Buenas noticias, malas noticias: Juan y Jesús

Permalink 09.05.07 @ 09:58:25. Archivado en Jesús histórico

Hoy escribe Fernando Bermejo

Una de las ideas más extendidas en la exégesis neotestamentaria es la de que un luminoso y cordial Jesús predicó únicamente buenas noticias, a diferencia de un Juan el Bautista sombrío y vociferante, dedicado supuestamente a hablar sólo de la ira divina y la condenación. Aunque es inútil intentar oponerse de manera racional a ideas que han sido excogitadas y creídas porque hay mucha gente que necesita creerlas, en realidad es fácil mostrar que ese cliché es únicamente una piadosa ficción carente de fundamento, como muestra no sólo el análisis pausado de los textos sino también el más elemental sentido común.

Comencemos por el Bautista. Ciertamente, la imagen del fuego inextinguible que quemará la paja es elocuente, pero basta con un rápido vistazo al resto de las escasas noticias que se tienen sobre Juan para que rápidamente afloren otros aspectos mucho más positivos. El bautismo presupone ya la llamada al arrepentimiento y a un cambio de vida dictado por las ideas de justicia y el compartir con el más desgraciado. La imagen del trigo que se junta en el granero (Mt 3, 12; Lc 3, 17) es una metáfora de la congregación escatológica de los justos, y por tanto un elemento obvio de esperanza y salvación. Es, por tanto, meridianamente claro que el mensaje del Bautista comprendía también “buenas noticias” (cf. Lc 3, 18: “Y así, con estas y con otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo la buena nueva”). De hecho, si el Bautista atrajo a tanta gente (incluido al galileo Jesús de Nazaret) no fue porque se limitara a amenazar con voz tonante a quien pasara por su lado: bastaría el sentido común para concluir que si el Bautista hubiera predicado sólo –o incluso principalmente– un mensaje funesto, la atracción popular que concitó debería achacarse a un fenómeno de masoquismo colectivo; sin duda, quienes fueron atraídos por él lo fueron por buenas y esperanzadoras noticias.

Si en el caso del Bautista los prejuicios al uso se decantan hacia el aspecto condenatorio de su kerigma, en el caso de Jesús los prejuicios actúan exactamente en el sentido contrario. En efecto, lo que exegetas y teólogos cristianos de toda laya (católicos y protestantes, conservadores y progresistas: en lo esencial del mito todos están de acuerdo) se dedican a hacer es minimizar cuanto pueden el aspecto salvífico del mensaje del Bautista, a la par que insisten machaconamente en que el aspecto condenatorio queda en Jesús anulado o postergado.

Una excepción a la regla la constituye el exegeta alemán Marius Reiser, que en 1990 escribió un libro titulado Die Gerichtspredigt Jesu. Eine Untersuchung zur eschatologischen Verkündigung Jesu und ihrem frühjüdischen Hintergrund (La predicación de Jesús sobre el juicio). Este libro comienza reconociendo que “el juicio (escatológico) es un tema que tanto la investigación teológica como la predicación eclesial ha omitido y reprimido desde hace mucho tiempo” y tras un análisis de 300 páginas acaba concluyendo que “el hecho de que Jesús habló con toda seriedad del juicio no puede, tras la investigación realizada, ser puesto en duda”. (Dicho sea entre paréntesis: existe una traducción inglesa del libro de Reiser, pero no una española; la febril actividad editorial de la maquinaria confesional publica todos los años cientos de libros, muchos de ellos del todo irrelevantes cuando no simplemente infames, pero la traducción del libro mencionado de Marius Reiser –al igual que la de los de Reimarus, Johannes Weiss, S. G. F. Brandon, y tantos otros realmente epocales y clarificadores– no parece interesar lo más mínimo).

Ciertamente, la acción escatológica de Dios es concebida siempre en el judaísmo como algo que tiene una vertiente de condena y otra de salvación. El judío Jesús no es una excepción: también su predicación contiene tanto el doble anuncio de la salvación y del juicio condenatorio. Una consideración mínimamente detenida del material cuya autenticidad difícilmente puede ser negada –y en el que están representados todos los estratos de tradición de los Sinópticos (Q, Mc, material especial mateano y lucano)– ofrece una imagen extremadamente clara y consistente de la predicación del juicio de Jesús, y demuestra que este anuncio tuvo en su kerigma un peso decisivo: Jesús no fue simplemente el predicador genérico del amor y la bondad, que no constituyen en modo alguno la “esencia” de su mensaje. El concepto de Reino de Dios, en tanto que realidad escatológica, contiene la idea del juicio, el cual inevitablemente posee tanto una dimensión gozosa –para quienes se salvan– como una terrible –para los condenados–: al igual que en la era hay paja para quemar y trigo para colectar (una imagen utilizada por el Bautista), en el banquete escatológico (una imagen utilizada por Jesús) hay invitados, pero hay también excluidos. La aniquilación del mal es el reverso inexorable del anuncio de salvación.

