El cristianismo y las relaciones con la sociedad y el estado. (Haight IV)
28.12.07 @ 07:07:04. Archivado en Libros

La posición de la comunidad primitiva judeocristiana apenas variaría respecto a la de Jesús en cuanto al problema de sus relaciones con un estado impuesto por los romanos. Su aprecio por el Templo, su visión religiosa esencialmente judía, el tenor de sus dirigentes, como Santiago, denominado el “justo” incluso por los no cristianos por su exacto cumplimiento de la Ley, no permite suponer cambio ninguno respecto a su posición hacia el Estado.
El Apocalipsis muestra un panorama parecido, pues es un exponente claro de la tendencia judeocristiana dentro del cristianismo. El autor insta a sus lectores a no participar en la vida del Imperio: lo mismo que el pueblo antiguo de Israel había padecido bajo el yugo violento de asirios, caldeos y griegos seléucidas, del mismo modo el nuevo y definitivo Israel –los cristianos- no debía tener parte alguna en las exigencias religiosas y sociales del Imperio.
Domiciano era el infame Nerón redivivo; Roma la gran prostituta, y el Imperio, la Bestia, que a instigación de Satanás se constituye en el adversario, anticristo, por excelencia de Jesús y su pueblo. Se impone la resistencia, la no participación ni siquiera en el entramado económico del Imperio (Ap 13,17). Se impone incluso la aceptación de la muerte por no convivir y adorar a la Bestia. El anhelo de estos cristianos era la destrucción del Imperio, junto con el mundo presente para que se instaurara por fin el Reino de Dios, creándose la nueva Jerusalén en el marco de un nuevo cielo y una tierra nueva. Es imposible hallar postura más encontrada y hostil frente a la estructura del Imperio Romano.
Otro panorama totalmente distinto presenta la comunidad helenística, sobre todo la paulina. Como hemos apuntado indirectamente, una de las aportaciones de Pablo consistió en introducir en el cristianismo, ayudado por concepciones de talante gnóstico, un sentido radicalmente espiritualista y ultraterreno. La sabiduría que él predicaba “no era de este mundo” (1 Cor 2,6), sino un misterio oculto que Dios preordenó antes de los siglos. El mundo material es malo, en cuanto caído y sometido a las potencias demoníacas; el hombre sólo puede salvarse por la acción interior del Espíritu. Esta devaluación absoluta de lo material en la vida humana entraña un grave pesimismo en lo que respecta a la situación del ser humano en este mundo: es un pasajero en un mundo eminentemente satánico, es como un extranjero en una cultura y un orden social carentes de valor en sí.
Pero, a la vez, esta radical devaluación del mundo será el soporte de una consideración de la política o de la participación en la vida del Estado como algo ajeno, y será también el sustento de una actitud de huida interior, absolutamente conformista. Esta actitud se pone de relieve en primer lugar en el ámbito social, respecto al cual Pablo aconseja la más absoluta resignación ante las estructuras vigentes en el Imperio, por ejemplo la esclavitud, jamás cuestionada.
Pero esta postura tiene un resultado curioso: en esta perspectiva se explica bien que Pablo formule el principio de obediencia casi absoluta al orden y al poder civil establecido. Se trata de mostrar una aceptación conformista de la situación mundana, reflejada aparentemente en la más dócil y absoluta sumisión al Estado, aunque en el fondo no sea más que indiferencia consecuente a una falta de interés. “Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen por Dios han sido constituidas. De modo que quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden divino, y los rebeldes atraerán sobre sí mismos la condenación” dice el Pablo de Romanos (13,1-2).
Para las autoridades romanas los discípulos de Pablo serían súbditos ideales –todo lo contrario de lo que debieron ser Jesús y sus más inmediatos seguidores- y extraordinarios por lo sumisos, aunque carecían en verdad de todo impulso verdadero interior para participar realmente en la vida del Imperio. La literatura postpaulina que sigue las huellas del Apóstol comparte las mismas ideas que su maestro. Las Epístolas Pastorales predican también la aceptación de los principios paulinos de sumisión y obediencia a las autoridades. Leemos en la Carta a Tito: “Amonéstales que vivan sumisos a los magistrados y a las autoridades, que les obedezcan y estén prestos para toda obra buena” (3,1).
