La expansión de la figura de Judas. El Evangelio de Juan

Permalink 18.05.07 @ 12:12:01. Archivado en Jesús histórico

Como es bien sabido, el Evangelio de Juan es un mundo aparte de los Sinópticos, y de acuerdo con su manera peculiar de ver las cosas y de entender a Jesús, hace también su propio hincapié respecto a Judas, que es más negativo si cabe que el punto de vista de los Sinópticos.

Juan presenta al “traidor” como el administrador de la comunidad que se queda con parte del dinero de la bolsa (Jn 13, 29 y 12, 6). La imagen de la Última Cena en este Evangelio es la del triunfo de Satanás sobre Judas (13, 27). El Diablo entra dentro de él y cuando sale para consumar su traición “es de noche”. Se trata por tanto de una escena cargada de simbolismo: Jesús es la luz y la verdad; Judas/Diablo son las tinieblas y la mentira. Hay entre ellos una lucha total con alcance cósmico: “¿No os he elegido yo a los doce? Y uno de vosotros es un diablo”: Jn 6, 70.

Jesús, por contraste con Judas, aparece en el IV Evangelio como un ser humano-divino absolutamente dueño de su destino, que acepta con pleno dominio la entrega a sus enemigos. La traición forma parte, al menos permisivamente, de un plan divino que él voluntariamente asume. Se muestra así totalmente superior a Judas/Satanás, aunque éstos hagan aparentemente lo que quieren: “Lo que has de hacer hazlo pronto” (Jn 13,27).

Según la mayoría de los comentaristas, la figura de Judas en el Cuarto Evangelio es ante todo “tipológica”, es decir, Judas es el “tipo” del malvado enemigo de Jesús, poseído por Satanás, similar a los judíos, que no tienen o han perdido su fe en Jesús, y que están condenados a vivir en las tinieblas.

El autor del Evangelio Judas intentará dar la vuelta a esta imagen tan negativa.

Esta tradición evangélica sobre Judas se continúa en la iglesia primitiva. Papías de Hierápolis pinta la muerte del traidor de una manera terrible: se convierte en enfermo de hidropesía, se va hinchando horriblemente, hasta que al final casi revienta. Muere entre terribles dolores dejando tras de sí, como el Diablo, un fétido olor. La imagen corresponde a arquetipos literarios clásicos de la muerte de los malvados.

La tradición sigue este mismo curso en época patrística, y va solidificando de modo casi “natural” la imagen de Judas como el prototipo del traidor. Para la Iglesia consolidada es un aviso de cómo cualquiera en la comunidad puede caer en el pecado y convertirse en “un judas”. Poco a poco, y esto tendrá consecuencias terribles en la historia, la imagen de Judas se va identificando en la Iglesia de época patrística con la imagen de los judíos malvados, negadores de Cristo, que piden a gritos su muerte y aceptan que caiga sobre ellos su sangre (Mt 27, 25). Los judíos se convierten así en un pueblo que completa la “traición” de Judas, un pueblo deicida y maldito. Este imaginario ha fortalecido en extremo el antisemitismo hasta tiempos modernos.

¿Qué sabemos realmente de Judas?

Desde un punto de vista crítico histórico hay que confesar que de todas las “noticias” de los cuatro evangelistas obtenemos relativamente poca sustancia estrictamente histórica. Si ya lo sabemos por múltiples casos, una vez –en el de Judas- caeos en la cuenta de que los Evangelios nos transmiten más las ideas e interpretaciones de sus autores que la verdad histórica desnuda. Si se repasa lo dicho hasta el momento en las entregas anteriores, y se afila el interés crítico, caeremos en la cuenta de que sólo se podrían tomar como rigurosamente históricas las tradiciones en las que las dos corrientes representadas en los evangelistas están de acuerdo…, y éstas son pocas: Judas era un discípulo íntimo de Jesús y acabó entregándolo a sus enemigos. Todo lo demás es dudoso.

