El blog de Antonio Piñero

Los manuscritos del Mar Muerto y el cristianismo. Mis conclusiones. (XVII) (922)

12.10.17 | 07:01. Archivado en , CRISTIANISMO, Judaísmo

Escribe Antonio Piñero

Hemos llegado al final de esta serie. Mis conclusiones pueden ser las siguientes:

Me parece indudable concluir que es muy poco probable que también y Jesús pertenecieran al movimiento esenio.

Y que, aunque Juan Bautista y Jesús no fueran esenios, la teología y las expresiones del Nuevo Testamento muestran similitudes sorprendentes con los textos de Qumrán, sobre todo allí donde los grupos que se hallan detrás de ambos conjuntos de escritos aparecen como movimientos de piadosos judíos que incitan a la conversión en Israel y a la fidelidad al Dios de los padres.

Ambos movimientos religiosos, qumranitas y judeocristianos, son hijos del mismo suelo, aunque de ningún modo pueda afirmarse que uno copie expresamente del otro. Entre los esenios / Qumrán y el Nuevo Testamento no debe verse una relación de madre–hijo, sino más bien una de hermano a hermano o, quizás de primos entre sí. Sin duda, también es posible que en el transcurso de su larga historia los esenios hubieran influenciado de forma persistente el judaísmo de Palestina... y la mayor parte de lo que nosotros hemos conocido ahora por primera vez por los textos de Qumrán no fuera entonces específicamente esenio, sino patrimonio común del judaísmo palestinense".


Bajo esta luz, todo presumible influjo intelectual de los esenios/qumranitas sobre el Nuevo Testamento, o el cristianismo en general, no presupone un contacto inmediato, sino la pertenencia a un análogo ambiente teológico con abundantes puntos comunes. A la hora de nacer el grupo cristiano y en los inicios de la formación de la teología específicamente cristiana la ideología religiosa de la que se parte podía ser patrimonio general y común del judaísmo piadoso. Por consiguiente, ¿de qué extrañarse de los múltiples contactos? Debemos agradecer más bien a la buena fortuna de los descubrimientos el que la comprensión de textos religiosos de algún modo paralelos –esenios y cristianos– pueda enriquecerse al compararlos entre sí.

El que haya muchas similitudes entre Qumrán y el Nuevo Testamento no tiene que ser un peligro para la fe de los creyentes, como implícita o explícitamente argumentan los postulados de diversas publicaciones sensacionalistas. Quizá suponga una cierta sacudida para aquellos que acaricien la idea, poco acertada históricamente, de que la fe cristiana ha de ser algo único y especial, producto de una revelación singularísima no compartida con ninguna otra con-fesión religiosa. Hasta ahora, que yo sepa, la pretensión de encontrar en Qumrán algún texto que sirva de sustento a la idea de un mesías que padece vicariamente por la humanidad y que haya muerto crucificado se ha demostrado errónea. No son una prueba los textos aducidos 4Q285; 4Q521, o incluso 4Q246. Pero, incluso si se lograra demostrar gracias a algún texto nuevo, o mejor interpretado, que el Maestro de Justicia murió crucificado y que sus seguidores afirmaban de él que había resucitado, tampoco sería un problema para la fe neotestamentaria: la creencia en la resurrección de los mártires era desde el siglo II a.C. bien común entre los grupos de piadosos judíos, y ese posible suceso formaría parte de la llamada "preparación para el evangelio" (praeparatio evangelica).

Con todo, hay grandes temas de la teología de Jesús o del Nuevo Testamento que están ausentes de los textos de Qumrán. Falta una concepción potente del Reino de Dios que pueda compararse a la de Jesús; falta la concepción paulina de que el acto grandioso de la redención ha tenido lugar ya, y que todo el futuro depende de un hecho del pasado: la muerte vicaria del mesías en una cruz.