Esto es ya de antemano lo esperable si se piensa en la tradición religiosa que alimentó a Jesús. Esta tradición no contiene en absoluto un rechazo explícito de la gehenna, el infierno o de ideas relacionadas. Por ejemplo, el final de Isaías (66, 24) y el último capítulo de Daniel (cf. 12, 2) hablan del castigo escatológico, como también Enoc 1 y otra literatura apocalíptica. Es difícil que Jesús hubiera suprimido de su cosmovisión una idea tan inmersa en la tradición religiosa que le alimentó y que consideró divinamente inspirada. Hay una multitud de textos en la Tanak que yuxtaponen sin el menor problema el amor divino y el castigo inmisericorde (cf. v. gr. Ex 34, 6ss; Dt 32, 39ss; Sab 11, 23 – 12, 1...).

Pero vamos a los textos que hablan de Jesús. Si uno considera v. gr. el evangelio de Mateo, resulta que de las 148 perícopas en que cabe dividir este evangelio, no menos de 60 (¡es decir, un 40 por ciento de la obra!) tratan del juicio escatológico o se refieren a él; el tema está presente por doquier (de hecho, todos los discursos de Jesús acaban con anuncios del juicio). Aun admitiendo que la utilización intensiva de este tema responde a un énfasis propio de Mateo, que lo ha reelaborado y ampliado en función de intereses teológicos, es innegable que su carácter central no se debe a una invención mateana (el anuncio del juicio ocupa en la fuente Q un lugar prominente): el alcance del énfasis mateano sería incomprensible si la doctrina original de Jesús no hubiera contenido este aspecto.

Una de las pruebas más claras de la importancia de la idea del juicio escatológico en la predicación de Jesús es la multitud y viveza de las imágenes utilizadas: juicio forense (v. gr. Mt 12, 41s; Mt 5, 25s; prisión por deudas: Mt 18, 23ss); cosecha (Mt 9, 37ss; 13, 30.41ss); rendición de cuentas (símil extraído del mundo de los negocios: Mt 25, 19-28); tortura (Mt 18, 34-35); “ser arrojado en el Sheol” (Mt 11, 23); exclusión del banquete (Mt 8, 11-12; 25, 1-13); catástrofes inesperadas (diluvio: Mt 24, 37-39; riada: Mt 7, 24-27), caída en una fosa (Mt 15, 14), etc. Además, el anuncio del juicio aparece en diversos géneros: parábolas (Mt 25, 41.46; Lc 16, 43), anuncios proféticos (Q 10, 12-15), advertencias a seguidores (Q 13, 24), polémicas contra adversarios (Q 13, 28; Lc 6, 25), etc. En este sentido, la escatología de Jesús se inserta totalmente en las concepciones judías habituales, y en particular en el anuncio del Bautista. Entre los muchos pasajes probablemente jesuánicos, baste citar Mt 8, 11-12 (con paralelo en Lc 13, 28ss), Mt 11, 20-24 (el lamento por las poblaciones de Galilea, con paralelo en Lc 10, 13-15) ó Mt 13, 47-50 (con variante en el logion 57 del Evangelio de Tomás). Hay también en Mc 9, 3-48 material probablemente jesuánico.

Por qué tanta gente se resiste a aceptar lo que dicen los textos es fácil de entender. Quien cree a priori –porque se lo han enseñado desde niño– en que Jesús de Nazaret es el revelador universal y el summum de la virtud y el amor tiene muchas dificultades para aceptar que él haya podido creer en la gehenna y predicar su inminencia para muchos. Que a mucha gente de buen corazón le disguste el infierno pero les guste Jesús (el Jesús que se imaginan, por supuesto, que tiene muy poco que ver con el Jesús históricamente verosímil) explica que numerosas reconstrucciones modernas ya no dibujen al galileo como un creyente en el castigo escatológico o post mortem. Como ocurre con otros aspectos de la personalidad y el mensaje del galileo, las cosas que no gustan a la sensibilidad moderna o no son política o moralmente correctas se dejan en la penumbra o simplemente se cancelan.