No sabemos con seguridad si Judas estuvo o no en la Última Cena. Por dos razones: primera, porque Lucas, en contra de la versión de Mateo (26, 21-25) y de Marcos (14, 18-21), presenta el anuncio de la traición después de la institución de la Eucaristía aunque luego afirme que “la mano del que me entrega está conmigo en la mesa” (22, 21), y –segunda— porque todos los relatos evangélicos sobre la actuación de Judas en la Última Cena parecen claramente redaccionales. Por tanto los estimamos como nacidos de la pluma de los evangelistas y procedentes de una tradición más antigua, poco verosímiles en su desarrollo y en absoluto armonizables entre sí, incluido lo que cuenta el Evangelio de Juan en su capítulo 13. En concreto –y quizá de esto tratemos algún día- la Última Cena y la institución de la eucaristía conforman uno de los pasajes evangélicos más problemáticos que hay.

Sabemos ya que las historias de la muerte de Judas, compuestas de dos tradiciones contradictorias e imposibles de armonizar (Mateo/Hechos), son absolutamente inseguras. Recordemos sintéticamente su contenido: según Mateo: “Arrojando las monedas de plata, se retiró, fue y se ahorcó” (27,5). Según los Hechos de los apóstoles, Judas “se precipitó de cabeza, reventó y todas sus entrañas se desparramaron” (1,18), lo cual suena a accidente (poco probable), o bien a un suicidio arrojándose al vacío.

Todo este conjunto parece más una leyenda forjada para que el lector piadoso quede tranquilo de que un crimen tan horrible no quedó impune ni siquiera en esta vida. Hemos expuesto ya cómo muchos comentaristas están de acuerdo en que las historias del ahorcamiento y la precipitación al vacío parecen imitaciones de relatos de muertes de malvados del Antiguo Testamento (ahorcarse 2 Sam 17, 23, texto que hemos comentado anteriormente; sobre precipitarse al vacío, añádase a lo dicho anteriormente Sabiduría 4, 19: “Los injustos caerán sin honra y (el Señor) los quebrantará cabeza abajo…”, lo que las convierte en sospechosas.

En verdad tampoco sabemos absolutamente nada seguro de los motivos que tuvo Judas para entregar a su Maestro. Por una parte, lo de la avaricia y el hurto por parte de Judas (Mateo y Juan) sabe a poca cosa, a motivo poco consistente para tamaña felonía. Y por otra parte, ni siquiera sabemos si Judas era un celota que estaba decepcionado de Jesús y lo entregó porque no cumplía sus aspiraciones políticas, es decir, porque el Maestro no acababa de decidirse a poner los medios políticos y militares para restaurar el poder y la gloria de Israel. Esta teoría se ha mantenido muchas veces, pero se trata de una explicación moderna de la que los Evangelios no dicen -ni siquiera insinúan pista alguna- una palabra.

Tampoco es seguro históricamente lo de las treinta monedas (Mt 26,25), ni lo de la compra de un campo con ellas para entierro de extranjeros. El número treinta parece simbólico, y por tanto no histórico: Jesús muere por una cantidad similar al precio de un miserable esclavo, o por el valor del rescate de una mujer (Ex 21, 32; Lev 27, 4). Treinta es la décima parte, en número, de lo que había costado (300 denarios) el perfume con el que María de Betania ungió a Jesús y provocó la indignación de Judas (Jn 12, 5: “¿Por qué este ungüento no se vendió en trescientos denarios y se dio a los pobres? Esto decía no por amor a los pobres, sino porque era ladrón y, llevando la bolsa, hurtaba de lo que en ella echaban”). Por tanto podemos sospechar que lo que los Evangelistas pretenden resaltar –sea o no histórico lo de una cierta suma de monedas— es que Judas vendió a Jesús por mucho menos de lo que valía un perfume, o más o menos por el precio de un esclavo.

En síntesis: de Judas, uno de los discípulos predilectos de Jesús, que formaba parte del grupo selecto de los Doce, apenas sabemos más que esto último, a saber, que Judas era uno de los que en la mente y teología de Jesús –la de la restauración de Israel unida a la llegada del reino de Dios- representaba a una de las tribus de Israel; que quizás fuera el administrador de los bienes con los que sustentaba el grupo itinerante de Jesús, y que al final lo entregó a las autoridades. A consecuencia de esta entrega, Jesús fue condenado y ejecutado.

