El blog de Antonio Piñero

La abogada de Dios. Sobre un libro de Karen Armstrong (II)

15.07.10 | 01:55. Archivado en , Libros
  • enviar a un amigo
  • Imprimir contenido

Hoy escribe Fernando Bermejo

El libro de Karen Armstrong En defensa de Dios. El sentido de la religión, Paidós, Barcelona, 2009 (The Case for God. What Religion Really Means, Random House, London, 2009), cuyas tesis principales expuse brevemente en el post anterior está, lamentablemente, plagado no solo de interpretaciones muy discutibles de algunos datos históricos, sino también de simplificaciones y de errores manifiestos. En lo que sigue me limitaré solo a algunos de los límites que creo percibir en esta obra.

Un problema básico es que la división de Armstrong, fundamental en su libro, entre dos visiones de la divinidad y la religión (una “premoderna”, en la que la praxis sería esencial para la religiosidad, y otra “moderna”, en la que la religión sería básicamente un asunto de creencia) es una simplificación tan gratuita como insostenible. De hecho, resulta muy obvio que las creencias tienden siempre a justificar ciertas praxis, y estas presuponen a su vez un conjunto de creencias. Las religiones parecen haber ofrecido siempre mito, ritual y simbolismo, pero también postulados concretos (v. gr. que Jesús es Dios encarnado, que murió por los pecados de la humanidad y resucitó de entre los muertos, que la Eucaristía es realmente su sangre y carne…). Así pues, que la religión es (también) un asunto de creencia no es una malinterpretación de sus críticos irreligiosos o de los fundamentalistas, sino un hecho, y algo aceptado (comprensiblemente) por la inmensa mayoría de los homines religiosi. Hasta tal punto es así, que la misma autora debe reconocer que la obsesión por la ortodoxia es un rasgo del cristianismo antiguo (p. 128). Este es solo uno de los muchos contraejemplos posibles (y demoledores) a la tesis de la autora.

Por supuesto, el propósito de Karen Armstrong es manifiestamente apologético: aislar una presunta concepción pre-moderna de la religión, basada en la praxis (mejor dicho: en los aspectos de la praxis que a ella le resultan simpáticos, pues sobre otros de esos aspectos, más sangrientos o rocambolescos, prefiere convenientemente correr un tupido velo), le permite descuidar una nada desdeñable cantidad de creencias religiosas que no son otra cosa que puras insensateces. Lástima que el resultado de la autora sea una simple invención.

Otro problema, asociado al anterior, es el uso constante de juicios de valor, identificando la autora ad libitum “religión” con “religión genuina” y ésta con una experiencia máximamente humanizadora (pp. 33-34), calificando Armstrong lo que no le gusta como "idolatría" o "aberración". Sin embargo, si la religión no es el súmmum de los males que pretende el anticlerical, tampoco es la panacea que ofrece el teólogo sofisticado.

La arbitrariedad de Armstrong se transparenta por doquier. Acusa a los fundamentalistas de leer la Biblia selectivamente, pero no sólo ella hace lo mismo (v, gr. ignorando lo que en la predicación de Jesús de Nzaret hay de violento y agresivo), sino que no puede evitar reconocer la violencia del Apocalipsis, el Deuteronomio o de ciertas aleyas del Corán (p. 327).

De hecho, el libro abunda en generalizaciones injustificadas y fácilmente refutables, como la de que “hasta comienzos de la época moderna nadie leyó una cosmología como un relato literal de los orígenes de la existencia” (p. 39), algo crasamente falso y francamente asombroso en alguien que se presenta como historiadora de las religiones. Así, en la tradición judía Ibn Ezra lo hizo, y también varios rabís en el Talmud. Los ejemplos de la tradición cristiana llenarían páginas. Ciertamente, es discutible si esa posición fue o no mayoritaria, pero la pretensión de Armstrong se halla en algún lugar entre la ignorancia y la deshonestidad intelectual.

La erudición e imparcialidad de la autora no siempre son sólidas: Armstrong denuncia, con razón, la falta de fundamento de algunos mitos pertinaces –y ya desenmascarados tiempo ha, como el de la incompetencia del obispo Wilberforce en su disputa con Huxley sobre la teoría evolucionista-, pero en su intento por armonizar religión y razón perpetúa otros de naturaleza apologética, como cuando pone en el mismo plano de intolerancia a Galileo y a los eclesiásticos que le censuraron (pp. 211-214). La ligereza -y la injusticia- del tratamiento de Armstrong puede comprobarse en este caso, por ejemplo, leyendo la amplísima y magnífica monografía del historiador de la ciencia Antonio Beltrán, Talento y poder.

