Mujeres en los Hechos de Pablo (II)

Permalink 04.02.08 @ 07:51:16. Archivado en Hechos Apócrifos de los Apóstoles

Hoy escribe Gonzalo del Cerro

Tecla en Antioquía (HchPlTe 26-39)

Una cuestión debatida entre los autores es si se trata de la Antioquía de Siria o de Pisidia. La alusión al camino de Iconio a Dafne, donde moraba Pablo en la gruta con la familia de Onesíforo, ha hecho pensar que podría tratarse de la ciudad siria, junto a la cual existía un famoso santuario con ese nombre. La mención del sirio Alejandro en los HchPlTe parecería jugar a favor de Antioquía de Siria. Lo mismo que la tradición del final de la vida de la santa que se sitúa en Seleucia de Siria. Pero el contexto más próximo cuenta de la vía que va de Iconio a Antioquía. Ésa es también la secuencia en los Hechos canónicos de Lucas. De todos modos, la cuestión no es importante para lo que nosotros pretendemos: trazar las grandes líneas de la historia y la personalidad de Tecla.

Pablo despidió a Onesíforo y a su familia, tomó consigo a Tecla y se dirigió a Antioquía. Lo que Pablo temía sucedió más pronto de lo que hubiera pensado. Un sirio, de nombre Alejandro, de los más importantes de la ciudad de Antioquía se enamoró de Tecla en cuanto la vio. Traducimos "un sirio" con la mayoría de los códices. Tischendorf lee "siriarca" (jefe de los sirios), lectura que acepta Lipsius. Empezó a buscar el favor de Pablo con dinero y con regalos. Pablo le dijo: "No conozco a la mujer de que me hablas; además no es mía" (HchPlTe 26, 1). El joven, que tenía mucha fuerza, se abrazó a Tecla en plena calle. Ella no lo soportó tranquilamente, sino que mirando a Pablo, gritó con gran fuerza: "No hagas violencia a una extranjera; no hagas violencia a la sierva de Dios. Yo soy de las primeras de Iconio, y porque no he querido casarme con Támiris, he sido expulsada de la ciudad" (HchPlTe 26, 2). No contenta con eso, le desgarró el manto y le quitó la corona de la cabeza, con lo que le hizo quedar públicamente en ridículo.

En parte por el amor desairado, en parte por la vergüenza pasada, Alejandro llevó a Tecla al gobernador. Ella confesó sencillamente lo que había hecho, por lo que fue condenada a las fieras. La expresión normal en griego significa "luchar con las fieras", aunque el arrojar víctimas a las fieras no tuviera realmente nada de lucha. Los juegos habían de ser organizados por el novio frustrado. En este caso las mujeres tomaron el partido de Tecla y gritaron ante el tribunal calificando el juicio de malo e impío. Tecla sólo tenía una preocupación, el que pudiera llegar inviolada a su lucha.

Tecla, condenada a las fieras

Fue en este momento cuando aparece en la historia de Tecla una mujer rica, de nombre Trifena, reina añade Lipsius, cuya hija única había muerto y que tomó a Tecla bajo su protección. Durante el desfile que servía para presentar las fieras al público, ataron a Tecla a una leona, mientras Trifena seguía detrás. Los textos no parecen entender fácilmente el suceso. Pero se supone que Tecla iría sobre la jaula en la que iba la leona, que se puso a lamerle los pies. Llevaba escrita la causa de su condena: "Rea de sacrilegio", a la manera de la inscripción que figuraba en la cruz de Jesús (Mc 15, 26 paral.).

Cuando ya Trifena había tomado sobre sí el cuidado de Tecla, se le apareció en sueños su hija Falconila: "Madre, debes recibir en mi lugar a la extranjera, la abandonada Tecla, para que ore por mí y pueda yo ser trasladada al lugar de los justos" (HchPlTe 28, 2). Al terminar el desfile, Trifena se hizo cargo de Tecla con gran tristeza, porque al día siguiente tenía que ser arrojada a las fieras. Del texto del Apócrifo no se percibe con claridad el papel desempeñado por Trifena. Da la impresión de que la retenía en su casa, lo que parece poco coherente. Quizá era una concesión a la autoridad de esta mujer, "reina" y pariente del César. Además le había tomado cariño como si también fuera su hija. Le dijo, pues: "Segunda hija mía, Tecla, ven y ora por mi hija para que viva eternamente, pues eso es lo que he visto en sueños" (HchPlTe 29, 1). Tecla oró para que Falconila viviera para toda la eternidad. Cuando Trifena escuchó las palabras de Tecla, sintió una gran pena pensando que aquella belleza iba a ser arrojada a las fieras. Según los textos que hablan de la tradición de los sucesos de Seleucia, Tecla tenía en aquella ocasión dieciocho años de edad.

