Ángel Moreno, de Buenafuente del Sistal

II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO “B”. Tú has sido llamado por Dios

14.01.12 | 10:29. Archivado en Comentarios Dominicales
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II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO “B”

Quienes hemos sido bautizados en el nombre de Jesús, en verdad deberíamos ser conscientes de las palabras del Apóstol: “No os poseéis en propiedad” (1Co 6, 19).

Los bautizados hemos recibido una vocación esencial a la santidad y sobre ella se ha podido explicitar la voluntad divina, para que sigamos más de cerca de Jesús, como nos refieren las lecturas de este domingo. “El Señor llamó a Samuel, y él respondió: -«Aquí estoy.» «Habla, que tu siervo te escucha.» (1 Sm 3, 3-4.19).

El Evangelio describe una escena semejante: “Jesús se le quedó mirando y le dijo: -«Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).» (Jn 1, 41-42). El salmista pone en nuestros labios la respuesta adecuada: “«Aquí estoy -como está escrito en mi libro-, para hacer tu voluntad.» Dios mío, lo quiero” (Sal 39).

Oír la llamada es un privilegio.
Sentir el paso del Señor, una bendición.
Encontrarse con la mirada de Jesús, un atractivo insoslayable.

Saber dónde vive el Señor es gozar de una intimidad inmerecida.
Vivir con Él es el mayor regalo.
Conocer a Jesús identifica la vida.
Ir detrás de Él es la opción de los discípulos.

Escuchar la enseñanza del Maestro es la mayor sabiduría.
Cumplir su voluntad se convierte en camino de santidad.
La perfección y plenitud de vida son posibles,
cuando se sigue a quien se presenta como Señor,
Maestro y compañero de camino.

¿A qué te sientes llamado? ¿Reconoces que tu vida es el resultado de una obediencia vocacional?

La respuesta adecuada, que afecta la existencia entera, nos la ofrecen hoy las Escrituras de manera reiterada: “Aquí estoy, para hacer tu voluntad. Dios mío, lo quiero”.

Quizá te resuena la pregunta que Jesús hizo a los primeros discípulos: “¿Qué buscáis?

-“Señor, no busco nada. Te busca a ti.
Como busca la cierva corrientes de agua,
como la tierra reseca que aguarda la lluvia, tengo sed de ti.
Tú has introducido en mí el deseo de buscarte.
Tú eres la razón de mi rastreo.
Sólo Tú eres la respuesta y el hallazgo que sacia y da gozo al corazón.
- “Maestro, ¿dónde vives?”
- “Venid, y lo veréis”.


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