El blog de Antonio Cabrera

La pócima de Rubalcaba surte efecto
(Cómo apuñalar con guantes de seda)

«A los hombres [los enemigos] hay que conquistarlos o aplastarlos, porque si se vengan de las ofensas leves, de las graves no pueden; así que la ofensa que se haga al hombre debe ser tal que le resulte imposible vengarse». Nicolás Maquiavelo. El Príncipe. 1513.

Con esta cita podría resumirse la estrategia diseñada por Maquiavelo-Rubalcaba y su Estado Mayor dos años antes de los terribles atentados del 11-M, sutil cañamazo donde tejer la campaña electoral que habría de permitir al partido socialista asaltar el poder. Cínica estrategia que llegó a su cenit durante la jornada de reflexión, previa a la cita electoral del 14-M.

La sementera socialista de ciñaza -Prestige, Yakovlev, guerra de Iraq- se vio truncada en los comicios municipales y autonómicos de 2003. Pero un año después, la mala hierba encontró la mejor de las tierras de cultivo en los brutales atentados terroristas del 11-M. La parálisis del Gobierno, inerme ante la magnitud de la tragedia, y el colosal despliegue de agit-prot al frente de una oposición dispuesta a todo, hicieron el resto. Rodríguez Zapatero presidente de Gobierno.

El Gobierno socialista, como dice Maquiavelo, no tenía más remedio que aplastar a su enemigo, José María Aznar López. Para impedir su venganza -que desde su retiro voluntario no podría ser otra que destapar toda la verdad del 11-M y contribuir a la derrota del partido socialista en las próximas elecciones generales- había que lograr su total aniquilamiento. No bastaba, por lo tanto, con denigrar su labor y su figura como ex presidente del Gobierno, arrastrando su nombre en una campaña política y mediática de injurias sin precedentes desde la Transición democrática. Había que conseguir, como segunda derivada, algo mucho más trascendente: que tales criterios calasen en su propio partido -y entre su electorado-, de modo que José María Aznar fuera considerado como un lastre insoportable que hundiría sin remedio la nave popular, si no se le arrojaba cuanto antes por la borda con una piedra atada al cuello para que no emergiera jamás. Conseguir, a toda costa, la crucifixión de Aznar como ecce homo político, chivo expiatorio de todas las culpas del partido popular. Las pasadas, las presentes y futuras. Asegurar su exterminio personal y político.

Me resulta imposible entender la pasmosa coincidencia entre Génova y Ferraz imponiendo la aniquilación de Aznar como condición sine qua non para consolidar el liderazgo de Rajoy y salvar de la debacle al partido popular. Delirante dibujo goyesco de Aznar como Saturno terrible que devora a sus hijos. Pero la realidad supera la ficción y los discípulos aventajan al maestro. Algunos guais populares, próximos a Rajoy, comparan a Aznar -dicen que desde el afecto- con el Hitler de «El hundimiento» a la FAES con su bunker y a sus miembros con los de las SS. Alucinante y grotesco. Aunque, curiosamente, ninguno de éstos corifeos haya cuestionado jamás su acierto al proponer a Mariano Rajoy como líder del partido popular y aspirante a la presidencia del Gobierno. Otros afirman que su vanidad y egolatría -nunca su sentido de la responsabilidad, ni la defensa de los supremos intereses del Estado- determinaron su decisión de enviar a nuestras tropas a Iraq. Incluso aseguran que tomó la decisión pensando en asegurarse un lugar de privilegio en los libros de Historia. Falso, ruin y necio.

En una reciente entrevista declaraba Aznar: «La izquierda sigue la praxis de que cuando el argumento político se termina, comienza el de la aniquilación. Y yo lo sé muy bien, porque lo han intentado conmigo». Estoy casi de acuerdo. Pero ¿solo la izquierda? Eso era antes de que la pócima de Rubalcaba hubiera surtido efecto.


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