Llegado el día, se presentó Alejandro para llevarse a Tecla. Era él quien organizaba la fiesta; el gobernador estaba ya ocupando su lugar, y la multitud se encontraba reunida. Pero Trifena lanzó un grito que hizo huir a Alejandro. Se lamentaba de que su casa fuera a quedar nuevamente de luto. Pero Alejandro envió a soldados para que llevaran a la condenada. Trifena fue con ella tomándola de la mano y recordaba que lo mismo que en otra ocasión había conducido a su hija Falconila hasta la tumba, ahora la acompañaba a ella a la lucha con las fieras. Tecla oraba al Señor llorando y suspirando para que premiara a Trifena por haberla guardado pura.

Se oyó de pronto un rugir de fieras que arrancó un griterío entre los asistentes. Entre las mujeres había división de opiniones. Unas gritaban contra la sacrílega; otras proclamaban injusto el juicio y criminal la condena. Tecla fue arrancada de las manos de Trifena, despojada de sus vestidos y, cubierta solamente con un mandil, arrojada a la arena del estadio. En seguida soltaron contra ella a leones y osos. Pero una leona salvaje corrió hacia ella y se tumbó a sus pies. Las mujeres volvieron a gritar, ahora sorprendidas. Una osa pretendió atacar a Tecla, pero fue despedazada por la leona. Vino luego un león, que era propiedad de Alejandro y había sido entrenado para matar. Pero la leona se enzarzó con él en una lucha feroz que acabó con la muerte de ambas fieras. Soltaron nuevos animales. Pero mientras Tecla oraba con los brazos en cruz, vio un foso lleno de agua. Pensó que era el momento de recibir por fin las aguas del bautismo. Los asistentes se dieron cuenta de sus intenciones y trataron de disuadirla, porque el foso estaba lleno de focas. El gobernador mismo derramaba lágrimas al ver que tal belleza iba a ser devorada por los hambrientos animales. Tecla cumplió un deseo que hace tiempo abrigaba y se lanzó al foso diciendo: "En el nombre de Jesucristo yo me bautizo en el último día" (HchPlTe 34, 1). De pronto las focas vieron un relámpago a cuya luz murieron y aparecieron muertas en la superficie de las aguas del foso. Alrededor de Tecla apareció una nube de fuego que impidió que las fieras la tocaran y que la vieran desnuda los presentes. Este gesto de Tecla es uno de los que más escandalizaron a Tertuliano, porque interpretaba que con él se daba a las mujeres la facultad de bautizar, como la orden de Pablo para que enseñara la Palabra de Dios (HchPlTe 41) fue considerada como la autorización para que las mujeres pudieran ejercer el ministerio de la palabra.

Echaron otras fieras feroces a la arena. Pero las mujeres empezaron a lanzar hierbas y flores de variados perfumes, que infundieron un sopor tal en los animales que no fueron capaces de tocar a la joven Tecla. Alejandro hizo un último intento. Pidió al gobernador que le permitiera atar a la joven a unos toros salvajes bajo cuyos genitales encendería fuego para aumentar su bravura. De mala gana, el gobernador le respondió: "Haz lo que quieras". Sorprendentemente la frase aparece literalmente en el Papiro de Hamburgo (PH) I 3, allí en boca de Pablo durante el interrogatorio que sufrió de parte del gobernador de Éfeso. Pero las llamas quemaron las cuerdas y Tecla quedó suelta. Trifena sufrió un desvanecimiento que hizo pensar y decir a sus servidoras: "La reina Trifena ha muerto". Trifena, mujer importante, que en algunos pasajes es llamada "reina", era, en efecto, sobrina segunda del emperador Claudio (10 a. C.-57 d. C.). Cf. G. Rollfs, "Paulusakten", en E. Hennecke y otros, Handbuch zu den neutestamentlichen Apokryphen, II p. 386.

