Las apariciones de Jesús y la fenomenología de la religión (I)
20.04.07 @ 08:44:27. Archivado en Jesús histórico

Acabo de recibir un libro de Francisco García Bazán, uno de los que ha formado equipo conmigo para editar los textos gnósticos de Nag Hammadi (Editorial Trotta), en los que aborda el tema de la resurrección de Jesús y las apariciones –que tratamos en este blog la semana pasada- desde el punto de vista de la fenomenología de la religión.
Me ha parecido que puede ser interesante para nuestros lectores comentar su punto de vista y contrastarlo respetuosamente con el mío y con el de los lectores.
El libro es el siguiente:
.Jesús el Nazareno y los primeros cristianos
Un enfoque desde la historia y la fenomenología de la religión
Editorial Lumen, Buenos Aires-México 2006, 320 pp
Afirma García Bazán, citando a C.J. Bleeker, que la fenomenología de la religión investiga:
a) la teoría de los fenómenos (es decir, lo que aparece a los ojos de un observador), la cual intenta descubrir la esencia y la significación de los hechos
b) el lógos de los fenómenos, es decir, se introduce en la estructura de las formas diversas de la vida religiosa, y
c) la entelequia de los fenómenos, es decir, intenta descubrir la dinámica y el desarrollo visible en la vida religiosa de la comunidad (p. 26)
y finalmente sostiene que fenomenología de la religión e investigación ajustada de los hechos religiosos son inseparables (p. 41).
El capítulo II lleva por título: “La resurrección de Jesús examinada fenomenológicamente” (pp. 49-50), que voy a tratar de resumir copiando exactamente en lo posible sus palabras.
En él sostiene García Bazán (GB) que la investigación histórica de las fuentes llega a la conclusión de que los discípulos de Jesús “lo vieron” y “se les apareció” (p. 50).
Para entender las manifestaciones de Jesús hay que “tener en cuenta dos aspectos, si nos queremos introducir en ella con cierto respeto por lo verosímil: la concepción antropológica especial de los creyentes cristianos, que es la de la época, y su correspondiente y paralela gnoseología (es decir, su sistema de conocimiento).
Antes de proceder al examen de las narraciones transmitidas por los evangelistas, han de hacerse las observaciones siguientes:
1. Los relatos de las pariciones se ofrecen al lector como informes protocolares, es decir, como registro fidedignos de datos empíricos.
2. Los datos empíricos observados no se pueden confundir con vivencias de carácter ilusorio.
3. Tampoco se trata de alucinaciones
4. Tampoco se trata de experiencias extrasensosoriales paranormales.
5. No son tampoco vivencias místicas originadas en visiones o revelaciones.
6. Tampoco son vivencias de origen sensoperceptivo por contacto inmediato de los sentidos
7. Tampoco una vivencia de evocación de muertos como sucede con los mediums.
8,. Ni tampoco de apariciones de un fantasma, tal como lo entiende la gente.
¿De qué se trata? De vivencias compartidas, de representaciones correspondientes a hechos colectivamente controlables y esto hace que el fenómeno no sea una superchería ni tampoco una acto de mera fe. Se trata de estímulos perceptivos no generados por la imaginación y la memoria, sino incitados por la percepción afectiva. Esta percepción conoce, aunque no intelectualmente e impulsa la representación mental y las decisiones (pp. 50-54).
Las apariciones del Resucitado así percibidas son de un cuerpo etéreo, pues pasa a través de las paredes, pero permiten la experiencia de oír y verlo, de introducir la mano en sus “llagas” (Jn 20,11ss: caso de Tomás el incrédulo), pero no de palparlo. Y en concreto, el evangelista Juan dice respecto a esta parición que ocurrió a los “ocho días”. Según GB (p. 55), esta observación sólo se explica por una referencia a un tipo determinado de cosmología del evangelista que intenta transmitir a sus lectores.
