Ángel Moreno, de Buenafuente del Sistal

XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO “A”

03.09.11 | 06:15. Archivado en Comentarios Dominicales
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XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO “A” (Ezequiel 33, 7-9; Sal 94; Romanos 13, 8-10; Mateo 18, 15-20).-

Al meditar los textos de este domingo, podemos encontrar una llamada especial para hacer de nuestras vidas un testimonio luminoso de fe, por el que nos convirtamos en atalaya visible, atractiva para otros. “A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel”.

El texto se puede interpretar en el sentido de que podemos convertirnos en vigías, guardianes, pero si traemos la expresión paulina “A nadie le debáis nada, más que amor”, el mayor servicio que se nos encomienda, no es sólo vigilar la conducta de los demás, sino ser para ellos ejemplo que emular para el bien, aunque en casos concretos, esto no evite tener que recurrir a la corrección fraterna.

En el Evangelio hay tres llamadas. La primera hace referencia a la corrección: “Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos”.

La segunda llamada, vuelve a reiterar la enseñanza del domingo pasado, en la que cabe siempre la instancia del perdón: “Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.”

La tercera invitación es a orar juntos: “Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

La interpretación más acertada es no extrapolar las enseñanzas, sino llevarlas a cabo en el contexto en que se pronuncian, es decir que la posible exigencia de llamar la atención a un hermano, vaya de la mano de la apertura al perdón y la oración de súplica, para solicitar la gracia del cielo, que en unión con la ayuda fraterna, el testimonio, y la coherencia de vida, le hagan posible al que hierra salir de su error.

El salmista nos propone la actitud más adecuada: “Ojala escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis vuestro corazón».”

El respeto, la ausencia de juicio sobre las personas, el testimonio de la propia vida, la oración por el otro, la pedagogía adecuada en la corrección, el compromiso de ayudar al débil, deberán sumarse, si en circunstancias concretas se siente la necesidad de tener que corregir.

La enseñanza marca un proceso que no se debería eludir, primero de tú a tú, después en presencia de dos hermanos, en privado, por último, si no hay corrección, de manera institucional. Siempre con amor.


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