Milagrosa liberación de Tecla

Era demasiado. El gobernador interrumpió los juegos, el pueblo quedó aterrado y el mismo Alejandro se postró ante el gobernador diciendo: "Ten piedad de mí y de la ciudad; y deja en libertad a la luchadora para que no perezca la ciudad. Pues si el César se entera, destruirá la ciudad con todos nosotros, pues su pariente Trifena ha muerto a las puertas de los juegos" (HchPlTe 36, 2). El gobernador interrogó a la joven intrigado por el resultado de los sucesos; "¿Quién eres tú, para que no te haya tocado ni siquiera una de las fieras?". Tecla se confiesa "sierva del Dios vivo" y dirige al gobernador una pequeña predica en estos términos: "Soy sierva del Dios vivo, y lo que ha sucedido conmigo se debe a la fe que tengo en aquel en quien Dios se complació, en su Hijo. Por él no me ha tocado ni una sola bestia, pues él solo es el camino de la salvación y el fundamento de la vida inmortal. Él es el refugio para quienes azota la tormenta, el descanso para los oprimidos, la protección para los desesperados. En una palabra, el que no cree en él no vivirá, sino que estará muerto por toda la eternidad" (HchPlTe 37, 1-2).

El gobernador ordenó que le trajeran sus vestidos. Tecla le dejó una última lección: "El que me vistió cuando estaba desnuda entre las fieras me vestirá en el día del juicio para la salvación" (HchPlTe 38, 1). Es decir, el que la vistió con un vestido de fuego cuando estaba entre las fieras, la vestirá en el día del juicio final con el vestido de la salvación. El gobernador rodeó de solemnidad la liberación de la luchadora y dio un edicto (ácton) con este tenor: "Tecla, sierva piadosa de Dios, yo te devuelvo la libertad". Las mujeres dijeron a gritos: "Hay un solo Dios, el que ha salvado a Tecla". Trifena abrazó a Tecla diciéndole: "Ahora creo que los muertos resucitan; ahora creo que mi hija vive" (HchPlYe 38, 2-39, 1). Invitó a Tecla a su casa con intención de dejarle todas sus propiedades. Allí pasó ocho días descansando y enseñando la Palabra de Dios, con lo que muchos de los criados de Trifena se convirtieron a la fe mientras en la casa reinaba una gran alegría.

Último encuentro de Tecla con Pablo (HchPlTe 40-42)

Tecla sentía vivos deseos de ver a Pablo a quien buscaba por todas partes y por quien preguntaba. Tuvo noticias de que se encontraba en Mira. Mira, puerto de Licia en el sur de la península de Anatolia, fue una de las estaciones de Pablo en el itinerario de sus Hechos según el Papiro de Heidelberg. También hizo el Apóstol escala en Mira durante su viaje a Roma como prisionero (Hch 27, 5). Tecla se puso vestiduras masculinas y se dirigió a su encuentro acompañada de criados y criadas. Encontró, en efecto, a Pablo que predicaba la Palabra de Dios. El Apóstol quedó gratamente sorprendido, pues temía que hubiera tropezado con alguna nueva tentación. Tecla tranquilizó a Pablo diciéndole que ya había recibido el bautismo. Y añadió: "El que colaboró contigo para el Evangelio, ha colaborado también conmigo para el bautismo" (HchPlTe 40, 2).

Pablo tomó a Tecla de la mano y la condujo a casa de un cristiano, donde Tecla contó cuanto le había sucedido. Todos se alegraron, quedaron edificados y confirmados en la fe; luego, oraron por Trifena. Tecla dijo a Pablo: "Me voy a Iconio". Pablo le respondió: "Ve y enseña la Palabra de Dios". Trifena le había enviado ropa y dinero para que Pablo pudiera aliviar a los necesitados. Tecla por su parte regresó a Iconio y se dirigió a la casa de Onesíforo. Se arrojó al suelo en el lugar en donde Pablo había estado sentado enseñando la Palabra de Dios. Allí se enteró de que Támiris había muerto. A su madre, que aún vivía, le preguntó: "¿Puedes creer que en el cielo hay un Señor? Si necesitas dinero o riquezas, el Señor te lo concederá por mi medio. Pero si deseas a tu hija, aquí me tienes" (HchPlTe 43, 1).

SAludos cordiales de Gonzalo del Cerro

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