Esta cosmología es la siguiente: “El septenario o la semana tiene que ver con los planetas y sus esferas, pero el firmamento corresponde a la ogdóada. El límite fronterizo entre lo psíquico y lo espiritual, y de ahí es de donde procede el Resucitado antes de ascender al Padre, y por eso puede ser visto, puede ser oído y puede ser introducida la mano en su figura no corpórea. ¿Qué gnoseología se advierte en el texto del Evangelio de Juan? Aquí hay un apoyo en la percepción sensible (griego aísthesis), aquí hay percepción simplemente y acicateada subconscientemente por una potente inclinación afectiva silenciosa, pero eficiente” (p. 55).
“Lo extraordinario de la Resurrección de Jesús es que en la experiencia (de ella) no opera inmediatamente el origen sensible de la percepción, sino la percepción misma que es mantenida y conservada por el que ha conocido y con lena viveza la hace presente”… se opera en esta caso no con la aísthesis (“percepción sensible”), sino con la synaísthesis (“percepción junto con otra cosa”) y el motor de ella es el amor…” (p. 55).
¿Qué es la synaísthesis? Lo explica GB en la p. 57: una percepción que genera un “conocimiento en relación con los isntrumentos sensoriales de la percepción sensible, al que acompañan la percepción afectiva y volitiva concomitantes. Pero el residuo cognoscitivo que queda del primer conocimiento empírico es lo los griegos llaman synaísthesis, es decir, lo que acompaña y es concomitante a la aísthesis, y se queda como sustancia cognoscitiva. (p. 57).
Esto quiere decir: la percepción del Resucitado se quedaría fuera, en el ámbito de los sentidos, y no penetraría dentro de los discípulos y no produciría un verdadero conocimiento del Jesús vivo de nuevo, si esa percepción no se direccionara hacia dentro del sujeto. Cuando ha llegado adentro, “sobre ese estado de conciencia o cara interna de a percepción imaginamos, recodamos, razonamos y sentimos. El acto extraordinario de la resurrección en uno de sus aspectos radica en esta propiedad cognoscitiva, sólo que el facto operador es otro más, que está envuelto aquí y generalmente permanece inactivo: el poder de la percepción afectiva” (p. 57).
Por tanto: según García Bazán las apariciones de Jesús no son estrictamente hablando una mera percepción sensible (¡ojo¡ no se trata de una percepción extrasensorial), sino de una percepción sensible + el afecto, en la cual el amor hacia el Resucitado hace que esa percepción sea dirigida hacia dentro. Una vez dentro de la conciencia se transforma en una vivencia cognoscitiva: el discípulo conoce que el Resucitado vive de verdad y se ha mostrado de verdad a él, y lo conoce no por medio de la percepción normal, sino por la percepción afectiva. Si no lo hubiera interiorizado, la aparición habría quedado en algo meramente externo… lo podría haber tenido un increyente, pero no habría llegado a transformarla –al redireccionarla hacia su interior- en sustancia cognoscitiva. No le habría valido de nada.
Y que existe este tipo de conocimiento y que era lo que les ocurría a los discípulos que recibieron las apariciones del Resucitad, se prueba porque en la época existía una concepción especial del hombre, que supone que éste no está sólo compuesto de cuerpo y alma, sino de cuerpo, alma y espíritu. Que existía esa antropología se prueba estudiando los textos gnósticos de la época.
Y aquí GB hace un recorrido por algunos textos gnósticos como el Apócrifo de Santiago y el Evangelio de Felipe, y concluye que las afirmaciones de Pablo sobre la resurrección en Primera Corintios 15 en la que habla del “cuerpo espiritual” sólo se entienden sobre el trasfondo de esta antropología gnóstica compartida por muchos. Ese cuerpo espiritual resucitado es cuerpo-alma-espíritu a la vez pp. 59-70).
Por tanto y en conclusión: los relatos objetivos, simples protocolos, de la resurrección de Jesús, que expresan vivencias comunitarias, objetivas y comprobables no son meras visiones ni delirios, sino son apariciones objetivas del Resucitado a discípulos que le aman. Estos lo perciben no con la simple percepción (aísthesis), sino por una percepción afectiva (synaísthesis)que redirige hacia el interior esa percepción, y una vez dentro del alma, en la “cara interior del alma”, esa percepción genera un verdadero conocimiento. Sin esta vuelta hacia el interior no hay conocimiento. El motor de todo este proceso es el amor (del discípulo por Jesús).
