Aclaraciones adicionales a un texto controvertido
15.11.05 @ 22:06:38. Archivado en Autonomías
Veo que mi comentario titulado "Alta traición" ha suscitado un alud de reacciones de diversa índole, aunque, por desgracia, pocos han entrado en la línea argumental del mismo. Intentaré explicar cual es la situación que estamos hoy viviendo en España y lo que a mi juicio determina su especial dramatismo.
Un Presidente del Gobierno puede equivocarse y propiciar políticas cuyos resultados sean perjudiciales para la sociedad española y el hecho de que cometa fallos forma parte de la normalidad de una gestión.
Hay etapas en las que el paro aumenta, el déficit sube, el índice de criminalidad se descontrola, la balanza de pagos se descompensa y la corrupción se desata.
La consecuencia suele ser que el partido que disponía de la mayoría y bajo cuyo mandato se han producido estas desgracias pierde las elecciones y es sustituido por la alternativa.
El sistema funciona y las épocas de declive y de mejora se suceden dentro del marco institucional y democrático sin que nadie tenga la percepción de que se aproxima un desastre irreversible.
A veces no son los resultados tangibles, cuantitativamente objetivables, los que conducen a una opción política a la derrota en las urnas, sino acontecimientos imprevistos, deficientes estrategias de comunicación o la pérdida de contacto con la realidad de la calle.
Todos estos fenómenos los hemos vivido en España a lo largo del último cuarto de siglo y los diferentes inquilinos de La Moncloa han merecido juicios diversos por parte de la opinión pública, pero el país ha seguido adelante manteniéndose la estabilidad, la cohesión y el respeto básico a la Constitución.
Ahora nos encontramos con una novedad y no precisamente tranquilizadora. Por primera vez desde la transición, el jefe del Ejecutivo central colabora activamente -no se adapta a las circunstancias o se somete resignado a las servidumbres derivadas de una mayoría insuficiente- con los nacionalistas a la liquidación del ordenamiento vigente y a la transformación de España en un Estado confederal.
Su irreflexiva promesa durante la campaña electoral en Cataluña, su empeño en que el nuevo Estatuto llegase a las Cortes cuando estaba prácticamente fenecido en el Parlamento catalán, su frívola relativización del concepto de nación, su afirmación increiblemente voluntarista de que el texto elaborado por los nacionalistas puede ser enmendado en el Congreso hasta limpiarlo de vicios de inconstitucionalidad cuando es anticonstitucional en sus mismos fundamentos, configuran un incomprensible ánimo destructor de un sistema de convivencia fruto de delicados equilibrios que no está concebido para resistir sacudidas del calibre del nuevo Estatuto de Cataluña.
Entiendo perfectamente que los nacionalistas que acceden a este blog se indignen ante mis planteamientos y se entreguen a la descalificación y al insulto porque para ellos los principios y valores sobre los que apoyo mis razonamientos, y que son los que inspiran la Constitución de 1978 y la tradición liberal e ilustrada, no son válidos, es más, son incompatibles con su visión axiológica totalitaria y su idolatría de la identidad cultural y lingüística.
Es digno de observación que jamás responden a argumentos con argumentos, a análisis con análisis o a datos con datos. Su método dialéctico habitual es la injuria, la proclamción dogmática o la falacia lógica. Estoy acostumbrado a estas salvajadas, pero en ocasiones fatiga un poco este diálogo de sordos entre la humildad de la razón y la brutalidad del instinto tribal.
Por ello les ruego educadamente que hagan un esfuerzo de comprensión de las posiciones discrepantes de las suyas.
El Presidente del Gobierno de la Nación está obligado a preservar su unidad y a guardar y hacer guardar la Constitución. Los nacionalistas nos explican todos los días que su objetivo es partir España en trozos y enviar nuestra Ley de leyes al baúl de los recuerdos.
¿Cómo calificar entonces a un Presidente que se alía con los nacionalistas no para capear como se pueda el temporal de la mayoría relativa, sino para ayudarles entusiásticamente a conseguir sus disolventes fines?
Soy consciente de que hay palabras que suenan terribles y a mí también me cuesta pronunciarlas, pero ¿no es acaso terrible que el líder de un gran partido nacional centenario vaya alegremente del brazo de los particularismos secesionistas hacia el precipicio de la división de España en nacioncillas definidas a partir de rasgos identitarios étnicos o lingüísticos?
Estoy dispuesto a rectificar si alguien me demuestra, pero, por favor, razonando, no escupiendo expresiones soeces, que exagero o que mi alarma es infundada. Si escribo lo que escribo en este blog es porque lo considero mi deber y porque así es como percibo las cosas que están sucediendo últimamente en España.
Para mí sería mucho más cómodo callarme o refugiarme en la neutralidad de lo políticamente correcto. A lo mejor alguno de los visitantes del blog me convence de que esto es lo que realmente me conviene y me hace un favor.
Yo estoy permanentemente abierto, por extraño que les parezca a mis habituales y feroces detractores, a revisar mis opiniones si me muestran otras más verosímiles o más fundadas, sobre todo si no se ocultan tras un bosque de invectivas.
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Alejo Vidal-Quadras






