Hoy escribe Fernando Bermejo
Para Ramiro Moar,
perseverante lector, perseverante amigo
Entre las muchas historias inolvidables que el estudio de ese período de oro y hierro que fue la denominada Edad Media nos depara, una de mis favoritas es la que tiene como protagonista a Pierre de Bruys (o Bruis, o Bruix, o Bruyns, que al menos de todas estas formas es conocido).
Este personaje, que la fértil imaginación de un Jorge Luis Borges habría podido inventar, fue un cristiano y sacerdote idiosincrásico, de esos que los atentos pastores de la grey califican de heréticos. Había nacido en Bruys, una pequeña villa de la región de los Altos Alpes, allá donde Francia linda con el Piamonte. Su persona y su figura nos son conocidas a través de dos tocayos suyos, ellos mismos conocidos iconos del Medievo: Pedro Abelardo, que lo menciona en su Introducción a la teología, y sobre todo Pedro el Venerable, que dedicó un tratado entero a refutar sus doctrinas.
Bruys fue –por desgracia para él– lo bastante sensato como para percatarse del fenomenal tinglado en que consistía el cristianismo que le rodeaba, aunque –también por desgracia para él– no lo bastante como para dejar a los demás al albur de sus locuras e intentar pasar inadvertido en las tierras del Delfinado. Creyente vehemente, imbuido de un tan bienintencionado como vano espíritu de reforma, se puso a predicar a sus contemporáneos unas cuantas ideas que acaso no fueran del todo nuevas, pero sí un tanto subversivas.
Sábado, 26 de mayo
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Religión Digital
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