El texto de García Bazán es más difícil que la simplificación y aclaración que aquí he pretendido. Espero haber sido fiel a su pensamiento y que los lectores hayan entendido de qué se trata.
Y ahora llega el momento de la crítica, que para no alargarnos más desarrollaremos mañana.
Saludos de Antonio Piñero
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En la Edad Media se entiende que este proceder pudiera llevar a alguno a la hoguera, pero a estas alturas.
En el fondo estas suspicacis manifiestan cómo y desde qué fundamentos se ha transmitido a menudo la fe en nuestra historia reciente.
Respuesta de Antonio Piñero:
Apareciado amigo:
Una pregunta parecido me he formulado a mí mismo en la "Introducción" a la obra Guía para entender el Nuevo Testamento, y le di una respuesta. Me permito transcribirle lo que escribí entonces:
"Estas afirmaciones -a saber, sólo se puede estudiar el Nuevo Testamento desde la fe- no nos parecen correctas porque si intentáramos fundamentarlas estaríamos razonando en círculo. La base de semejante pretensión sólo podría ser el argumento arriba expuesto: estos libros no pueden ser examinados críticamente por ser sagrados. Ahora bien, ¿por qué son sagrados? Porque son la palabra de Dios. ¿Quién lo afirma? La Iglesia con todo su poder sobrenatural. ¿De dónde obtiene la Iglesia este poder? Naturalmente, de haber sido fundada por Jesús tal como afirman estos libros. Por tanto estos libros apoyan su sacralidad en la voz y autoridad de la Iglesia, y ésta fundamenta su poder en que así lo afirman los libros sagrados y en lo ocurrido con Jesús tal como en ellos se cuenta. El razonamiento es un círculo perfecto: el carácter sacro del Libro se fundamenta en la Iglesia, y ésta obtiene su autoridad del Libro.
Queda, pues, claro que no podemos admitir este tipo de razonamiento. No es sólo la teología o la fe las que tienen una voz competente para presentar ante el lector del siglo XXI la plenitud de sentido de estos textos religiosos, sino sobre todo la investigación literaria, la filología y el conocimiento de la historia de la época. Las afirmaciones teológicas entran también de lleno en el campo de la investigación de la historia antigua, en concreto de la historia de las ideas, y por ello no se escapan de las leyes científicas que rigen una indagación estrictamente histórica. Esta es la razón por la que las obras contenidas en el Nuevo Testamento pueden y deben ser estudiadas sin necesidad de pensarlas obligatoriamente como "inspiradas" y portadoras de una revela¬ción. Son en primer lugar documentos informativos de una época en la que los mensajes religiosos (y de otro tipo) se transmitían no con la asepsia científica de hoy día, sino de acuerdo con los maneras de aquellos momentos.
Así pues, para lograr el objetivo propuesto –primero entender; luego juzgar— aplicaremos a las obras del Nuevo Testamento las mismas técnicas que se utilizan para analizar otros textos legados por la Antigüedad, por ejemplo, las obras de Julio César, de Tito Livio o las de Epicteto y Tucídides. Gracias a ellas intentaremos extraerles toda la información posible que ayude a su comprensión. Las obras del Nuevo Testamento son un producto humano e hijas de su tiempo; sólo se destaca entre las muchas obras que nos ha transmitido la antigüedad grecolatina y judía por la trascendencia cultural y religiosa que le han otorgado los siglos, en verdad infinitamente superior a otros productos de ese mismo legado. Pero este hecho indudable no afecta al modo de comprensión ni a los métodos que debemos emplear para analizarlas y entenderlas.
Esta Guía intenta no asumir de antemano ningún partido en pro o en contra de la posibilidad de la revelación. Una vez bien entendidos los textos, cada lector adoptará ante ellos la postura que considere conveniente…, una postura que muchas veces se reservará para el ámbito de la intimidad. Debemos insistir, sin embargo: primero es necesario entender. Luego vendrá qué posición se adopta ante los textos. Como paso previo e indispensable para una fe o una increencia meditadas es preciso saber con seguridad qué es en realidad lo que afirman escritos tan lejanos en el tiempo como los que componen el Nuevo Testamento".
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Antonio Piñero
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