Sin embargo, lo que refuta las pretensiones de estas bienintencionadas personas no son sólo los textos, sino también la experiencia cotidiana. En efecto, no hay contradicción psicológica alguna en que alguien sensible en algunos aspectos al amor y al prójimo y al perdón acepte la idea de una agonía inacabable divinamente impuesta. Sin ir más lejos, la tradición cristiana está llena de gente que ha hablado elocuentemente acerca del amor de Dios, y al cabo de un minuto han amenazado seriamente a sus congéneres con la venganza divina: Pablo compuso el sublime canto a la caridad de 1Cor 13, pero también habló de la ira inminente en 1Tes 1, 10 (cf. 2, 16 o 5, 9); el redactor del Sermón de la montaña compuso su hermoso capítulo 5, pero también habla seis veces del rechinar de dientes; el autor del Evangelio de Lucas narra la historia terrible del epulón y Lázaro; Bernardo de Claraval escribió cosas muy hermosas acerca del amor, pero también se dedicó a animar ardorosamente la Segunda Cruzada. Etc., etc. No hay razón alguna para considerar que Jesús de Nazaret haya sido una excepción.

En suma: al igual que Juan el Bautista, Jesús no sólo anunció buenas noticias, sino también algunas muy malas. El kerigma de estos predicadores contenía al mismo tiempo un evangelio y un “disangelio”. Por tanto, la contraposición de un Jesús anunciador de un mensaje alegre a un Bautista predicador de la condenación es un cliché penosamente caricaturesco. Cualquiera que siga repitiéndolo -y así lo hacen legiones de exegetas y teólogos- peca de arbitrariedad, desprecia la verosimilitud histórica y se limita a soñar despierto.

Saludos cordiales de Fernando Bermejo

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Lo que predica Juan el bautista es el dia de la Ira de Yahveh, o juicio etico a la conducta del pueblo. Esto se podría interpretar hoy como mentalidad critica ante la realidad. Cuando vamos a explicar las cosas bien.
Enlace permanente Comentario por camarlengo 10.05.07 @ 10:23
En efecto, si Jesús es discípulo de Juan, lo es por su común idea apocalítica. Tal vez Jesús profetizaba algo más amplio, puesto que su idea del Reino de Dios parece tener carácter propio.
No es incompatible, en efecto, la idea del amor con la de inmenente llegada del Reino. Pero los ajenos a la raíz judía del mensaje de Jesús (metuentes, prosélitos y en menor medida judíos helenistas) se vieron atraídos por lo "positivo", y cuando fenecieron las llamas de la proximidad del juicio éso es lo que quedó. No quedaron judíos cristianos, ni quedó el juicio inmenente más que trasladado a "la otra vida".
Fue el sincretismo con ideas paganas lo que trasladó el Reino de Dios en la Tierra a otro mundo, cuando ya no era asumible que el fin estaba próximo.
Enlace permanente Comentario por David RV 09.05.07 @ 22:55
al revés, la fe lo es en lo que llamamos la encarnación con todas sus consecuencias, entre las que están las limitaciones ideológicas del que, desde ellas, y no a pesar de ellas ni mucho menos contra ellas, es considerado revelación del misterio insuperable de Dios. Finalmente, estoy persuadido -y algo se del mundo editorial- de que la no traducción de determinadas obras no se debe, como Ud. insinua, a un avieso deseo de ocultar opiniones presuntamente poco gratas, sino, más prosaicamente, a razones de mercado: esos libros se los termina comiendo el editor por falta de lectores. Saludos cordiales.

Respuesta de Fernando Bermejo.

Estimado amigo:
Comienzo agradeciéndole sinceramente sus observaciones. Dado que utiliza Vd. ciertos adjetivos no especialmente halagüeños que no me parecen justificados, paso a responderle.

En primer lugar, no me decepciona Vd. lo más mínimo si mi post no le resulta especialmente novedoso. No es mi pretensión resultar novedoso, sino sólo riguroso y lúcido. De hecho, como he mostrado en publicaciones especializadas, sobre Jesús de Nazaret se ha dicho ya todo lo esencial entre mediados del s. XVIII y mediados del s. XX. No aspiro a lanzar le dernier cri.

En segundo lugar, lo que no se ha llegado a creer mediante razones no puede ser refutado mediante razones, por lo cual yo no abrigo en absoluto la arrogante (e ingenua) pretensión de abrir los ojos a quienes repiten clichés sin fundamento.

