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Una intervención comprometida

Permalink 26.09.06 @ 12:24:18. Archivado en Unión Eropea

Los pasados días 12 y 13 de septiembre participé en representación del Parlamento Europeo en calidad de invitado especial en el II Congreso de Líderes de Religiones Mundiales y Tradicionales celebrado en Astana, capital de Kazajstán. Otras Cámaras presentes fueron el Senado belga, el Senado francés, el Congreso norteamericano y la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa. La reunión era impresionante con tantos dignatarios de diversas confesiones, cristianos, musulmanes, budistas, sintoístas, judíos, revestidos de sus ornamentos ceremoniales y emanando una profunda espiritualidad.
No fue fácil para mí acertar con un discurso que pusiese de relieve sin complejos los valores europeo sin mostrar prepotencia ni herir ninguna sensibilidad, especialmente la musulmana. Creo que lo conseguí por las favorables reacciones a mis palabras de todos los presentes y por si fuera de interés para los lectores de mi blog adjunto el texto completo:

Excelentísimo Sr. Presidente de la República
Excelentísimo Sr. Presidente del Senado
Sras. y Sres.

Permítanme en primer lugar transmitirles la satisfacción y el agradecimiento del Presidente del Parlamento Europeo, al que tengo el honor de representar en este acto, por la amable invitación formulada a nuestra Institución para participar en este II Congreso de Líderes de Religiones Mundiales y Tradicionales. El Parlamento Europeo, en cuyo hemiciclo se sientan Diputados de veinticinco Estados, y que legisla para cuatrocientos cincuenta millones de ciudadanos, se asocia sin reservas a esta magna reunión de guías espirituales venidos de los cuatro puntos cardinales para intercambiar ideas, propuestas, inquietudes y anhelos en beneficio de la paz, la justicia y la solidaridad entre todos los seres humanos.

Porque Europa, que es sin duda un continente, no lo es en el sentido geográfico, como pueden serlo los otros cuatro. Este apéndice occidental de Asia no está separado por ningún océano de la inmensidad que se extiende desde el Pacífico a los Urales, y esta cordillera ni siquiera es una frontera interestatal. Por tanto, no es la geografía la que define a Europa, no es la realidad física la que la ha configurado a lo largo de la Historia como un continente merecedor de tal nombre, sino un contenido intangible, un espíritu, una determinada concepción del hombre y de la sociedad. Y es de este espíritu del que quiero hablarles muy brevemente, de los principios éticos que inspiran el proyecto de integración europea que, además de su condición de entidad jurídico-política y de mercado unificado, es, sobre todo y por encima de todo, una empresa moral.

El artículo sexto del Tratado de la Unión Europea es inequívoco al respecto y su punto primero reza literalmente: “La Unión se basa en los principios de libertad, democracia, respeto de los derechos humanos y de las libertades fundamentales y el Estado de Derecho, principios que son comunes a los Estados-Miembros”. Estos principios han impregnado, desde los tiempos seminales de la Comunidad Europea hace medio siglo, las sentencias del Tribunal Europeo de Justicia, están presentes en todas las Constituciones nacionales europeas y son asimismo la columna vertebral de la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión, proclamada solemnemente por sus jefes de Estado y de Gobierno en diciembre de 2000, un texto breve y rotundo que despliega una de las baterías de derechos políticos, civiles y sociales más avanzadas del globo.

Si tuviéramos que describir la sociedad europea de hoy el término más adecuado sería el de una sociedad democrática pluralista o, lo que es lo mismo, una sociedad abierta en el sentido teorizado magistralmente por Karl Popper. Una sociedad caracterizada por el respeto a los derechos humanos, la regla de la mayoría, las libertades civiles y políticas, la separación de poderes, la mutua independencia de los ámbitos religioso y civil, la igualdad de género, el sometimiento de las instancias militares a las civiles, mandatos limitados en el tiempo y revocables de los gobernantes, un sistema de protección social muy desarrollado y la existencia de una esfera pública de debate y opinión sin interferencias del gobierno.

Esta sociedad pluralista ha sido el fruto de una larga evolución histórica de dos mil quinientos años, en la que han sido ingredientes principales el legado clásico griego y romano, el Cristianismo y las Luces. Los europeos de principios del siglo XXI viven y conviven en un clima intelectual y normativo cuyos ingredientes básicos son el racionalismo crítico, la tolerancia y la libertad individual, pero el camino hasta este estadio de nuestra civilización no ha sido rectilíneo y, junto a épocas de brillantes avances, ha sufrido retrocesos y caídas desalentadoras. Sin ir más lejos, el siglo XX europeo ha sido calificado no sin razón como “el siglo de los horrores” y durante su transcurso Europa sufrió la devastación de dos guerras pavorosas, la ignominia del nazismo y la opresión del comunismo soviético.

