“La felicidad es la ausencia de miedo” así lo reconoce Eduardo Punset en su libro -El viaje al poder de la mente- y lo suscribo al 100%. Nunca encontré una definición que se acercara tanto al concepto siempre subjetivo que tenemos de la felicidad. Las más de las veces tal concepto se asemeja al “Nirvana” de los budistas, en occidente lo utilizamos como elemento de marketing asociado a la obtención de tal o cuál cosa. Sin embargo la felicidad o “Nirvana” se contempla como todo lo contrario. El nirvana se alcanza cuando desparecen las necesidades, los apegos y los condicionamientos aprendidos.
En mis diversas experiencias, os diré queridos lectores, que empecé a sentirme bien conmigo mismo a medida que iba desprendiéndome de las necesidades emocionales y materiales impuestas, creadas o inventadas. Porque no duden que muchas de nuestras acciones y pensamientos que nos perturban, se hicieron fuertes en nuestra mente a través del ámbito familiar, entorno social y educativo.
Los resultados de los acontecimientos vividos, nos proveen de experiencia y dependiendo de esa experiencia aprendida y codificada en mecanismos cerebrales, es como aprendemos a actuar, a establecer estrategias y objetivos.
La mayoría de nuestros complejos, traumas y miedos nos fueron impuestos de niños. El ejemplo de una madre que veía atónita como el hijo de otra se acercaba peligrosamente a un pequeño desnivel en la playa, viendo como le avisaba, pero sin levantarse para ir a impedirle dar un tropezón y en consecuencia un buen golpe, como así sucedió, la increpó con calificativos, todos relacionados con lo mala madre que era, por no levantarse a evitarlo y así proteger a su hijo del golpe que sufrió. Sin embargo pienso que la actuación de la primera, fue mucho más didáctica y madura que la actitud de la segunda. La primera permitió que su hijo tropezara bajo su vigilancia y luego le socorrió, con la única intención de que el pequeñín, experimentara por sí mismo las consecuencias del riesgo y de no hacer caso a sus advertencias. Sin embargo la segunda madre hubiera ido hasta el peque y le hubiera regañado a la vez de hacerle retroceder.
Este ejemplo nos vale para entender que desde pequeñitos nos han educado en el miedo como sistema de protección y así sucesivamente, lo seguimos aplicando y trasladando a las generaciones futuras.
Poseer y miedo a perder, ahí radica gran parte de nuestra infelicidad. A más posees más tienes que perder, a menos tienes, menos peso tienes en tu entorno. Nos educan para ganar, pero nunca para como afrontar la derrota, los errores o sencillamente la pérdida de algo o alguien querido. Cuando perdemos o no ganamos, sentimos miedo. La inseguridad y la incertidumbre nos produce desasosiego, es decir: Miedo.
No vendría mal replantearse nuestras necesidades, incluso nuestras “verdades” quizás encontraríamos las bases de nuestra infelicidad. A veces pienso que para aprender a ser felices, previamente tendríamos que desaprender aquellas “Verdades” que nos esclavizan al miedo. ¿O no?
Viernes, 25 de mayo
Raúl González Zorrilla
Pedro Fernández Barbadillo
Manuel Molares do Val
Rufino Soriano Tena
José Pómez
Vicente A. C. M.
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Juan Ramón Moscad Fumadó
Francisco Rubiales
Antonio Cabrera
Inmaculada Sánchez Ramos