En realidad, no sólo no es cierto que las críticas de los “nuevos ateos” sean tan ingenuas y superficiales como la autora pretende, sino que no resulta tranquilizador que Armstrong, que reconoce la existencia de otros ateos más sutiles (Daniel Dennett, pero también otros como V. Stenger o A. Comte-Sponville, a quienes no cita), no afronte sus críticas. Tal ausencia traiciona cierta carencia de hondura intelectual, y pone en cuestión incluso la honradez del enfoque. La calidad de esta estrategia puede evaluarse según un principio enunciado por la propia autora: “En cualquier estrategia militar es esencial enfrentarse al enemigo en su punto más fuerte; no hacerlo así pone de manifiesto que la polémica es superficial y carece de hondura intelectual”.

Si todo lo anterior es ya signo de una falta de rigor impropia de una persona con vocación intelectual, no es aún lo más grave. La cosa empeora todavía, y raya la infamia, cuando la autora, hacia el final de su libro, decide acusar a los “nuevos ateos” de no interesarse por el sufrimiento humano y de que “no muestran ningún anhelo por un mundo mejor” (p. 340). Lo cierto es que, por poner solo un ejemplo, una obra como The God Delusion de Richard Dawkins (dejando ahora al margen la plausibilidad de sus argumentos) revela una profunda preocupación por el sufrimiento físico, psicológico y moral de los seres humanos (y no solo de ellos). Intentar desacreditar a los “nuevos ateos” con este tipo de añagazas es de una mezquindad obvia, y nos retrotrae a épocas y procedimientos en que los cazadores de herejes intentaban desacreditar la heterodoxia de sus adversarios acusándolos de ser individuos soberbios y egoístas.

Para alguien que presume de unir rigor intelectual y fuerza moral, los resultados dejan bastante que desear. La autora diserta sobre casi todos los temas imaginables y llena su libro de nombres y obras, con lo que sin duda aspira a “épater le bourgeois” y a dar la impresión de una gran erudición. A costa, eso sí, de incurrir en arbitrariedades y errores flagrantes, tanto fácticos como interpretativos, e incluso en procedimientos éticamente deleznables.

Un libro como este puede sin duda proporcionar materia de reflexión sobre los temas que aborda, pero la fragilidad de su defensa de la religión –que aquí no hemos podido sino esbozar grosso modo- no se le escapará al lector que no haya puesto en cuarentena su sentido crítico.

Saludos cordiales de Fernando Bermejo

12 comentarios


Los comentarios para este post están cerrados.

Comentarios
  • Comentario por vl 26.07.10 | 15:09

    Cuando lea usted el libro reanalícelo. Por lo pronto ha atribuido a esta señora una religión concreta sin tener por qué, y un sesgo contra los no cristianos. Tanto si le da igual lo que sea esta señora como si no se lo da, ha supuesto que era de una religión determinada y que manifestaba un sesgo en contra de otras religiones. Eso es un prejuicio. Si en otros escritos es usted muy objetivo, tanto mejor para usted. Yo hablo de su comentario aquí.
    En cuanto al libro se llama "En defensa de Dios", es de esperar que defienda a Dios, si no sí que defraudaría las expectativas. Que lo haga mejor o peor es otra cuestión que cada cual podrá evaluar tras leerlo, si es que lo considera oportuno. Y parece ser que si tiene razón la reseña -que en ningún momento dice que sea cristiana esta señora ni que tenga sesgos contra otras religiones- la defensa que hace no es muy buena. Posiblemente. Habría que verlo personalmente para poderlo asegurar, pero tras leer la reseña no apetece.

