraban en las iglesias los nombres de los dadores para su honra mundana (p. 118). La donación comienza a pensarse como oración (oratio) y la limosna, como acción buena (operatio). De esta concepción procede parcialmente el lema medieval de que la vida cristiana se resume en oratio et operatio (p. 120), cambiando ciertamente el sentido a ora et labora. Hacer donaciones sustanciosas a los pobres innominados no era aún visto en el siglo IV como virtud cívica, sino puramente religiosa, secundaria en la vida social, que provenía del ámbito judío, trasfondo inequívoco también de la vida cristiana (p. 123).

A partir del 350 comienza a remontar levemente el flujo de ricos que se hacen cristianos. ¿Por qué razón? P. Brown ofrece dos. En primer lugar: la Iglesia era un lugar donde se podía conseguir el perdón de los pecados. En segundo, en la Iglesia era posible la huida de la nerviosa intensidad de la vida exterior: “La combinación de rigor moral y de una sensación de libertad respecto a los límites vinculados con el mundo normal, regido implacablemente por consideraciones de honor y reciprocidad (el patronato), aseguraba que las iglesias pudieran ser vistas como lugares de alivio” (p. 129). Ciertos ricos valoraban el que en la Iglesia se diera “una cierta moderación del sentido de la jerarquía y una ralentización del ritmo de la competencia” (p. 204). De una manera silenciosa se había dado ya el primer gran cambio en la estratificación social: los pobres y los “mediocres” pasan del régimen del patronato tradicional a acogerse al poder y al calor de la Iglesia, un nuevo patronato (pp. 136-138).

Saludos cordiales de Antonio Piñero

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