Crítica profética: una vez más, el Bautista y Jesús

Permalink 13.06.07 @ 20:40:30. Archivado en Jesús histórico,

Hoy escribe Fernando Bermejo

La autocomplacencia es un fenómeno en el que los seres humanos, comprensible pero lamentablemente, tendemos a incurrir. Las religiones pueden dar pábulo a esta tendencia, o bien contrarrestarla; a menudo, sirven para hacer las dos cosas, en sentidos y dosis diferentes. Una de las formas de manifestarse la autocomplacencia religiosa es en la creencia o el sentimiento de que la pertenencia a una determinada comunidad de creencias le hace a uno automáticamente superior al resto de los mortales, sea en lo que respecta a su moralidad y dignidad, sea en lo que respecta al destino que le aguarda tras su muerte o al final de los tiempos. Al igual que otras muchas religiones –entre las que, desde luego, se encuentra el cristianismo–, el judaísmo conoció también el fenómeno de la autocomplacencia y el triunfalismo.

La idea de que Israel era el pueblo elegido de Dios debió de fomentar en algunos círculos la aparición de sentimientos religiosos de seguridad, relativos por ejemplo a la posesión de la tierra prometida, a la continuación de la dinastía davídica, a la victoria de Israel sobre los enemigos de la nación, a la inviolabilidad de Jerusalén y de su Templo o a la certeza de la propia salvación. Hay que aclarar enseguida que hablamos de ciertos círculos en ciertos momentos, no de Israel en general: en efecto, tanto a priori como a posteriori puede deducirse fácilmente que la identificación de la religión de Israel con tales posiciones autocomplacientes sería una simple caricatura. Y dada la frecuencia e intensidad con la que la aplastante mayoría de exegetas cristianos ha caricaturizado y distorsionado la religión judía (y ello, hasta el día de hoy, normalmente por una combinación de ignorancia, necesidades emocionales y autocomplacencia), esto debe quedar claro de inmediato. Pero ello no es óbice para afirmar que esas posiciones debieron de darse, y que de hecho se dieron (léase v. gr. Ez 33, 24).

Sin embargo, junto a las posiciones autocomplacientes existieron otras, más críticas, que se dedicaron a desafiar tales asunciones tranquilizadoras. La tradición profética hizo precisamente esto: percibir la gravedad de las faltas del pueblo, diagnosticar la distancia entre la identidad pretendida y la identidad real, desmentir las seguridades acerca de la propia salvación, proclamar que las promesas de Dios no eran incondicionales sino sometidas a condiciones específicas que debían cumplirse. El grave y a menudo violento y amenazador discurso profético cumple, entre otras, esta función: advertir al pueblo de Israel de que a pesar de la Alianza, Israel no tiene aseguradas las bendiciones divinas y no es inmune a la muerte y a la destrucción (cf. Isaías 10, 22; 28, 21-22). La amenaza de que la viña de Israel puede ser cortada (Isaías 5, 1-7; Jeremías 6, 8-9; Ezequiel 17, 7-10) es elocuente.

Estas voces no parecen haber faltado en Israel. Y, aunque sea algo elemental, es importante advertir que estas voces son obviamente judías. Isaías, Jeremías, Oseas o Ezequiel eran judíos piadosos, y parece haber sido precisamente su piedad judía lo que les llevó a pronunciar sus críticas terribles y atronadoras. Es muy probable que alguien haya acusado alguna vez a estos profetas atronadores de estar movidos por el resentimiento, pero diríase que es precisamente la preocupación por la suerte de Israel lo que parece haberles llevado a vociferar como lo hicieron. De hecho, algunas de las imágenes más hermosas y conmovedoras del amor de Dios por Israel se encuentran en estos mismos profetas.

Pues bien, Juan y Jesús pertenecen a este género de individuos intensamente religiosos dedicados a llevar a cabo la no siempre grata tarea de la crítica profética. Según la fuente Q (Mt 3, 7-9; Lc 3, 7-9), Juan Bautista pronunciaba –es de creer que repetidamente– estas inquietantes palabras:

“¡Engendros de víboras! ¿Quién os mostró el modo de huir de la ira inminente? Haced, pues, fruto digno de penitencia. Y no se os ocurra deciros: ‘Tenemos por padre a Abraham’. Porque os digo que poderoso es Dios para hacer surgir de estas piedras hijos a Abraham”.

El mensaje es claro y no necesita muchas exégesis. Aquellos que creen que por ser “hijos de Abraham” no necesitan temer el juicio están listos: son, según Juan, una pandilla de ilusos. Según tradiciones rabínicas algo más tardías, Abraham (o Isaac) se sentaría en la entrada de la Gehenna para asegurarse de que ningún israelita circuncidado es arrojado en ella; según una variante de esta tradición, algunos israelitas serán sentenciados a pasar un tiempo en la Gehenna, pero Abraham tendría autoridad para sacarlos de ahí y admitirlos en el cielo. Es probable que formas tempranas de esta creencia hayan estado en boga en el siglo I, como lo sugiere la apelación del rico a Abraham en la parábola de Jesús sobre el rico y Lázaro (Lc 16, 24): el rico se halla en la gehenna y pide alivio a Abraham, pero de nada le sirve. El Bautista deja claro que sin arrepentimiento y obras correspondientes, el destino de los hijos de Israel es también la gehenna. La descendencia física de Abraham no es garantía suficiente de salvación.