  • Comentario por veterinary technician 19.07.10 | 19:00

    Keep posting stuff like this i really like it

  • Comentario por Manue 15.07.10 | 19:09

    vl: la señora en cuestión (si la reseña es acertada en ello) defiende seguir un análisis objetivo que luego no sigue; emplear un método histórico o análisis filo-científico, al que luego falta. A mí particularmente me da igual que sea creyente o no, de derechas o de izquierdas, musulmana o cristiana. Lo que ocurre es que no debiera notarse su tendencia, su credo, su sectarismo, salvo que pretenda hacer un libro de catequesis para estudiantes ya encarrilados en una dogmática o modalidad de fe. No puede prometer una cosa (no pardista) y dar otra (partidista). Cuando vea análisis míos, reanalíceme, a ver si me contradigo y peco de "partidista ateo", de sectario que abandona la lógica ecuánime y selecciona datos a su antojo para defender incluso lo menos probable o indefendible con tal de que case con mi prejuicio, interés o deseo. Si la reseña está bien hecha, la autora lo hace, al menos unas cuantas veces.

  • Comentario por Rawandi 15.07.10 | 17:45

    El fundamentalismo bíblico tradicional de la Iglesia católica es patente en la sentencia inquisitorial contra el padre de la ciencia moderna:

    “Habida cuenta que vos, Galileo, (…) consideráis (…) probable una teoría [la teoría copernicana] declarada contraria a la Sagrada Escritura (…), os condenamos a prisión de este Santo Oficio durante el tiempo que decidamos” (Roma, 1633)

    La Iglesia católica lleva muchos siglos defendiendo el literalismo bíblico. Sólo en el último siglo, escarmentada en parte por el escándaloso caso Galileo y temiendo el impacto de la teoría darwiniana, la jerarquía vaticana ha decidido modificar su posición pasando desde el fundamentalismo bíblico tradicional a una especie de fundamentalismo bíblico nebuloso que evita colisionar de lleno con la ciencia a base meramente de guardar silencio.

  • Comentario por vl 15.07.10 | 15:44

    Tan poco sé sobre su confesionalidad como usted sobre la de la autora. De usted sé por lo pronto que tiene prejuicios, pues ha dado por sentado que esta señora es menos ecuánime con los no cristianos, cuando ni siquiera sabe si le gustan más los musulmanes, por ejemplo.
    Lo único que sabemos de su confesionalidad es que la señora no es atea. Algo tan respetable como si lo fuera. Fácilmente se puede deducir que usted es un representante del ateísmo que piensa exactamente al contrario que esta señora, que no es el ateismo el que se pasará de moda.
    No sé quien tendrá razón. El tiempo dirá cual de estas confesionalidades tiene más o menos base.
    Eso es todo.

  • Comentario por Manue 15.07.10 | 15:13

    En lugar de confesional, ¿vale decir que toma partido con cierta facilidad por su propia confesión? Si es correcta la reseña que leemos, la autora pasa sobre ascuas que prefiere desatender, no trata con criterio ecuánime al no creyente (ni al no cristiano), contra el que muestra prejuicios y hace suposiciones morales infundadas y por una vez se muestra equidistante entre victima y verdugo cuando se trata del proceso de encarcelamiento y amenazas de tortura (o tortura real, hay quien defiende con criterio que la hubo realmente).
    Por cierto, ¿qué sabe Vd. vl de mi confesionalidad?

  • Comentario por vl 15.07.10 | 14:30

    El libro no es confesional. No lo es más de lo que pueda serlo usted mismo.

  • Comentario por Xabier 15.07.10 | 10:51

    Chinto:

    El Dr. Fernando Bermejo es profesor de un Master de Historia de las Religiones de la Universidad de Barcelona.

    Más vale callar y que piensen que eres ignorante que hablar y disipar las dudas (parafraseo de una frase de Groucho Marx)

  • Comentario por Manue 15.07.10 | 09:50

    Buen trabajo, profesor. Queda claro de qué peca la obra. Ya veo que -como siempre- hay quien descalifica desde una tarima sólo ideológica. No importan tanto las razones esgrimidas en el artículo ni las carencias del libro comentado como el hecho de que el crítico sea imparcial e implacable y el libro sea confesional. Cuando no nos preocupa la "verdad" sino apoyar aquello que a su vez apoye nuestros prejuicios, ése es el resultado: es serio lo que, aun sin razón, apoye mi creencia, por lo que no debe ser criticado ni siquiera constructivamente; por el contrario, sean bienvenidas las críticas destructivas de aquello que vaya en contra de mi credo, incluso aunque lo haga con razones sólidas y lenguaje exquisito.

