El Adopcionismo. La controversia en los textos

Permalink 18.08.08 @ 07:20:38. Archivado en CRISTIANISMO

Hoy escribe Gonzalo del Cerro

I. Carta de Elipando a Migecio

Vamos a intentar ahora rastrear los elementos de la controversia en los textos de su principal mentor y patrono, el primado de Toledo, Elipando. Prescindimos del tema de las fuentes en las que pudo beber el toledano sus teorías y pasamos seguidamente a los datos comprobados por los textos.

Empezamos por la carta que Elipando dirigió a Migecio y que sólo tangencialmente roza el problema adopcionista. Las doctrinas del heresiarca Migecio, que estaba apoyado por Egila, el obispo itinerante enviado desde Francia con las bendiciones de Roma, habían sido condenadas en un concilio celebrado en Sevilla hacia el año 784. Al final de la carta de Elipando al abad Fidel, presume de haber enmendado la herejía de los migecianos y le suplica que procure arrancar de los territorios astures la herejía beatiana como el Señor erradicó de la Bética la "herejía migeciana". Esto quiere decir que las absurdas doctrinas trinitarias de Migecio habían dejado ya de ser un peligro para la unidad de la fe. Como esta carta a Fidel es del 785, y el golpe de gracia contra Migecio se lo había dado la carta de Elipando, nos movemos por los alrededores de estas fechas (784-785). Elipando, en virtud de su potestad primada, expresaba de forma clara su fe trinitaria y cristológica.

La refutación de los errores trinitarios de Migecio resultaba demasiado fácil si eran tal como los presenta Elipando. D. Meillet-Gérard sospecha que Elipando haya deformado esos errores tan extravagantes con la intención de ridiculizarlos (D. Meillet-Gèrard, o. c., pág 195). Dejamos ahora los otros temas ya mencionados de la carta y vamos a limitarnos al primero -refutación de la doctrina trinitaria- para intentar descubrir detalles sobre los eventuales errores cristológicos del toledano.

Ante todo, recogemos el pasaje en el que hace la exposición de su propia doctrina sobre la Trinidad. Es el principio del párrafo 9 de la Carta a Migecio: "He aquí tres personas del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, espirituales, incorpóreas, indivisas, inconfusas, coesenciales, consubstanciales, coeternas, en una sola divinidad, una potestad, una majestad, sin principio ni fin, siempre permanentes" (texto latino en J. Gil, CSM (Corpus Scriptorum mozarabicorum, pág. 74, 9, 1-4). El fragmento es claro, preciso y de una ortodoxia modélica. Era como la recapitulación en clave resumida de la doctrina trinitaria que Elipando acababa de exponer a Migecio.

Porque a lo largo de la respuesta de Elipando a las delirantes teorías de Migecio, deja traslucir el fondo de su auténtico pensamiento, en el que asoman los primeros atisbos del Adopcionismo. El párrafo 4 de la Carta a Migecio empieza con estas palabras: "De la persona del Hijo dices que la segunda persona de la Trinidad es la que nació de la semilla de David según la carne y no la que fue engendrada por el Padre" (J. Gil, CSM, pág. 71). Lo que Elipando censura en este pasaje es que, según Migecio, la segunda persona de la Trinidad no es la engendrada por el Padre, sino la que nació de David. Con estas palabras, parece dar a entender el toledano que rechaza la idea de que Cristo en cuanto hombre sea la segunda persona divina, y solamente lo es en cuanto que fue engendrado por el Padre. Esta doctrina es ya, aunque expuesta con deficiente claridad, la misma que defienden los adopcionistas. El Verbo es Hijo natural del Padre, pero Cristo hombre es solamente su hijo adoptivo. La misma idea subyace a la pregunta que Elipando dirige a Migecio unas líneas más abajo: "¿Cómo es que afirmas que aquella forma de siervo es la segunda persona de la Trinidad, cuando el mismo Hijo de Dios atestigua por su propia boca que según aquella forma es menor que el Padre, pues dice: “El Padre es mayor que yo?”" (J. Gil, CSM , págs. 71-72). Sorprende que nadie haya subrayado este pasaje que, a mi entender, es una confesión paladina de la doctrina adopcionista. Pues la pregunta retórica de Elipando equivale evidentemente a una negación: En la forma de siervo, -viene a significar Elipando con su pregunta-, Jesús no es la segunda persona de la Trinidad.

La frase más citada y comentada por los estudiosos del tema es la que da principio al párrafo 7 de la carta: "La persona del Hijo no es la que tú afirmas que es igual al Padre y al Espíritu Santo y que nació en los últimos tiempos de la semilla de David según la carne, sino la que fue engendrada por Dios Padre sin principio de tiempo" (J. Gil, CSM, pág. 74). Muchos han creído que es la afirmación donde se descubre la mentalidad adopcionista de Elipando. (P. Flórez, España Sagrada, V, pág. 543; J. F. Rivera, El Adopcionismo..., 1980, pág. 109; D. Meillet-Gérard, o. c., pág. 193; J. C. Cavadini, o. c., pág. 19). Sin embargo, debemos subrayar que en esta carta no aparece en ningún pasaje la palabra "adopción", que luego será clave a lo largo de toda la controversia.

