Mujeres en los Hechos Apócrifos

Permalink 21.04.08 @ 06:40:18. Archivado en Hechos Apócrifos de los Apóstoles

Escribe Gonzalo del Cerro

El episodio de los onagros (Hecho VIII: HchTom 68-81)

La relación del Apócrifo introduce a continuación el Hecho VIII, donde se cuenta el episodio de los asnos salvajes obedientes a la voz de Tomás y con un portavoz parlante en uno de ellos. A la vez se da fin a la historia de las dos mujeres atormentadas por los demonios. Tomás subió al carro del general para dirigirse al lugar donde se encontraban las posesas. El general mencionado es Sifor, general del ejército del rey y que era el esposo y padre de las mujeres posesas. Los caballos de tiro se cansaron, lo que provocó en el general un serio apuro. Tomás le ordenó que se dirigiera a un grupo de onagros que estaban pastando a la vera del camino y les dijera: "Así os dice Judas Tomás, el apóstol de Cristo, el Dios nuevo: venid cuatro de vosotros pues os necesitamos" (HchTom 69, 3).

Los onagros acudieron en manada y se postraron a los pies del Apóstol, que pronunció un discurso de especial profundidad. Al final hizo alusión a la sumisión de aquellos animales salvajes. Luego, les pidió que se acercaran cuatro para ser uncidos en lugar de los caballos fatigados. Todos querían obtener tal honor y privilegio, pero resultaron elegidos cuatro particularmente fuertes, que fueron uncidos bajo el yugo. Los demás seguían detrás del Apóstol hasta que éste los despidió para que regresaran a sus pastos. Los onagros detuvieron el carro delante de la casa del general, a donde acudió gran multitud de gente. Se acercaba el momento del milagro, y el autor del relato buscaba crear el ambiente adecuado para su realización y trascendencia. Presente la multitud, el Apóstol pronunció el correspondiente discurso. Al final suplicó diciendo: "Señor Jesús, ha llegado el momento. ¿Qué pides que suceda? Ordena, pues, que se cumpla lo que ahora debe suceder" (HchTom 73, 1).

Los demonios tenían fuertemente atormentadas a la mujer y a la hija del general. Tanto que sus familiares pensaban que no volverían a tener una vida normal. No podían gustar alimentos, sino que yacían en sus lechos sin sentido hasta el día en que llegó el apóstol Tomás. Éste, dirigiéndose a uno de los onagros, le intimó: "Entra dentro del patio, y cuando estés allí, llama a los demonios y diles: “A vosotros os dice Judas Tomás, apóstol y discípulo de Jesucristo. Salid fuera”" (HchTom 73, 3). Tomás declaraba que había sido enviado para exterminar y expulsar a los demonios hasta que, llegada la consumación, acabaran todos en su abismo tenebroso.

El onagro, seguido de una gran muchedumbre, entró en la casa y se dirigió a los demonios dejándose llevar de la tendencia retórica típica de estos Hechos para terminar diciendo: "A vosotros os dice Judas Tomás, el apóstol de Cristo Jesús, enviado aquí por el mucho amor y buena disposición (de aquél): Salid ante toda esta muchedumbre y decidnos de qué raza sois".

Tomás libra a las posesas de los demonios

Ante la intimación del Apóstol salieron las dos mujeres, más muertas que vivas, mal vestidas y bastante desfiguradas. Apenado Tomás, sobre todo por la joven, ordenó a los demonios que se alejaran de las dos mujeres, que quedaron tendidas en tierra sin emitir ni una palabra ni el menor aliento. Uno de los demonios protestó de forma que Tomás comprendió que se trataba del mismo que había arrojado ya de otra mujer, cuyo caso se contó en el Hecho V "Sobre el demonio que habitaba en una mujer". Pero Tomás les ordenó salir de aquellas mujeres y les prohibió volver a entrar en "habitación humana". Prohibición extensiva a todos los demonios que permanecían escondidos en tantos adoradores de los ídolos. Los demonios desaparecieron mientras las dos mujeres yacían en tierra como muertas. La escena recuerda varios detalles de la curación del joven poseso de Mc 9, 14-29. Salido del poseso el espíritu inmundo, el joven quedó en tierra como muerto.

Allí estaban los onagros sin retirarse del lugar de los sucesos. Pero el asno parlante pronunció un larguísimo parlamento lleno tanto de retórica como de doctrina. Hablaba a la muchedumbre presente exhortando a todos a vivir una vida honesta y ordenada, así como a evitar ciertos pecados. El Apóstol pronunció un nuevo discurso igualmente retorizante. Luego, se acercó a las mujeres y suplicó a Cristo con fórmulas reiterativas hasta llegar al ruego fundamental: "Te lo suplico: que se levanten sanas estas almas y vuelvan a ser como eran antes de ser golpeadas por los demonios" (HchTom 81, 2).

