El blog de Antonio Cabrera

Virtudes de la política

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Argumenta Fernando Díaz-Plaja en su magnífico, y sin embargo divertido ensayo, «El español y los siete pecados capitales” que es la envidia el mayor de nuestros defectos. Una multitud abigarrada de filósofos, pintores y poetas; políticos, novelistas y toreros desfila por sus páginas para demostrarnos bien a las claras porqué somos el país más envidioso del mundo. Y el más generoso también. Paradojas del alma española.

Un ejemplo del texto de Díaz-Plaja: «Cuando Echegaray obtuvo el Premio Nobel de Literatura hubo en España manifestaciones y banquetes. ¿Para celebrar su triunfo? ¡No!. Para condenarlo y protestar por el galardón». Y otro terrible ejemplo de nuestro florido refranero, muestra atroz de la envidia española: «al maestro, puñalada».

A veces la envidia se disfraza de diferentes sentimientos para disimular, o para crear uno nuevo. Así el sectarismo, el partidismo -sinónimo de militancia política en contra de los intereses generales- o el forofismo, aparecen en mil aspectos de la vida cotidiana -arte, política o deporte- y se disfrazan de envidia, soberbia y odio para negar cualquier oportunidad a la razón, a los hechos o a la lógica. Son los ismos de siempre. Y su hijo bastardo, el cainismo, tristemente conocido por la sociedad española -ahora renacido con el nombre de «memoria histórica»- cuando pensábamos que estaba definitivamente muerto y enterrado.

Viene esta digresión a cuento de los tristísimos acontecimientos que hoy sacuden a la sociedad española y la rotunda negativa de los primeros actores políticos, y sobre todo, de sus fieles y acérrimos escuderos «de partido», más papistas que el Papa a la hora de aceptar las críticas, por justificadas que sean.

Olvidan, voluntariamente, que los partidos son meros instrumentos para articular la participación política de los ciudadanos, a quienes deberían servir. Que son los afiliados, o los votantes del partido, quienes democráticamente deberían imponer sus objetivos y programas, poner y quitar líderes, y ante quienes hay que rendir cuentas cada día.

Sin embargo, en una sociedad civil tan inmadura como la nuestra lo contrario es, tristemente, la norma. El núcleo dirigente de los partidos es una férrea estructura de poder, y quienes a él se arriman lo buscan desesperadamente, olvidando que un partido político no es una empresa. Ni el consejo de administración de una sociedad anónima. Desaparecido el espíritu de servicio, el altruismo, el compromiso y la ilusión por mejorar la vida y satisfacer los anhelos de la sociedad a la que deberían servir, los partidos políticos se convierten en instrumentos caros, superfluos e inútiles.

Ante la dramática situación por la que atraviesa España, en riesgo cierto de desmembración mientras el Rey prepara suss vacaciones o le pide árnica a su primo Mojamé, hoy más que nunca todos los ciudadanos tenemos el derecho, y la obligación, de exigir lo mejor de nuestros políticos. Y especialmente a quienes hemos otorgado nuestro voto creyendo que representarían nuestras ideas y nuestros intereses.

El respeto y la defensa a ultranza de tales ideas e intereses, que por sí mismos justifican la existencia de los partidos políticos, evitaría que se siga asociando, indiscriminadamente, política con corrupción e inmoralidad. Y que las descalificaciones de la labor de los políticos se generalicen de forma tan grosera como injusta, consiguiendo, como dice Bernard Crick, «contribuir a la recuperación de la confianza en las virtudes de la política como una excelente y civilizadora actividad humana».


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