En tercer lugar, afirma Vd. de modo taxativo que “ningún creyente con cierta formación” tiene problemas en aceptar la realidad histórica de Jesús. Pues bien: dejando aparte que hay una aplastante cantidad de creyentes sin la menor formación en estas materias –es decir, que no tienen la menor idea de cuál es la figura histórica que está detrás del personaje al que adoran como Hijo de Dios (y a los que no les importa lo más mínimo)-, resulta que existe toda una corriente de pensamiento confesional (tanto católica como protestante) que al menos desde el s. XIX se opone a la investigación sobre el Jesús histórico y/o afirma su completa irrelevancia, cuando no su imposibilidad. En la España actual, podría dar los nombres de varios catedráticos y prestigiosos teólogos a los que Vd. conocerá, que así piensan y se manifiestan. Teniendo en cuenta la cantidad de falacias en que se apoya esta posición (y que he señalado en alguna de mis publicaciones), resulta claro que algo irracional está detrás de ella; para mí es claro que ese factor irracional es el temor a enfrentarse con los resultados de la investigación (los cuales en muchos aspectos contradicen de modo flagrante la imagen de Jesús ad usum Delphini que la imaginación piadosa ha creado).

En cuarto lugar, la intención de los investigadores independientes –y a fortiori la de algunos investigadores confesionales especialmente críticos (también los hay, yo no lo niego, aunque son una exigua minoría)- no es en absoluto provocar un “daño religioso” a nadie, sino sólo realizar una labor histórica e historiográfica honesta, que diga las cosas como parecen haber sido y no como dicta el wishful thinking. Pero es obvio que ese “daño religioso” objetivamente se produce en no pocos casos (por cierto, no se habría producido si no se hubiera creado previamente una imagen fantasiosa y falsa del personaje).

Por último, sí tiene Vd. razón al aducir como un factor importante en la no edición de ciertas obras el de las prosaicas razones de mercado. Es un hecho que son las razones más triviales las que a menudo bastan para explicar los fenómenos. Sin embargo, nadie que sepa algo del mundo editorial puede pretender seriamente que buena parte de los libros publicados por las editoriales confesionales se vendan mejor de lo que se venderían obras maestras como algunas de las que he citado. Las razones ideológicas no son las únicas, ciertamente, a la hora de editar libros, pero es claro que en ciertos casos también influyen poderosamente. No está de más recordarlo de vez en cuando.

Reiterándole mi agradecimiento, reciba un saludo francamente cordial,
Fernando Bermejo
Enlace permanente Comentario por Pacomio 09.05.07 @ 17:49
Después de leer su post, D.Fernando, que, siento decepcionarle, no me ha resultado especialmente novedoso, le pregunto: ¿y qué? Pues claro que Jesús pensó escatológicamente con fuertes acentos en la dimensión de juicio y condenación. No estoy de acuerdo en que todos los exegetas de todas las confesiones y tendencias estén -¡pobrecillos!- prisioneros de una mitología cristiana y necesiten, en consecuencia, que estudiosos como Ud. tengan que abrirles los ojos a su lamentable error; me parece falso lo que dice, amén de muy arrogante y poco respetuoso. Me da la impresión de que es Ud. el que lee con prejuicios a sus colegas. Créame: a ningún creyente con cierta formación -no digamos nada si, además, se trata de un investigador de esta materia- le hace el más mínimo "daño religioso" el aceptar la realidad histórica de Jesús, sea la que fuere; al revés, la fe lo es en lo que llamamos la encarnación con todas sus consecuencias, entre las que están las limitaciones ideológicas del que, desde e...
Enlace permanente Comentario por Pacomio 09.05.07 @ 17:48
Totalmente de acuerdo. El mensaje de Jesús se dirige exclusivamente al pueblo judío, siendo además un mensaje apocalíptico "duro", sin concesiones, alejado de la visión irénica y basada en el amor que la exégesis pía nos ha querido mostrar. La traducción del mismo, vía Pablo, fue necesaria para la extensión del cristianismo en el mundo gentil. Pablo realiza una labor encomiable de inculturación y "marketing" para crear el cristianismo. Es verdad que el mundo moderno es refractario a visiones condenatorio-apocalíticas, de ahí la necesidad de dar un nuevo rostro al cristianismo por parte de la teología contemporánea,viéndose la necesidad de conseguir un cristianismo digerible por estómagos posmodernos.
Enlace permanente Comentario por kneelenk 09.05.07 @ 14:40

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