El blog de Antonio Piñero

Literatura Pseudo Clementina. Homilías Griegas

13.07.15 | 00:41. Archivado en Hechos Apócrifos de los Apóstoles

Gonzalo Segunda foto

Hoy escribe Gonzalo Del Cerro

Literatura Pseudo Clementina

Homilías Griegas

Primer encuentro de Clemente con su madre

Ya estaban juntos Clemente y su madre Matidia, pero sin reconocerse. Pedro llevaba las cosas a su ritmo. Sabía que un encuentro como aquel llevaba consigo muchos riesgos, que él trataba de evitar. Cuando la madre tuvo seguridades de que estaba a un paso de su hijo menor, quiso acelerar el encuentro. Clemente se encontraba en el barco cuando Matidia se convenció de que el joven de referencia era nada menos que su hijo. Mucha tristeza, muchos anhelos, muchas dudas estaban a punto de una feliz solución.

Era el principio del final de una historia que comenzó a partir de un sueño inventado como recurso contra una peligrosa situación. Por el momento, uno de los protagonistas de la historia recuperaba su identidad y su contexto. Como lo recuperaba la noble matrona romana, transformada ahora en una humilde mendiga. Pedro había tomado de la mano a Matidia para llevarla al encuentro de su hijo. El gesto sorprendió a Clemente, que quiso liberar a su maestro de la pesadumbre de llevar de la mano a una extraña mujer. La reacción de Clemente provocó el contacto de las manos del hijo y de la madre.

El relator de los sucesos cuenta con emoción y estremecimiento los detalles del momento: “Tan pronto como yo toqué su mano, dando ella un gran alarido como madre y abrazándose a mí fuertemente, me besaba como a su hijo. Y yo que desconocía todo el asunto, me desembaracé de ella como de una loca, pero respetando a Pedro, me contuve” (Hom XII 22,2-3). El mero contacto de las manos había sido para Matidia la razón y el argumento decisivo de su convencimiento. No necesitaba razonamientos ni silogismos que le dieran una seguridad mayor que la del toque de lo que era en realidad carne de su carne.

Clemente reconoce a su madre

La inicial reacción de Clemente provocó la intervención de Pedro y su aclaración de todos los extremos del extraño suceso: “¡Vamos! ¿Qué haces, hijo mío Clemente, rechazando a tu verdadera madre?” Cuando yo oí esto, me eché a llorar, me incliné sobre mi madre que estaba postrada y comencé a besarla. Pues a la vez que dijeron tales cosas, recordaba de algún modo oscuramente su imagen. Vinieron, pues, grandes multitudes para ver a la mujer mendiga, diciendo unos a otros que la había reconocido su hijo, que era un hombre importante. Como nosotros queríamos salir enseguida de la isla con mi madre, ella me dijo: “Hijo mío deseadísimo, es razonable que me despida de la mujer que me acogió, que es pobre y yace en su casa totalmente paralizada” (Hom XII 23,1-4)

Clemente recogía con detalle y sentida ilusión el momento de lo que Rufino define con la palabra de Aristóteles: Reconocimiento, una situación que debía ser desde el punto de vista literario simultánea con el cambio de fortuna. Porque tal reconocimiento llevaba consigo la recuperación de la identidad perdida y largamente buscada. Pero Pedro tenía recursos para convertir las penas en gozo y las mendigas en ricas matronas. El acontecimiento tuvo además el clamor de una fama merecida. El gesto de Matidia y el agradecido recuerdo de su bienhechora provocó en Pedro el deseo de recompensar la bondad de Matidia y la generosidad de su colega de penas y necesidades. Como testimonio de su fe y el poder de su Dios, sanó a ambas enfermas de sus limitaciones con el gozo de sus paisanos. Todo el pueblo admiró al cúmulo de casualidades, entre otras, la generosidad de Clemente y el poder de Pedro.

Final de las escenas del reonocimiento

La Homilía XII, de valor especial en el desarrollo de la novela, termina con la invitación de Pedro a cuantos quisieran profundizar en los conocimientos de la fe cristiana. Él seguirá predicando en Antioquía. Por su cuenta, Clemente manifestó su gratitud hacia la protectora de su madre con un regalo de mil dracmas. Tuvo además la atención de ponerla al amparo y cuidado de un hombre importante de la ciudad, “que prometió con espontánea alegría cumplir el encargo”. Repartió también dinero a otros muchos habitantes de la ciudad. El episodio tenía evidentemente un final feliz.

Saludos cordiales. Gonzalo Del Cerro


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