Por consiguiente, después de examinar la pertenencia o no de Juan el Bautista y de Jesús de Nazaret al movimiento esenio / qumranita, después de considerar los contactos entre la teo-logía qumránica y la de los más conspicuos representantes del Nuevo Testamento (Pablo, Juan, Hebreos, Mateo...), ¿hay que cambiar radicalmente nuestra comprensión del cristianismo primitivo y la de su génesis y evolución ideológica gracias precisamente a estos descubrimien-tos de Qumrán? Rotundamente no. No hay que modificar substancialmente nuestra interpretación de la historia primitiva de la iglesia cristiana con la aparición de los nuevos manuscritos, ni nuestro concepto de la evolución teológica del cristianismo primitivo.

Entonces, ¿para qué han servido los nuevos des¬cubrimientos? ¿Para qué nos vale realmente Qumrán, en concreto respecto al Nuevo Testamento? Para mucho: al entender mejor el judaísmo complejo de los siglos entorno al nacimiento de ese corpus cristiano, podemos situar también mejor al cristianismo en su puesto dentro de la historia de las religiones. Si antes del descubrimiento de los manuscritos se habían intentado aclarar ciertas peculiares ideas teológicas cristianas recurriendo a comparaciones con el ideario de las religiones de misterios helenísticas, o de la gnosis, ahora –sin negar estos contactos– debemos añadir un elemento más, precioso, a esa explicación genética: dentro del judaísmo del siglo I de la era común hallamos también ideas muy parecidas a las cristianas, aparentemente novedosas, que nos ayudan a interpretarlas: la exégesis concreta de muchísimos textos del Nuevo Testamento, no comprendidos plenamente, se aclara ahora y recibe una poderosa ayuda.

Gracias a Qumrán sabemos hoy con seguridad que el judaísmo en el que nació, como una secta más, el cristianismo no era un monolito, recio y sin fisuras, tal como podríamos imaginárnoslo considerando el judaísmo rabínico actual, sino un árbol frondosísimo y espeso. Tenía este árbol un tronco común y múltiples ramas. Una de ellas era el fariseísmo de los "piadosos"; otra, entremezclada, la de los grupos apocalípticos; otra, la de los saduceos,; otra la de los esenios (¿los escribas o letrados en las Escrituras?) y su subdivisión sectaria de Qumrán; otra, la de los judeocristianos, que en principio no eran más que judíos que creían en un mesías determinado; y otra, finalmente, la de los celotas y el grupo de sicarios, afines ideológicamente a los fariseos pero que como partido político organizado son, ciertamente, posteriores a la muerte de Jesús. Todas estas ramas del árbol tenían un mismo y común tronco. ¿Cómo no iban a mostrar ideas comunes? Por eso se explica que los textos de Qumrán y el Nuevo Testamento participen de tantas concepciones teológicas en común, y que a veces parezcan muy semejantes y se iluminen los unos con los otros. ¡Son ramas de un mismo tronco!

Pero no posee¬mos ningún texto entre los manuscritos descubiertos tras la Se¬gunda guerra mundial que nos sirva de testimonio externo para indicarnos que los cristianos copiaran sus ideas expresamente de los esenios o del subgrupo de Qumrán, o al revés. La gran aportación de los manuscritos del Mar Muerto a la comprensión del cristianismo primitivo es presentarnos un medio religioso cuya atento estudio afecta a la comprensión de todos los niveles del estudio del Nuevo Testamento: literario, teológico, sociológico, histórico. Por ello se impone estudiar más y más Qumrán y su legado. La aportación a este estudio que supone tener una fiable, excelente y accesible edición en castellano, la del Prof. García Martínez, publicada en Trotta, y luego revisada, trasladada al inglés y convertida en Study Edition es inestimable. Igualmente es inestimable que para quien quiera y pueda leer hebreo esté a su total disposición, en microfichas, fotografías, o en en medios incluso digitales, todo el contenido de los Rollos del mar Muerto. TODOS. No hay misterio ninguno.

Saludos cordiales de Antonio Piñero
www.ciudadanojesus.com


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