Hoy escribe Antonio Piñero
Concluimos con el tema del prólogo al libro “Los papas y el sexo” de Eric Frattini. Decíamos que de vez en cuando en la sede de Pedro se sentaban hombres piadosos, bien provenientes de los monasterios o, más raramente, del ámbito de los cristianos seculares, que intentaban una reforma de la pésima situación del clero en cuanto a la normativa antisexo.
Uno de esos hombres piadosos que había sido designado para la sede de Pedro fue un prestigioso monje, de nombre Hildebrando, que no era ni siquiera sacerdote (papa desde 1073 a 1085), que adoptó el nombre de Gregorio VII. Entre otras reformas, emprendió la de la situación del clero con la idea de que la prescripción del celibato absoluto y obligatorio para todos los sacerdotes, tanto seculares como religiosos, sería la solución a la perversión sexual del clero. En el Sínodo Cuaresmal organizado en Roma en el año 1075, Gregorio destituyó a todos los curas casados, pero su lucha por aplicar el celibato a la fuerza, topó con una fuerte resistencia, especialmente en Alemania, Francia e Inglaterra
Sábado, 26 de mayo
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