Gracias a los avances de la ciencia, sabemos que el cerebro interpreta. (No opera directamente sobre el mundo real, según Eduard Punset). Y en base a esa interpretación se desarrolla el pensamiento y la conducta.
Que mi verdad no es la verdad. Que cada uno tenemos una versión muy personal, y que ésta, en ocasiones dista mucho de la que tienen los demás. “No hay verdades ni mentiras absolutas” en consecuencia. Mi verdad no tiene por que ser la tuya.
¡Qué lío! ¿Cuál es entonces la Verdad? No puedo contestar evidentemente a esta pregunta sin equivocarme, pero si puedo aportar mi particular reflexión sobre la verdad:
“Posiblemente, la verdad sea un conjunto de pequeñas verdades bien armonizadas y adecuadas a cada momento”.Supongo entonces, que esta reflexión individual, elevada al plano colectivo explica en cierto modo, lo que viene ocurriendo en nuestra sociedad actual. Venimos haciendo cada uno la guerra por nuestra parte, incapaces de ponernos de acuerdo en los temas prioritarios. ¿Quién decide entonces lo que es prioritario o no? Si cada grupo, colectivo, organización, partido, etc. tiene su pequeña verdad, puede aparecer de nuevo la pregunta, pero esta vez, desde el punto de vista general ¿Cuál es la verdad, o quienes tienen la razón? Según mi particular razonamiento, todos estamos en posesión de nuestras pequeñas verdades. ¿Cómo lo hacemos entonces, cómo nos organizamos? Pues otorgándonos entre todos un marco político, administrativo y jurídico, unas reglas de juego. Que todos sin exclusión (oposición, gobierno, el juez Garzón, las muy respetables tradiciones de otras sociedades o pueblos, etc.) Libre y democráticamente aceptamos y recogimos en la Constitución del 78.
La Constitución de Cádiz de 1812 abrió paso a las diferentes verdades que convivían en nuestra España de entonces y que se encontraban reprimidas por el pensamiento único del imperio napoleónico por una parte, y de las monarquías absolutistas por otra. Cimentó e inspiró los modelos y sistemas democráticos posteriores, incluido nuestro actual modelo
Por tanto, si hemos consensuado entre todos un marco donde se desarrollen las reglas del juego, entre otras la que exige la independencia de los tres poderes que conforman el Estado ¿Por qué se está, manifiesta y continuamente transgrediendo dicha independencia?
Es lamentable el espectáculo que se viene desatando. Una lucha cainíta e irresponsable por imponer la “Verdad de unos frente a las pequeñas verdades de otros” con tal de hacerse con unos privilegios que prevalezcan sobre los demás. Justo lo contrario a nuestra “verdad” colectiva: La Constitución.
Nuestra Carta Magna es nuestra “verdad” como pueblo, nuestra regla de juego. La garante del equilibrio entre los pueblos de España, sus instituciones y sus gentes. Mientras no se consensúen otras reglas de juego, hay que acatar las que hay, buenas, regulares o malas, pero son las que nos dimos. Las que nuestros gobernantes prometen o juran defender, cumplir y hacer cumplir cuando acceden al poder. Otra cosa es, si cabe preguntarse ¿Está nuestra Constitución, “nuestra verdad” bien armonizada, adecuada al momento que vivimos? O por el contrario ¿Es nuestra Constitución una verdad, una bondad absoluta y por tanto incuestionable e inamovible?
Es obvio que no, la flexibilidad del texto permite su propia reforma, aunque exige, como no podía ser de otra manera, respeto, amplitud de miras, generosidad, en definitiva, un gran consenso
Viernes, 25 de mayo
Raúl González Zorrilla
Pedro Fernández Barbadillo
Manuel Molares do Val
Rufino Soriano Tena
José Pómez
Vicente A. C. M.
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Juan Ramón Moscad Fumadó
Francisco Rubiales
Antonio Cabrera
Inmaculada Sánchez Ramos