Muriera o no pronto y del modo ambivalente cómo se nos dice que murió, Judas fue apartado del número de los seguidores más íntimos de Jesús, pues éstos continuaron las enseñanzas del Maestro después de que comenzaran a creer firmemente que había resucitado. Es probable lo que afirman los Hechos de los apóstoles: que el número de Doce, altamente simbólico e importante para los que creían en la restauración, se completara con otro personaje, llamado Matías, después de la deserción de Judas. Pero, estrictamente, ni siquiera se sabe cómo murió éste.

Saludos cordiales de Antonio Piñero


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Comentarios:
Si los apocrifos se escribieron para unlugar o tiempo determinado, pues me parece muy bien, pero si ser cristiano es seguir a Jesús y la forma de acceder a el es los cuatro evangelios a mi como cristiano lo que me interesa es Jesús. Topikitis es el pensamiento debil que se fija en cuatro cositas sentimentaloides propio de l a epoca olvidando el centro,sobre eso se construyen hipotesis y mas hipotesis para consumo del personal que diga cosas raras y bonitas. Pues muy bien pero yo prefiero al pan pan y al vino vino.
Enlace permanente Comentario por zenotafio 23.05.07 @ 09:55
Que perra con la figura de Judas, todos los entendidos biblicos señalan que para intentar reconstruir lo que podemos saber de la vida de Jesús tenemos que aceptar los cuatro evangelios. No será que le damos tanta importancia a lo apocrifo por la necesidad que tenemos de lo "rarito, blanduenge" propio de la mentalidad postmoderna. Pensemos con la cabeza y no el corazón "blandito".
Enlace permanente Comentario por zenotafio 22.05.07 @ 18:14
Mi solución armonizadora no es mía sino que ha sido propuesta por muchos e incluso lo he visto en una película.

No me parece que sea demasiado rebuscado pensar que pudo suicidarse al aire libre. Eso sí, creo que lo de que "se partió por medio y se esparcieron todas sus entrañas" es una hipérbole
Enlace permanente Comentario por Xabier 20.05.07 @ 11:59
No sé hasta qué punto son imposibles de armonizar las dos versiones sobre la muerte de Judas. Se ha sugerido que pudo haberse ahorcado (o intentado ahorcar) de un árbol andándose por las ramas y luego caer y esparcirse sus entrañas.

En cuanto al lugar en que se suicidó que, según Mateo y Hechos, pasó de llamarse "Campo del Alfarero" a "Campo de la Sangre, ¿no es un dato que pudo haber sido fácilmente desmentido por los enemigos del cristianismo primitivo? Me da la sensación de que la audiencia parece estar familiarizada con este cambio de nombre por el "hasta el día de hoy"

Enlace permanente Comentario por Xabier 19.05.07 @ 10:13
Creo que espigando sacaríamos más paralelismos o (desde mi punto de vista) alusiones a Judas por expresiones afines en el evangelio.

Espero que mi reflexión sirva para recalcar que una cosa es la "historia" y otra la "interpetación". Cuando la interpetación la convertimos en "verdad" estamos falsificando la historia.
Enlace permanente Comentario por emérito agusto 19.05.07 @ 01:13
Por mi parte, ya he opinado en otro comentario que la figura de Judas, desde le punto de vista histórico, sólo se define como “uno de los Doce” que le “traicionó”. El resto de su “biografía” no cabe duda que son interpretaciones nacidas en las comunidades, y que luego terminan siendo “tradiciones heredadas”. (Hasta el idioma ha asumido este símbolo: “ser un judas”)

Respecto a la “versión” de la comunidad joánica, ¿no habría que entender también el enfoque sobre Judas a la luz de las cartas de Juan?
1.- Habla del Anticristo, de “los anticristos”: “Salieron de entre nosotros, aunque no eran de los nuestros”. El anticristo es “el mentiroso que niega al Padre y “al Hijo”.
2.- Ser hijos de Dios: “Los que nacen de Dios no pueden pecar”. “Quienes pecan pertenecen al diablo”.
3.- El Amor: “El que no ama permanece en la muerte”; el que odia es un “asesino”.

Creo que espigando sacaríamos más paralelismos o (desde mi punto de vista) alusiones a Judas po...
Enlace permanente Comentario por emérito agusto 19.05.07 @ 01:09

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