Nación o nada
14.10.05 @ 01:18:24. Archivado en Autonomías
El pobre Zapatero va aviado si cree que sus socios nacionalistas se conformarán con fórmulas paliativas para "limpiar" el artículo primero del nuevo Estatuto catalán. Ni "realidad nacional" ni "comunidad nacional" ni "país" ni "entidad nacional" ni ninguna otra variante edulcorada que se le ocurra al Presidente del Gobierno será aceptada por el tripartito y por Convergéncia i Unió. Nación o nada, es el lema rotundo bajo el que se han juramentado Mas y Carod.
El motivo es evidente y paso a explicárselo con mucho gusto a los visitantes de este blog que, a diferencia del inquilino de La Moncloa, vienen demostrando con sus comentarios una notable capacidad para el razonamiento abstracto.
En la Constitución de 1978 la condición de Nación se atribuye en exclusiva a España de forma rotunda y enfática a la vez que se reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran.
Esta unidad e indisolubilidad de la Nación -no en vano el verbo con el que describe la relación entre los entes territoriales sub-nacionales y la Nación es "integrar" y no "componer"- obedece a un hecho fundamental de naturaleza palpablemente jurídica: la Nación es el sujeto colectivo en el que reside la soberanía, que corresponde de manera indivisa al pueblo español en su conjunto.
Por tanto, el concepto de Nación española que fija inequívocamente el constituyente es el asociado al ejercicio no compartido ni fragmentado de la soberanía. De acuerdo con nuestro ordenamiento, la denominación de nación queda ligada biunívocamente a la posesión de la voluntad primordial de la que derivan los demás poderes del Estado.
En el preámbulo del nuevo Estatuto de Cataluña destacan cuatro elementos de cuya conjunción se extrae el significado del vocablo "nación" en su artículo primero:
1) Cataluña es una nación
2) Cataluña decide libremente su futuro, es decir, se autodetermina
3) Cataluña considera que España es un Estado plurinacional
4) Cataluña se encuentra en un proceso de construcción nacional.
Verde y con asas.
No cabe, como pretende en su levedad mental el Presidente del Gobierno, una interpretación cultural o histórica del término porque el preámbulo, que tiene valor interpretativo, lo expresa con toda claridad.
Autodeterminación, desposesión a España de su contenido nacional y aproximación gradual en la realidad práctica al ideal secesionista. En otras palabras, Cataluña adquiere con este Estatuto una soberanía desgajada de la matriz común española, soberanía que se apoya en unos pretendidos derechos históricos anteriores, y por consiguiente inmunes, al acto constituyente.
A partir de aquí, siguen los restantes doscientos veintiséis artículos con la financiación tipo cupo, el blindaje de las competencias, la bilateralidad, el troceamiento de la Administración de Justicia, la primacía del derecho catalán sobre el del Estado, el sometimiento del Estado a la Generalitat en los ámbitos internacional y comunitario, la obligatoriedad del conocimiento del catalán y demás vicios flagrantes de inconstitucionalidad que, sin embargo, adquieren perfecto sentido después de que el artículo primero, debidamente ilustrado en el preámbulo, haya alumbrado una nación catalana soberana escindida de la española.
Si el PSOE modifica en el Congreso el agresivo precepto de arranque del nuevo Estatuto, el que establece que Cataluña es una nación, derriba, como en la fila de fichas de dominó, la arquitectura completa del artefacto separatista que tan laborisamente han tejido los expertos del Institut d´Estudis Autonòmics. No hay que olvidar que los filólogos inventan las naciones, pero son los juristas los que construyen para ellas un Estado.
Menos mal que Zapatero es profesor de Derecho Constitucional, porque si hubiera sido ingeniero de minas o licenciado en química inorgánica en estos momentos en el centro de la Plaza de Colón de Madrid ondearía una inmensa bandera... cuatribarrada.
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Alejo Vidal-Quadras