  • Comentario por Oscar A.V. 15.07.10 | 08:46

    No estoy de acuerdo para nada con el anterior comentario de Chinto. Eso se llama sectarismo a tope. Es una critica de un libro, sin mas. Yo no veo problema ninguno en que uno exprese que no le ha parecido correcto de un libro y por que. Es una opinion mas que enriquece. Luego cada uno que haga lo que quiera. Pero mientras la critica sea razonada y constructica no veo que problema hay. Su cuento en mi opinion no es aplicable en este caso. Hay que ver con claridad.

  • Comentario por Chinto 15.07.10 | 07:18

    Al mal llamado Profesor Bermejo, (que yo sepa no no lo es), quiero recomendarle el consejo de aquel pastor del que habla Quevedo.
    Cuenta Quevedo que el tal pastor tenía un perro con la mala costumbre de olisquear a las ovejas bajo el rabo, allí donde pierden la lana; luego salía brincando y gruñendo con gestos de desagrado. Un día el Pator le arreó un garrotazo con su viejo bastón y le dijo: Si no te gusta, ¿por qué metes las narices?
    Sr. Bermejo. ¡pues eso! Imite al profesor de Filología; lea y comente a los de su cuerda.

    Respuesta de Fernando Bermejo

    Estimado amigo:

    Lamentablemente, no acostumbro a tener tiempo para comentar los comentarios –incluso si son tan perspicaces como los suyos– a mis posts, pero el suyo de hoy es tan certero y tan entrañable que no me resisto a decirle que tiene usted toda la razón. No recuerdo haberme presentado nunca en este blog como “profesor”, sino que son colegas y lectores los que en ocasiones se refieren a mí de este modo, pero es evidente que este tratamiento es, en mi caso, totalmente injustificado.

    En efecto, el hecho de haber sido profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), así como del Instituto Interuniversitario de Estudios del Próximo Oriente Antiguo, donde he impartido diversas asignaturas, no autoriza a nadie a llamarme “profesor”.

    Tampoco, naturalmente, lo hace el que hasta este mismo año yo haya sido docente (encargado, con otros dos colegas, de la asignatura de Historia del Cristianismo) del Master de Historia de las Religiones de la Universidad de Barcelona (UB). Ni que lo haya sido –y previsiblemente vaya a seguir siéndolo– en el Master de Religiones y Sociedades de la Universidad Pablo de Olavide (UPO) de Sevilla.

    Por supuesto, tampoco autoriza a nadie a otorgarme tal título el que yo haya impartido cursos y conferencias no solo en numerosas universidades españolas sino también (a menudo por invitación expresa, y de personas que no son mis amigos) en universidades extranjeras como París, Oxford, Lausanne o Houston.

    Y, desde luego, tampoco lo autoriza el que publique habitualmente, sobre diversos ámbitos de conocimiento y en varios idiomas, en revistas y colecciones altamente especializadas y prestigiosas, no tanto españolas cuanto, sobre todo, de países como Italia, Alemania o EEUU (habiendo sido, en algún caso, el primer español en escribir en tales publicaciones).

    Tiene usted, por tanto, toda la razón, e insto encarecidamente a los lectores de este blog a que no vuelvan a otorgarme un tratamiento que, como usted tan certeramente da a entender, es en mi caso totalmente inmerecido.

    En cuanto a su simpática referencia quevedesca, aclaro a los lectores que si he leído este libro de Armstrong no ha sido por propia iniciativa, sino porque la Revista de Libros me encargó una reseña, ya publicada –la cual, modificada, he decidido compartir aquí con los lectores del blog-. Por lo demás, debería ser obvio que cuando uno empieza a leer un libro, no puede saber si se topará con un frasco de fragancias o con rincones malolientes.

    Agradeciéndole la oportunidad de efectuar estas aclaraciones, le envía un afectuoso saludo
    F.B.

    P.D.: Dicho sea de paso, este fin de semana inicio una estancia en la universidad holandesa de Leiden, que me tendrá especialmente ocupado, por lo que me despido de los lectores del blog hasta septiembre. A todos, feliz verano.

  • Comentario por sofía 15.07.10 | 02:19

    Pues no parece una lectura muy recomendable, en el caso de que los juicios del profesor Bermejo se ajusten estrictamente a la realidad.

Sábado, 26 de mayo

BUSCAR

Editado por

Los mejores videos

Síguenos

Hemeroteca

Mayo 2012
LMXJVSD
<<  <   >  >>
 123456
78910111213
14151617181920
21222324252627
28293031   

Sindicación