La segunda y tercera generación paulina irá consolidando este talante social y político respecto al Imperio, que poco a poco a lo largo de los siglos III y IV se irá conformando en un cuerpo sólido de doctrina. La antigua tesitura de Jesús y sus discípulos se va acomodando con rapidez a las realidades del Imperio helenístico-romano. Así el autor de la Primera epístola de Pedro, quizás en realidad un discípulo de Pablo, cuando se propone fortalecer a sus lectores ante la dureza de los tiempos de persecución, desalienta a la vez todo intento de resistencia activa. El autor exhorta sin equívocos a la estricta sumisión al emperador y sus gobernantes... “Por amor del Señor estad sujetos a toda institución humana; ya al emperador como soberano; ya los gobernadores como delegados suyos...tal es la voluntad de Dios” (2,13-15).
Así, a lo largo de los diversos estratos del cristianismo del primer siglo tal como se muestra en el Nuevo Testamento observamos una evolución muy rápida respecto a las relaciones con el estado, encarnado en el Imperio Romano. En Pablo y en la literatura postpaulina se afirman los fundamentos de la ideología conservadora del Nuevo Testamento gracias a su sistema de apoyo, directo o indirecto, a los poderes constituidos. En un tiempo no muy lejano y cuando la venida del mesías se aleje definitivamente del horizonte inmediato, el cambio se hará más perceptible: de haber sido en origen el grupo de los seguidores de Jesús radicalmente antagónico a todo lo romano, la religión cristiana pasará en tres siglos a ser la base y el sustento del Imperio.
Saludos cordiales de Antonio Piñero.
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Comentarios, Trackbacks, Pingbacks:
Hubo alguna vez una comunidad judeo-cristiana en Jerusalén durante el siglo I unida a la existencia de un personaje llamado Jesús? no lo creo, pues no hay testimonios de una cosa asi fuera de Hechos.
Flavio Josefo no la refiere ni en Antiguedades ni en la Guerra Judia. El famoso pasaje de Jesús es una clara interpolación, probablemente realizada por Eusebio de Cesarea, asi como la cita de Santiago, hermano del señor el llamado cristo, pues la lectura del texto deja claro que ese Jesús es el hijo de Damneus.
No hay huella ni prueba de comunidad judeocristiana alguna. El cristianismo como lo conocemos surge bien entrado el siglo II. Las cartas de Pablo son probablemente una falsificación-compilación del circulo gnóstico de Marción, ya que antes de este no se tenia relació...
Muy interesante la descripcion los estratos del cristianismo.
Es clarísimo el enfrentamiento apocalíptico contra Domiciano, el nuevo Nerón. Pero los que se enfrentan tanto pueden ser los Crestiano Julios, como los Crestianos Judíos. Es fácil en griego confundir la d con la l. Históricamente son los crestianos julios los que se enfrentan a los flavios en todo el imperio romano. El enfrentamiento de los crestianos judíos con el inmperio romano es muy local e instranscendente y sólo ha podido serlo en la reescritura por asociación a los cristianos julios. Son su contrafacta.
Por otra parte los crestianos julios, están a su vez divididos, los crestianos julios del Divus Iulius, y los crestianos julios del Divi Fili, Octaviano Augusto, cuyo imaginario religioso-político, es plasmado duerante 56 años en su res gestae, sus cartas, su imágenes etc. que claramente constituyen lo que es llamado el cristianismo paulino. Pablo es la contraparte de Octaviano. No ocu...
Consciente o no esa sumisión de la Iglesia a los gobernantes tendría sus frutos. A partir de Constantino, y tanto en la crisis del Bajo Imperio, como en la Alta y Baja Edad Media y en el Absolutimo (autoridad del Príncipe) el papel de la Iglesia fue decisivo. Baste recordar como eran nuestras cortes mediavales y el estamento eclesial. Sólo con la Ilustración y el Racionalismo se empezó a cuestionar cual era el lugar de la Iglesia dentro de las estructuras de poder que impondrá el nuevo Régimen Liberal y el Constitucionalismo del siglo XIX
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Antonio Piñero
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