Es claro que el mensaje de Juan está en franca continuidad con las críticas proféticas de los presupuestos acerca de la elección y el futuro que a uno le espera. Pero, como llevamos meses argumentando, en numerosos aspectos el mensaje de Jesús está en franca continuidad con el de Juan. Pues bien, si el Bautista minó ciertas presuposiciones acerca de la elección de Israel –presuposiciones basadas sobre la descendencia física de Abraham–, parece que también Jesús lo hizo. Un texto que Q pone en boca de Jesús es consistente con la predicación del Bautista:

“Y os digo que muchos vendrán del Oriente y del Occidente y se recostarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos, mientras que los hijos del reino serán echados a las tinieblas exteriores; allí será el llanto y el rechinar de dientes” (Mt 8, 11-12; cf. Lc 13, 28-29).

Aunque partes de ambas versiones tienen el toque inconfundible de los redactores de los respectivos evangelios, hay razones para pensar que el núcleo de esta tradición es auténticamente jesuánico. Obsérvese que, al igual que en las palabras del Bautista, también en las de Jesús Abraham es citado en contraposición a judíos que no se salvarán. El dicho de Jesús no significa en modo alguno –como quisieran ciertas tradiciones interpretativas– que Israel será excluido del Reino (una idea incompatible con el resto del mensaje de Jesús, más nacionalista y menos universalista de lo que muchos querrían). “Hijos del reino” tiene aquí un sentido hiperbólico, e incluso irónico. Resulta paradójico que el lenguaje del judío Jesús haya servido para atizar el antijudaísmo cristiano, pero la frase es comprensible como crítica profética típicamente intrajudía, destinada a resultar provocadora y a constituir un revulsivo para los oyentes, con el objeto de suscitar fe en Dios y en sus profetas, y misericordia y justicia hacia los semejantes.

Hemos visto que tanto Juan como Jesús centraron su predicación en Israel, y en este sentido merecen mucho más el calificativo de “nacionalistas” que el de “universalistas” (Geza Vermes llegó a calificar a Jesús de “narrow-minded chauvinist” o “chovinista estrecho de miras”). Aun así, otro rasgo que mancomuna a estos dos predicadores palestinos es el de haber matizado parcialmente ese nacionalismo de su mensaje mediante su crítica profética y el énfasis en el aspecto moral, que implica que la pertenencia al pueblo elegido no asegura automáticamente la salvación. Contra la peligrosa autocomplacencia es éste un razonable caveat, sin duda alguna.

Saludos cordiales de Fernando Bermejo

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Aquí de lo que se habla por supuesto, es de la diferenciación básica entre el Cristo de la fe y el Jesús de la historia. Jesús de Nazareth no ejerció una gran influencia directa en la historia, y de hecho apenas nos ha llegado nada puramente histórico. El Cristianismo sí ha sido esencial para la historia, sobre todos los que vivimos en el año 2007 "Era Cristriana".
Antonio Piñero lo resume muy bien: Jesús fue el fundamento del Cristianismo, pero Pablo su fundador. Aunque todos los historiadores ponen sus matices: no sólo Pablo, sino que hubo muchos contribuyentes a la creación del Cristo de la fe a partir de Jesús de Nazareth, desde el año de su muerte hasta el comienzo del dominio de la proto-ortodoxia (Roma, c.180).
Enlace permanente Comentario por David RV 16.06.07 @ 14:05
Y quien no se autocomplace en sus teorias. Es que cuando comunicamos algo no estamos convencidos de que es la verdad sino no tendría sentido la comunicación.

La ciencia actual tambien tiene esta autocomplacencia, por eso su actitud despotica y dogmatica con quien no piensa como ella y los enfrentamientos entre las distintas hipotesis.

