La ventanilla de Alberto Matilla

Rajoy huele a cadáver político

18.12.08 | 13:30. Archivado en Politica
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El acercamiento incondicional a los banqueros, a los potentados del país que muestra sin tapujos el Presidente, al mismo tiempo que regala los oídos a los sindicatos, asegurándoles que el coste de la crisis no la sufrirá la clase obrera, es un ejercicio de juego macabro y arriesgado que Zapatero, y sólo él, se puede permitir. Las cuentas no salen, aunque reconozco que el presidente ha conseguido que la mayoría de sus votantes sigan creyendo en su discurso.

¿Acaso es que somos imbéciles los españoles? ¿Por qué no se produce el desembarco de votos de tantos descontentos y agraviados al PP? La mayoría de los análisis políticos señalan una pérdida importante en la calidad de vida de los ciudadanos, los datos económicos y sociales son los peores de las últimas décadas. Sin embargo la erosión del presidente es apenas perceptible.

La clave, creo que está en el propio Partido Popular. Rajoy ha conseguido normalizar la imagen del partido. Imagen que se venía deteriorando desde que se perdieran las elecciones de Marzo de 2004. Mariano Rajoy ha dirigido hábilmente una seudo renovación en la cúpula del partido, con la justificación burda e infantil de la renovación. Pese a todo, el resultado ha sido dispar, por una parte el nivel de crispación se ha reducido y por otro se aprecia, un grado importante de pérdida ideológica que lo diferencie del PSOE.

La pérdida ideológica del PP, es lo que permite a Zapatero poder hacer una política ambigua que ilusiona a unos y resigna a la mayoría.

Si a la ambigüedad ideológica del PP, le añadimos lo anodino de la personalidad de Mariano Rajoy, nos resulta un escenario de conformidad y longanimidad, porque el PP no aporta nada nuevo.

El Partido Popular está adormecido, sustraído en sus políticas de control a sus órganos internos, consolidando sus barones los dominios autonómicos y locales, esperando que la “pifia” de ZP sea tan mayúscula, que sin esfuerzo lleguen al poder (Estilo Javier Arenas).

Mariano Rajoy huele a cadáver –político, se entiende- Todos velan por él tomando posiciones y untándose “superglú” en el trasero para que el sucesor/ra no los saquen del sillón.

Desde Galicia, pasando por el País Vasco hasta culminar en Bruselas, van en sagrada procesión, rezando letanías, las plañideras lloronas que acompañarán a Mariano en su suicidio. Las mismas plañideras que con alborozo, perfumadas y ataviadas con sus más ricas sotanas, ofrecen su lupanar al poderoso D. Rodrigo, sucesor y artífice del sueño nunca perdido, de la “Reconquista”.


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