La ventanilla de Alberto Matilla

No gustan quienes nos hablan de ajustes, de obligaciones o de esfuerzos

25.01.10 | 18:30. Archivado en Educación, Emociones Compartidas
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Cuando cabalga el desempleo por nuestros barrios, los despachos de loterías, bingos y otros azares hacen su agosto. Como bien dice el refrán: “A río revuelto, ganancia de pescadores”.

Las crisis económicas suelen afectar a las clases medias bajas, los ricos son eso, simplemente ricos, y los pobres pues están acostumbrados a sus penurias. Quién realmente las sufre es el que vive como rico pero con sueldo de obrero (que somos la mayoría).

Casa (hipotecada), coche (a plazos), tarjeta del Corte Inglés, visas varias, y con pensión alimenticia a causa de su anterior matrimonio. Éste es el que está realmente jodido por la crisis.

Con la dichosa crisis al llegar a casa, ya no hay beso de bienvenida, lo primero que te dice la compañera o compañero, es que te han llamado del banco, que la niña necesita ésta o aquella cosa… donde, antes de la crisis, existía un ambiente de cariño y complicidades, ahora todo son reproches y malas caras.

En cualquier caso, a pesar de los más de 9.000.000 de pobre relativos que mal viven con ingresos inferiores a los 600 euros mensuales, en nuestro país no existe la pobreza extrema, tal como se sufre en otros países del llamado tercer mundo. Haciendo una comparativa nuestras crisis, son crisis por perdida de poder adquisitivo, la frustración que nos genera quedarnos fuera de la dinámica social y el drama que implica el brutal descenso en la escala social.

El hambre es cosa del pasado y de otras gentes que vemos por televisión o sólo en caso de dietas al servicio de la esclavitud estética.

Somos conscientes de que la mayoría de nuestras necesidades son creadas, pero son nuestras y dependemos de ellas, porque marcan nuestro estatus y nos dan seguridad frente a los demás.

El dinero es nuestro poder, aunque no nos guste reconocerlo, sin trabajo no hay ingresos ni créditos, a veces ni amigos, ni familia si me apuran (Doy fe de ello). Por eso gastamos más en loterías y juegos de azar, por eso bebemos más y peor, porque nos negamos a aceptar la adversidad. Hemos sido educados para ganar, nadie nos ha enseñado como afrontar la derrota.

Quizás por eso no nos gustan los que nos hablan de ajustes, ni de obligaciones, ni de esfuerzos, y es que a veces, reconozcámoslo, nos gusta vivir engañados en nuestras propias ficciones y de espaldas a la realidad.

Existen realidades tan crueles, que es mejor mirar para otro lado y seguir disfrutando del placer que nos proporciona nuestra dulce mentira.

* Para botón de muestra, una noticia publicada hoy mismo:

"Un joven apuñala a su padre en una pelea por un videojuego de PlayStation"


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