El problema no es el autocomplacencia sino cuando esta se identifica con la intolerancia, el no escuchar al otro.
Creo que a la cultura actual le esta ocurriendo lo que le ocurrió a las religiones cuando identificarón ambas cosas. No terminamos de aprender.
Enlace permanente Comentario por camarlengo 16.06.07 @ 12:20
No estaría mal que, después de insistir tan razonable y legítimamente en las notables simlitudes entre Juan el Bautista y Jesús, nos explicaran el porqué de esta influencia histórica tan dispar de ambos personajes. Gracias y saludos cordiales.
Enlace permanente Comentario por Pacomio 15.06.07 @ 18:17
como estúpidos a todos los cristianos de las primeras décadas que se habrían dejado embaucar por un vidente sin escrúpulos que les metía de matute una doctrina falsamente basada en su principal referente. c)El punto d) de su respuesta me ha resultado muy decepcionante. Créame: me da la impresión de que recurre Ud. a argumentaciones y distinciones pretendidamente filosóficas (deudoras, creo yo, de una determinada "escolástica")para negar la evidencia: que Jesús ha ejercido una influencia descomunal en la historia.Esa influencia, como es ovbio y ocurre siempre, se ha plasmado a través de mediaciones, es decir, de una recepción de su "impulso vital" que ha ido creando un cuerpo doctrinal, y si Ud. quiere, también mítico, sin el cual, sin embargo, nunca hubiera existido. Esto lo reconocen hasta sus adversarios más militantes, singularmente en las filas del judaísmo no cerril. No estaría mal que, después de insistir tan razonable y legítimamente en las notables simlitudes entre Juan el Baut...
Enlace permanente Comentario por Pacomio 15.06.07 @ 18:15
No suelo contrareplicar, pero esta vez haré una excepcion. a)Una cosa es que no se puedan atribuir al Jesús historico concepciones de gran universalismo, en lo que están de acuerdo todos los autores serios que conozco, también, desde luego, los cristianos -y creo manejar una amplia biblografía- y otra muy distinta afirmar sin rubor, con los datos que tenemos, que era un señor corto de miras. ¡Por favor! b)No he negado, sino todo lo contrario, la influencia de Pablo. Lo que rechazo es una influencia del de Tarso que haría pensar que se inventó una figura (la de Jesús) construyéndola con total arbitrariedad histórica al servicio de su delirio teológico. Naturalmente que estoy convencido de que Pablo era una persona seria y veraz; los que me parecen poco serios y veraces son los que, sin pruebas concluyentes, exageran determinados datos llegando a atribuir a Pablo nada menos que la "fundación" del cristianismo, con lo que, de paso, descalifican como estúpidos a todos los cristianos de las...
Enlace permanente Comentario por Pacomio 15.06.07 @ 18:12
Nunca me entusiasmó G.Vermes, pero al leer ahora esa cita-calificación de Jesús, que desconocía, me quedo perplejo por dos razones: a) si, tal como es universalmente aceptado, sabemos tan poco de la figura histórica de Jesús, ¿cómo es posible poder afirmar sin rubor investigador el perfil mental del personaje estudiado, calificándolo de estrecho de miras? b)Si yo pensara eso de Jesús, me atormentaría el "trivial" dato de que un personaje así de ramplón en sus miras haya podido ejercer una influencia histórica tan descomunal. (El recurso a Pablo como verdadero "fundador" del cristianismo -él se habría sacado de la manga la nueva "religión", engañando a todos- me parece muy exagerado y, sinceramente, un tanto infantil). Saludos cordiales como siempre.

Respuesta de Fernando Bermejo

Estimado amigo: intento responder brevemente a sus perplejidades.
a) Ciertamente sabemos poco de Jesús si lo comparamos con las pretensiones de muchos de que es posible escribir una entera biografía con pelos y detalles, pero como ha mostrado la investigación histórica desde hace siglos, sabemos lo bastante para hacernos una idea suficientemente cabal del personaje. Como diversos investigadores han mostrado -y yo he argumentado pausadamente en un post anterior- no hay razón alguna para adscribir concepciones universalistas a Jesús, y sí varios indicios de que tenía, por así decirlo, una visión harto circunscrita de la realidad.
b) La afirmación de Geza Vermes se encuentra, creo recordar, en su interesante libro The Authentic Gospel of Jesus, cuya lectura -al igual que las obras de este autor- no puedo sino recomendar al lector. Es posible, de todos modos, que una afirmación tan provocadora (y que para oídos cristianos sonará desagradable) haya sido realizada con el objeto de contrarrestar la perpetua y anacrónica atribución a Jesús de universalismo, que las fuentes -repito- no respaldan.
c) Que Pablo de Tarso tuvo un peso excepcional en la génesis de los fenómenos cristianos y jugó un papel decisivo en su configuración es algo que ningún historiador en sus cabales puede negar. Pero descripciones como "se sacó de la manga" y "engañó a todos" son caricaturescas y meramente retóricas, y que yo sepa ningún historiador sensato las ha hecho. Pablo de Tarso quiso remitirse a una figura anterior, y todo indica que era una personalidad lo bastante intensa y apasionadamente religiosa como para dedicarse a engañar conscientemente a nadie.
d) La afirmación -que otros lectores han hecho en otras ocasiones- de que "Jesús ha ejercido una influencia histórica descomunal" carece de rigor lógico. Son las ideas sobre el personaje las que en todo caso han ejercido un gran influencia, pero pensar que esas ideas se corresponden con una especie de "esencia real" del personaje presupone ya una concepción idealista de la realidad que no parece atender a cómo funciona ésta. Mutatis mutandis, Elvis Presley no parece haber sido un individuo ética, intelectual o espiritualmente fuera de lo común, pero resulta que su figura ha cautivado la sensibilidad de muchas personas, que le imitan, le veneran y algunas de las cuales piensan que en realidad no ha muerto. Miles de casos semejantes hay en la historia del mundo, y desde luego en la de las religiones.
A mi modo de ver, no hay razones para la perplejidad.

Saludos cordiales de Fernando Bermejo
Enlace permanente Comentario por Pacomio 14.06.07 @ 11:52

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