Las mujeres se levantaron y se sentaron completamente sanas. A una orden de Tomás el general y sus criados las llevaron dentro de la casa y les ofrecieron de comer. Luego, se preocupó de que los onagros pudieran regresar indemnes a sus campos. Testigos de tales prodigios fueron los numerosos presentes que acompañaban al Apóstol en la casa del general.

Una vez más el Apócrifo recoge un caso de mujeres pertenecientes a la alta sociedad, que son ocasión de largas predicaciones y de curaciones milagrosas. Como en otros pasajes similares, la muchedumbre ve, escucha y confirma su fe en la doctrina y en la persona del Apóstol. Pero aquí se habla de una mujer casada a la que no se le impone ninguna condición conducente a una vida de castidad. Lo que iría contra la pretendida exigencia universal de una vida de continencia como medio necesario para la salvación. Tanto la madre como la hija son curadas de la posesión diabólica sin que se les imponga ninguna actitud nueva ni en el matrimonio de la madre ni en la actitud de la hija. Lo que ellas hagan más adelante será fruto de una decisión personal y no de una exigencia o imposición.

Sólo más adelante, en el contexto de la conversión de Migdonia, se cuenta la decisión tomada por toda la familia de vivir de acuerdo con actitudes que parecen implicar la vida de castidad. El Apóstol se encontraba en casa de Sifor, donde se le había preparado una sala para que enseñase. Sifor dijo a Tomás: "Tanto yo como mi mujer y mi hija viviremos en adelante en santidad y pureza y con la misma disposición de ánimo. Te pido que recibamos de ti el sello (del bautismo), para que nos hagamos adoradores del Dios verdadero y nos contemos entre sus corderos y ovejas" (HchTom 131, 2).

Pero debemos notar dos detalles. Ante todo, la conexión con la salvación se marca más bien como consecuencia del sello o bautismo. Además, Tomás no había exigido cautela ninguna en orden a una vida de continencia. Fue una decisión espontánea y libre tomada por la familia y expresada por boca del general Sifor. El Apóstol quedó complacido de la nueva actitud de la familia. Les administró el bautismo con el ritual acostumbrado: unción con el óleo, baño en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, celebración de la Eucaristía. El relato termina precisamente con estas palabras: "Hecha la fracción del pan, lo repartió a Sifor, a su mujer y a su hija" (HchTom 133, 2).

Historia de Migdonia, esposa de Carisio, ministro del rey (Hechos IX-X: HchTom 82-133)

El esquema de la mujer en los Hechos Apócrifos

De todas las mujeres que desempeñan papeles más o menos importantes en los Hechos de Tomás, Migdonia es sin competencia posible, la figura estelar. Es para muchos autores el modelo ideal para trazar el perfil más característico de la mujer en los Hechos Apócrifos. Así lo reconoce Virginia Burrus en el análisis que traza acerca del tema en su monografía sobre Chastity as Autonomy. Women in the Stories of Apocryphal Acts, Nueva York, 1987. Es la ampliación de la tesis expuesta un año antes en la revista Semeia 38, pp. 101-117. Partiendo del concepto de "función" desarrollado por V. Propp en su Morphology of the Folktale, Austin, 19682ª, cree descubrir en la historia de Migdonia las 14 "funciones" que aparecen en la estructura del relato. Existe traducción española del libro de V. Propp: Morfología del cuento, Buenos Aires, 1972; Madrid, 1977.

En ella se dan, por su personalidad y su conducta, todos los detalles precisos para la elaboración de una teoría:
1) Se trata de una mujer de elevada posición social, en estrecha relación con la familia real. Goza, en consecuencia, de una confianza y una seguridad en sus actos y en su conducta.
2) Escucha la predicación de Tomás en la que ocupa no poco espacio la doctrina sobre la continencia.
3) La mujer se convierte a la vida de castidad perfecta y definitiva, de la que hace una cierta propaganda con sus palabras y su conducta.
4) Entra en conflicto con su marido al negarse a continuar con normalidad su vida matrimonial.
5) El Apóstol es perseguido como responsable de la nueva situación creada.
6) Las mujeres se mantienen en su decisión sin titubeos ni concesiones.
7) El Apóstol es castigado con la muerte martirial.
8) El proceso termina con la victoria de las mujeres y algún gesto de arrepentimiento, a veces conversión, de parte de los maridos.
9) A estos matices reconocidos y aceptados por los tratadistas nosotros añadimos como un rasgo destacado la consideración de Migdonia como mujer amada, objeto de un cariño poco menos que incoercible.

A lo largo de nuestra reflexión iremos comprobando cómo se cumplen todos estos pasos. Otros detalles, considerados por V. Burrus como "funciones" se nos antojan un tanto forzados en su interpretación. Elegimos éstos que nos parecen evidentes y surgen naturalmente del texto y del contexto. (Continuaremos con la historia de Migdonia).

Saludos cordiales. Gonzalo del Cerro

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