II. Símbolo de la fe de Elipando

El segundo documento recogido por J. Gil en su CSM es el "Símbolo de la fe de Elipando", donde aparece ya claramente la fe del toledano en la filiación adoptiva de Cristo en cuanto hombre. El texto del Símbolo forma parte del Libro I de la obra de Eterio y Beato (cf. también PL 96, cols. 916-918). Empieza con una especie de autopresentación: "Yo, Elipando, arzobispo de la sede toledana, con todos los que están de acuerdo conmigo". Sigue la profesión de su fe trinitaria: "Creo que la Trinidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo es una sola esencia y naturaleza de la divinidad, es decir, Dios y el Principio y el Espíritu Santo son una Trinidad de Personas en una sola naturaleza de la divinidad". (Id., Ibid., II 2-4; págs. 78s). Llama la atención la denominación del Hijo como "Principio" (cf. Jn 8, 25).

Trata después de explicar el misterio con recurso al ejemplo de la unidad matrimonial según las palabras del Gén 2, 24 tomadas del texto bíblico casi literalmente. Otro ejemplo, citado también para aclarar la unidad en la Trinidad, es el caso de muchos que por el amor de Dios se hacen un solo corazón y una sola alma en clara alusión en contenido y palabras al suceso referido en Hch 4, 32 sobre la unidad de los cristianos primitivos. Utiliza también Elipando el viejo ejemplo de la piedra y el fuego, un fuego que no modifica sustancialmente la esencia de la piedra, como el nacimiento eterno del Hijo no modifica la sustancia única de la divinidad.

Pasa luego a hablar del Hijo que, despojado de la divinidad, se apareció a Abraham en forma de hombre, acompañado por el Padre y el Espíritu Santo. Se refiere Elipando al pasaje de Gén 18, 1ss, en el que aparecen tres varones, pero Abraham saluda a uno, como notan los exégetas. Este suceso narrado en el Génesis es un texto al que la teología cristiana recurre como a uno de los indicios del misterio de la Trinidad en el Antiguo Testamento. Después de recordar cómo el Hijo de Dios, al hacerse hombre, se vacía de la divinidad y se somete a las pesadumbres propias de la humanidad, como la circuncisión, el bautismo, la flagelación, la crucifixión, la muerte, la sepultura, remata el cuadro subrayando que, según el Salmo 21, 7, fue considerado como "gusano y no hombre, oprobio de los hombres y desprecio de la plebe". Contrapone a este texto el de Isaías: "Mi gloria no se la daré a otro" (Is 42, 3). Aquí, dice Elipando, habla el Hijo de Dios "unido en una sola y misma persona de Dios hombre, y está cubierto con la vestidura de la carne; pero no es él, el nacido de la Virgen, por quien creó Dios las cosas visibles e invisibles, sino por el que es Hijo no por adopción, sino por generación, no por gracia, sino por naturaleza. Por él, hijo a la vez de Dios y del hombre, adoptivo por la humanidad, de ningún modo adoptivo por la divinidad, redimió al mundo". (J. Gil, CSM, pág. 80).

En este pasaje de su credo, Elipando se sitúa clara, decidida y voluntariamente al otro lado de la línea que limita la ortodoxia oficial. Usa una fórmula que se convertirá en poco menos que representativa de su doctrina cuando habla del Hijo que es natural por generación y adoptivo por gracia. Por el primero creó al mundo; por el segundo, lo redimió. Sin embargo, no deja de afirmar con la misma contundencia que se trata "de una y misma persona de Dios hombre". Y ahí está la paradoja de los adopcionistas, que se aferran a la doctrina tradicional de la única persona divina en Cristo, pero luego distinguen con tal fuerza la clase de actividades de esa persona "en cuanto Dios" y "en cuanto hombre", que asimilan de hecho la persona a la naturaleza y las confunden hasta el punto de que sus adversarios los tachan de admitir en Cristo dos hijos, como hacía Nestorio.
Elipando termina su Símbolo argumentando que "si todos los santos son iguales a este Hijo según la gracia, (es decir, en cuanto hombre), entonces son adoptivos con el adoptivo". Y pretende apoyar su tesis en un argumento de Escritura introduciendo entre los dones y carismas del Espíritu Santo el "espíritu [santo] de adopción en quien clamamos: “Abbá, Padre“". "Por ese Espíritu no niego que Cristo hombre es adoptivo" (J. Gil, CSM, pág. 80). Esto es lo mismo que decir en sentido afirmativo que Cristo en cuanto hombre es hijo adoptivo de Dios. El arzobispo de Toledo, pues, omite recelos y reticencias y emplea la palabra discutida que da nombre a toda la controversia y que será la auténtica piedra de escándalo para todos sus adversarios.

Saludos cordiales. Gonzalo del Cerro


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