La civilización cristiana. Una imponente edificación ideológica. La cristología. Las relaciones del cristianismo con el mundo (Haight III).
27.12.07 @ 06:45:32. Archivado en Libros

La cristología, o interpretación/tratado de Jesús como mesías, Cristo, se desarrolla paralelamente a la soteriología.
Puede decirse que comienza en el mismo siglo I, con el Nuevo Testamento, y alcanza su desarrollo en el 457 con el Concilio de Calcedonia. Calcedonia construye sus ideas teológicas sobre la doctrina del Concilio de Nicea del 325 que en síntesis es la siguiente: el Hijo preexistente o Logos, que se encarnó en Jesús, es consustancial con el Padre. Dios es Padre y siempre Padre, de modo que siempre existió el Hijo. El Hijo es de la misma esencia que Dios. Por su parte el Concilio de Calcedonia (457) enseña dos cosas principalmente.
Primera: la unidad del sujeto que es Jesucristo está en el Hijo eterno, divino, el Logos. Este Hijo divino y Jesucristo son “uno y el mismo”, un estribillo que se repite en todo el decreto conciliar. Éste uno y mismo Hijo es “el Unigénito, Verbo divino, el Señor Jesucristo”. Técnicamente: Jesucristo no es una persona humana sino una persona divina; la naturaleza humana de Jesús subsiste en, o es la naturaleza humana de un sujeto o persona divina.
Segunda: el concilio de Calcedonia afirma la dualidad que caracteriza al sujeto único Jesucristo. Es perfecto en cuanto a la divinidad, y perfecto en cuanto a la humanidad; realmente Dios y realmente hombre…; consustancial con el Padre en la divinidad, y el mismo consustancial con nosotros en la humanidad”. La dualidad se resume también por el empleo de la categoría “naturaleza”. Una persona única, Jesucristo, tiene “dos naturalezas sin confundirse, sin cambio, sin división, sin separación, pues la unión no elimina de ningún modo la diferencia de las naturalezas, sino que las propiedades de cada naturaleza se conservan y se unen en una persona. De este modo se afirma también la consustancialidad de Jesucristo con los demás seres humanos.
Con lo que acabamos de decir hemos sintetizado sólo la soteriología y cristología, es decir dos facetas de la imponente catedral teológica cristiana; faltan otros aspectos, como la eclesiología, o doctrina de la Iglesia, la teología de los sacramentos, etc. Es fácil comprender la grandeza de esta construcción ideológica que se ha ido puliendo durante diecinueve siglos.
2. El cristianismo y las relaciones con el mundo.
Desde el principio de su existencia, el cristianismo se sintió, por un lado, en la obligación de expresar su doctrina y sus ideas de una manera que fueran entendidas por el mundo. Es lo que se llama “enculturación”. Por enculturación se entiende encarnar la fe y vida cristianas en la diversidad de la experiencia humana que se codifica en el lenguaje, ideas, valores y pautas de comportamiento que forman una cultura. Metafóricamente se puede decir que la evangelización que tiene en cuenta la enculturación es plantar una semilla de modo que la planta que nazca “obtenga su alimento de la tierra en torno a ella y crezca hasta su madurez”.
Dijimos ya que la primera y grandiosa enculturación fue la expansión del judeocristianismo por el Imperio romano adoptando su terminología y lenguaje: la doctrina cristiana de cuño fundamentalmente semítico se hizo “ecuménica”, “universal”, adoptando el lenguaje del Imperio, puesto que el Imperio era el mundo todo conocido.
El mensaje de salvación que Pablo difunde entre los paganos tiene como núcleo una doctrina de la salvación que es fundamentalmente intelectual, griega: ya no es necesario para los paganos que quieran salvarse la circuncisión carnal de los judíos, sino la espiritual; no es necesario atenerse a los preceptos materiales de la ley mosaica, sino cumplir la ley espiritual de Cristo, o ley del amor, para comenzar el camino de la salvación sólo es necesario un acto intelectual: hacer una acto de fe en la potencia salvadora o redentora del sacrificio en la cruz de Jesús. Más intelectual, más griego, es imposible. Luego vendrá la actuación del cristiano, las obras, de acuerdo con esa fe. Pero la salvación se ha efectuado de hecho ya por ese acto puramente intelectual.
Igualmente supone un fenómeno de enculturación la conformación de estructura de la Iglesia, de su jerarquía y órganos de gobierno, al modo de la estructura del Imperio lo cual se percibe muy claramente ya casi desde los principios.
Los testimonios más importantes son sobre todo la llamada 1ª Epístola de Clemente -que creemos fue escrita hacia el 96, más o menos junto con el Evangelio de Juan y la definitiva redacción del Apocalipsis- y las cartas de Ignacio de Antioquía (hacia el 110).
