Hoy escribe Gonzalo del Cerro
Andrés en el resumen de Gregorio de Tours (XII)
El nuevo acontecimiento del resumen de Gregorio (c. 26) se desarrolla en Corinto. Y vuelve a aparecer Sóstrato, avisado por una visión para que buscara al apóstol Andrés, lo que lo llevó naturalmente a Corinto. Mientras deambulaba por las calles acompañado de Lesbio y de otros fieles, fue reconocido por Sóstrato gracias a los detalles que había conocido en sueños. Se postró en tierra, se abrazó s sus pies y le dijo: “Ten compasión de mí, como la tuviste de mi hijo”. Filopatro hizo la presentación y expresó las intenciones de su padre: “Éste es mi padre y viene a preguntarte qué es lo que debe hacer”.
Andrés conocía que Sóstrato venía en busca de la verdad. Un criado de Sóstrato, de nombre Leoncio, que aparece en el epígrafe del capítulo junto con su amo, le llamó la atención sobre el resplandor que se desprendía del rostro de Andrés. Sóstrato era también testigo del detalle y lo interpretaba como una invitación para que no se apartaran de Andrés, sino que vivieran junto a él escuchando la palabra de Dios. Aportaba abundantes regalos, que el Apóstol no aceptaba. Porque lo que le interesaba no eran bienes materiales, sino las almas de sus fieles, como ahora las de Sóstrato y Leoncio.
Recuerda Gregorio un nuevo encuentro habido con los demonios en un balneario (c. 27). Como refiere el Apóstol más adelante, el diablo, enemigo del género humano, acecha tanto en los baños como en los ríos. En otros Hechos Apócrifos aparecen demonios atacando al personal que acude a los baños en busca de alivio y descanso. En esta ocasión era Andrés el que acudía a bañarse cuando descubrió a dos endemoniados. Uno era un anciano aquejado de grandes temblores. Otro era un jovenzuelo, que salió de la piscina, se postró ante el Apóstol y le dijo: “Andrés, ¿qué tenemos que ver nosotros contigo? ¿Has venido a sacarnos de nuestras moradas?” El incidente recuerda el suceso del endemoniado de la sinagoga de Cafarnaún (Mc 1,24 par.).
El resultado del encuentro fue el mismo. Andrés tranquilizó a los presentes garantizándoles que nada tendrían que temer “si creían en Jesús, nuestro Salvador”. Y mientras todos proclamaban su fe, Andrés increpó a los dos demonios que salieron de los cuerpos del anciano y del joven. El milagro fue seguido del correspondiente comentario de Andrés sobre el peligro de unos demonios que acechan ubique (en todas partes). Por ello es preciso estar siempre vigilantes para que los que quieren hacer daño no lo consigan.
El clamor de lo sucedido esparció la fama de Andrés, de forma que los hombres de la ciudad le llevaban a los enfermos para que los curara. Más aún, acudían también de las ciudades vecinas con los suyos, que eran curados y escuchaban gustosos la palabra de Dios.
Sigue una historia relatada con mayores detalles de los acostumbrados por Gregorio acerca de un anciano de nombre Nicolás (c. 28). Se trata de un anciano de 74 años durante los cuales, según confesión propia, no se había apartado de las inmundicias, de la prostitución y de la fornicación. Frecuentaba con asiduidad las casas de lenocinio. Y así vivía cuando le llegó noticia de los milagros y la predicación del apóstol Andrés, llena de palabras de vida. Él es el relator de los sucesos y exponía su situación vacilante entre sus deseos de cambiar de conducta y las debilidades de la carne. Recibió entonces un evangelio y oró con la esperanza de superar su vida pasada. Pero pasaron algunos días y se olvidó del evangelio que llevaba consigo. Llegó de nuevo la tentación y regresó al lupanar.
Allí tuvo lugar un suceso extraño. Cuando lo vio una de las meretrices, le espetó un alegato incomprensible: “Sal de aquí, anciano, sal de aquí, porque tú eres un ángel de Dios; no me toques ni te acerques a este lugar, pues veo en ti un gran misterio”. Pensaba estupefacto qué significarían aquellas palabras cuando cayó en la cuenta de que llevaba encima el evangelio. Salió del lupanar y fue a ver al Apóstol a quien refirió lo sucedido, pues “tenía la máxima esperanza de que no perecería” si Andrés oraba por su salvación.
Es lo que ocurrió. Porque el Apóstol, después de disertar largamente contra la fornicación, se puso en oración con lágrimas y gemidos durante varias horas. Se levantó, se lavó la cara y prometió no probar bocado hasta que conociera que Dios había tenido misericordia del anciano. Duró su ayuno cinco días hasta que llegó una voz del cielo que le comunicó el éxito de su ayuno, pero con la condición de que el anciano ayunara también. Andrés le predicó la abstinencia. A la vez reunió a los suyos, con quienes se unió en oración con una súplica insistente y precisa: “Perdona a este hombre su pecado”. Luego comió y aconsejó a los suyos que comieran.
Entretanto Nicolas regresó a su casa y distribuyó todos sus bienes entre los necesitados. Además se mortificó largamente y durante seis meses no probó otra cosa que agua y pan seco. De modo que, cumplida una digna penitencia, salió de este mundo
No se encontraba presente Andrés, pero en el lugar donde estaba le llegó una voz de lo alto que le dijo: “Andrés, aquel Nicolás por quien me suplicaste, ahora es mío”. Alegre por la buena nueva, contó a los hermanos la noticia y oró para que Nicolás descansara definitivamente en paz.
Saludos cordiales. Gonzalo del Cerro
Sábado, 26 de mayo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
Josemari Lorenzo Amelibia
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Religión Digital
Josep Carles Laínez
Angel Moreno
Carmen Guaita
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn