Anda la gaviota algo desnortada por estos parajes de la geografía hispana. Confieso que es un animal que siempre me ha resultado simpático. Bello, ágil y veloz es el paradigma de lo que debería ser un ave.
Bien es verdad que los que entienden del asunto me dicen que, como la paloma, es un animal feroz, y que puede tornarse agresiva hasta con sus congéneres si se siente amenazada en lo que considera su territorio, porque aunque parezca de costumbres gregarias, es, en realidad, un ave solitaria y egoísta, que solo busca la compañía y el favor de los individuos de su clan.
Y es una verdadera lástima porque, por su inteligencia, sus cualidades para el vuelo y su capacidad de adaptación podría liderar todavía muchos años el reino de las aves. Sin embargo, su egoísmo, su enorme envidia por el vuelo brillante de sus amigos y sus luchas fraticidas por un trozo de pescado, la pueden llevar a la autodestrucción.
Al parecer, el problema de la gaviota se agudiza cuando se aleja de lo que debería ser su hábitat natural -la mar- donde goza de una clara mayoría, e intenta colonizar otros ecosistemas que no son el suyo. Entonces, para sobrevivir, se hace carroñera, olvida los principios de su líder, José María Salvador Gaviota, y no se esfuerza -ni se sacrifica-, para buscar nuevas técnicas de vuelo que la hagan progresar como individuo, en beneficio propio y de todo el reino de las aves.
Si en lugar de esperar, perezosamente, a que su líder le traiga la comida al pico elevara el vuelo y perseverara en alcanzar la perfección aeronáutica, seguro que encontraría nuevas e insospechadas fuentes de recursos, sin tener que disputárselos a la más variada fauna terrestre, entre escombros y restos de basura.
Viernes, 17 de febrero
Antonio Cabrera
Francisco Rubiales
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Antonio Javier Vicente Gil
José Pómez
Carlos Ruiz Miguel
Pedro Fernández Barbadillo
Rufino Soriano Tena
Enrique Zubiaga
Vicente A. C. M.
Raúl González Zorrilla