Como afirma Ramón Teja, “La comunidad de fieles, la iglesia, se organiza, como en el Imperio Romano, siguiendo un criterio estricto de ‘superiores’ e ‘inferiores’ e, incluso dentro de los superiores, éstos están jerárquicamente diferenciados en obispos y diáconos. De modo similar, la situación imperante en Corinto es descrita con criterios políticos (Biblia y Helenismo, Córdoba, El Almendro, 2006, pág. 539).
Igualmente se ha afirmado (A. Momigliano) que el monoteísmo había sido la gran aportación de la Iglesia cristiana al estado para que el Imperio Romano se convirtiera en un sólido estado universal: los paganos fueron incapaces de captar la posibilidad de justificar un estado plurinacional como el romano sobre la base del politeísmo o la pluralidad de religiones que en él convivían. Por el contrario, los cristianos apreciaron pronto las relaciones entre su dios único y un estado regido por una sola cabeza, el Emperador, que es como el delegado de Dios, mucho antes de que este estado se hiciera cristiano en el siglo IV. Este sustrato ideológico explica lo que indicaremos enseguida sobre los miembros de las comunidades paulinas que serán súbditos ideales, pues ven en el poder del Emperador un trasunto del poder de la divinidad.
Pero por otro lado el cristianismo nace alejado de este mundo. No son los cristianos verdaderos ciudadanos de esta tierra, sino “extranjeros” y peregrinos cuya verdadera patria está en el cielo, como afirma el inicio de la Primera Epístola de Pedro. Cuando Jesús habla del Reino de Dios en este mundo, jamás menciona el aspecto de la realización del ser humano en ese mismo mundo.
Todas estas posibilidades, que van ligadas sobre todo a lo económico, están ausentes del pensamiento religioso de Jesús tal como se nos ha transmitido. Lo mismo pasa en los primeros escritos cristianos: en las Epístolas Pastorales y otros escritos tardíos del Nuevo Testamento en los que aparecen listas de deberes de todos los estamentos sociales: señores y esclavos, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos. En ninguna de esas listas de deberes pueden verse recomendaciones que vayan en el sentido de cómo debe realizarse el ser humano cristiano en este mundo. De ellos se deduce que para el primitivo cristianismo lo material en sí no tiene sentido ninguno.
En esta misma línea hay que interpretar las tendencias antisexuales, y en el fondo antimatrimoniales, que empiezan a observarse tenuemente en el capítulo 7 de la 1ª Epístola a los corintios, en la cual no se condena el matrimonio, sin duda, pero en la que éste aparece sólo como un mal menor. Las tendencias antisexo y antimatrimonio alcanzan su culmen en los siglos II y III con el fenómeno llamado “encratismo” (exaltación de los valores de la continencia y de la virginidad y desprecio por el matrimonio), como lo demuestra hasta el exceso la literatura popular cristiana de estos siglos plasmada en los Hechos apócrifos de los apóstoles.
Estas son obras cuyas protagonistas –las verdaderas protagonistas son mujeres casadas no los apóstoles- se distinguen de las demás féminas en su apartamiento radical del lecho de sus esposos y en el seguimiento ferviente de un ideal de absoluta castidad, que creen requisito indispensable para la salvación.
En resumen, pues, junto con la enculturación en el ámbito de la atmósfera intelectual grecorromana se da enseguida en el cristianismo un notable apartamiento del mundo. Esto explica la pronta aparición de los fenómenos de los eremitas (ya había algunos en el judaísmo) y del monacato, que se arraigaron con gran fuerza desde el siglo III y que se extendió por todo el ámbito geográfico donde había cristianos, aunque con mayor fuerza en Siria y Egipto.
Saludos cordiales de Antonio Piñero
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Está por hacer la "enculturación" a la actual cultura.
Encarnar la fe y la vida en nuestras ideas, pautas, lenguaje, valores .... tal como se hizo, de forma magistral, en la cultura grecoromana.
Pero al que lo intenta lo llaman hereje.
De todas formas, insisto. No soy médico y soy consciente de las dificultades de hacer diagnósticos en base a textos antiguos. No me gustaría que se piense que pretendo hacer sensacionalismo.
Transforman a la persona que las vive. Y lo hace en un sentido positivo. Casi la mitad de ellos percibe un florecimiento enriquecedor de sus relaciones personales, una inquietud por la búsqueda de respuestas trascendentales y una entrega absoluta hacia los demás. Además, casi dos de cada tres pierden el miedo a la muerte. Como dato más que significativo, el galeno holandés remarca que el 70 % se separan de su pareja sentimental un tiempo después. "En realidad, transforman tanto que después de vivirlas surgen otras personas que encajan mejor con las nuevas inquietudes, porque quien las vive es una persona diferente desde la experiencia"
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