Estaban eufóricos. La campaña de emponzoñamiento de la opinión pública que les llevó al poder tras la terrible masacre del 11-M, había sido un rotundo éxito. Ahora había que diseñar el exterminio del adversario político. Por eso admitieron de mala gana la comisión de investigación. Las responsabilidades políticas ya las habían depurado los españoles en las urnas, y las penales eran cosa de los tribunales de justicia, repetía sin pudor Rasputín Rubalcaba a los medios polanquistas, y a las radios y a las televisiones públicas de la camarada Caffarel.
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Argumenta Fernando Díaz-Plaja en su magnífico, y sin embargo divertido ensayo, «El español y los siete pecados capitales” que es la envidia el mayor de nuestros defectos. Una multitud abigarrada de filósofos, pintores y poetas; políticos, novelistas y toreros desfila por sus páginas para demostrarnos bien a las claras porqué somos el país más envidioso del mundo. Y el más generoso también. Paradojas del alma española.
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Como los muñecos de Duracell. Parece que la energía del antiguo militante del PSUC para hacer daño al partido que hoy preside en Cataluña es inacabable. Las recientes declaraciones de Josep Piqué a Catalunya Radio admitiendo significativas coincidencias entre sus tesis y el acuerdo alcanzado por el Gobierno y CiU sobre el Estatuto de Cataluña -radicalmente opuestas a las que mantiene su propio partido-, no es sólo una felonía sino una acción impropia de una persona decente.
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La función reguladora de la oposición como elemento de control y fiscalización de los gobiernos de turno caracteriza a los sistemas democráticos. Tanto que sólo en las dictaduras desaparece, aplastada por las decisiones unánimes del pensamiento único. De otra forma: en el claroscuro de los sistemas democráticos, cuanto más desdibujada, tenue y apagada se muestra la luz de la oposición, más se aproxima la acción del Gobierno al negro azabache de la dictadura.
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Una de las obligaciones primordiales de la prensa libre es criticar al Gobierno. Controlar al poder Ejecutivo es muestra de salud democrática y clara evidencia de que el organismo social está vivo y dispuesto a defenderse. En ese sentido tanto los poderosos señores de la pluma, a lomos de sus briosos medios de comunicación, como los humildes plumillas de infantería colaboramos a mantener el cuerpo social “limpio como una patena”, que diría Zetapé, el profeta del talante, trilero de la verdad y risueño mercader de palabras huérfanas de contenido.
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Si algún mérito político ha tenido Rodríguez Zapatero desde su ascenso al trono monclovita ha sido conseguir que la sociedad española asuma que el diálogo, el pacto y el consenso –sectarios y más falsos que el beso de Judas- son verdades absolutas, especie de sacramentos democráticos irrenunciables, con independencia de los principios, la ética y la ley. La carreta por delante de los bueyes.
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