Cabe preguntarse como pueblos capaces de alumbrar los más excelsos productos del arte y la literatura universales y de los descubrimientos científicos y técnicos más decisivos pudieron caer tan recientemente en abismos de violencia y barbarie tan escalofriantes. Quizá la respuesta, que ha sido ya objeto de muchas reflexiones, vuelva a tratarse en este Congreso porque está directamente relacionada con la dimensión religiosa del hombre. La civilización occidental, que nació y se desarrolló en Europa, contiene todos los elementos para proporcionar a los seres humanos un modelo de convivencia apto para suministrarles felicidad, dignidad y prosperidad en grados muy notables. Los griegos nos enseñaron a amar la belleza, a poner al hombre como medida de todas las cosas y nos abrieron el camino del conocimiento racional. Los cuerpos espléndidos de sus esculturas, exhibidos sin rebozo alguno, nos muestran el triunfo del humanismo sobre la oscuridad del instinto grupal. En la Antígona de Sófocles el coro exclama: “El mundo está lleno de maravillas, pero ninguna de ellas es tan maravillosa como el hombre”. El Cristianismo nos aportó la conciencia de la dignidad intrínseca del ser humano como creado por Dios a su semejanza y la revelación capital de que el respeto que debemos a nuestros congéneres deriva de quién son y no de lo qué son. La Ilustración sentó de manera definitiva el racionalismo crítico como método de análisis de la realidad y la idea del hombre como ser autónomo capaz de autogobernarse y sujeto de derechos universales. Con estos materiales Europa ha forjado una visión del mundo y de la Humanidad, una visión que consiste en un delicado equilibrio entre inmanencia y trascendencia, entre ciencia y fe, entre libertad y vinculación con Dios, entre progreso tecnológico y conservación de la naturaleza. Una senda estrecha que exige constante vigilancia para no caer en los peligros que acechan al abandonarla, el nihilismo, el relativismo moral, el totalitarismo o el fanatismo intolerante.

Porque no debemos olvidar que la esencia de la cultura europea abierta, humanista y pluralista, es la libertad. Y para los europeos la libertad es el valor fundamento de todos los demás, una llamada que nos llegó de lo más Alto. “La verdad os hará libres” es la afirmación clave del Nuevo Testamento. En efecto, para los europeos Verdad y Libertad son inseparables, son dos caras de la misma moneda. Somos libres para buscar la Verdad, pero es su búsqueda la que nos hace auténticamente libres. Nadie ni nada está legitimado para imponer su verdad mediante la coacción o la violencia. Dios ilumina la libertad del hombre, no la destruye. En una sociedad de ciudadanos libres, es decir, en una sociedad pluralista, religión y Estado deben ser independientes y, consiguientemente, una sociedad pluralista ha de ser una sociedad secularizada, en la que las esferas religiosa y civil se respeten y colaboren, pero no interfieran la una en la otra. La escisión de lo humano y lo divino desquicia al hombre que en su soledad contingente, en palabras de George Bernanos, es “aspirado por el vacío”. Pero la anulación de la libertad humana que perpetran los fundamentalismos religiosos es una forma de sacrilegio, porque un Dios que aplasta al hombre, que le rebaja de fin a medio, no puede salvarle.

Estoy seguro que este Congreso defenderá la libertad y el pluralismo como valores morales irrenunciables y condenará la intolerancia y el dogmatismo. Voltaire observó que “Si en Inglaterra hubiera una sola religión, caería en el despotismo, si hubiera dos, se degollarían entre sí, al haber treinta viven felices y en paz”. Al fin y al cabo, todas las creencias aquí representadas comparten el pensamiento de Kart Jaspers de que “la existencia que podemos ser no es real sino unida a la trascendencia que nos hace ser”. Y es a partir de lo que nos une que podemos trabajar constructivamente en beneficio general.

Contemplando la destrucción dejada por la Segunda Guerra Mundial Gabriel Marcel emitió un juicio sobrecogedor: “Hay heridas que no restañan nunca”. La Unión Europea es la demostración de que la generosidad y la voluntad humanas, impulsadas por nobles ideales, llegan a apagar los rencores más enconados. El derrumbe de las Torres Gemelas en Nueva York también infligió un daño aparentemente irreparable cavando un foso de terrible profundidad. Creo que en esta ceremonia de apertura, desde el recuerdo emocionado a todas las víctimas del odio que han muerto y sufrido y que mueren y sufren cada día en nuestros respectivos países, es oportuno recordar la esclarecedora intuición de Saint-Exupery cuando escribió:”Amarse no es contemplarse el uno al otro sino mirar juntos en la misma dirección”. Yo les invito, a la vez que les transmito los sinceros deseos de éxito para este II Congreso del Presidente y de todos mis colegas del Parlamento Europeo, a mirar juntos al futuro, a unir nuestros corazones en dirección de la esperanza, de la mutua comprensión, de la paz y de la unidad de todos los hombres de buena y firme voluntad.


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