La ventanilla de Alberto Matilla

Alcoholismo y consumo de alcohol (Vuelven a quedarse fuera de los programas electorales)

02.10.07 | 22:01. Archivado en Salud, Alcoholismo
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La propia evolución de la sociedad acompaña de forma progresiva a la perspectiva que del alcoholismo se va teniendo en cada momento. Desde la antigüedad en que el concepto como tal no se contemplaba, recogiéndose como embriaguez, la carga religiosa y social lo viene condenando como conducta reprobatoria, contraria a la moral y a las buenas costumbres.

La embriaguez considerada indecorosa y no así el consumo de bebidas alcohólicas, hace que la responsabilidad se otorgue única y exclusivamente al individuo, nunca a la sustancia en si misma. Con la llegada del profeta Mahoma, las sociedades islámicas rechazan social y religiosamente el consumo de alcohol - incluso hoy en día, la posesión de alcohol en Arabia Saudita se considera un delito muy grave- por el contrario en el catolicismo, el vino toma categoría mística y ritual de primer orden, pues se bebe y presenta como la esencia del mismísimo Cristo.

La ambigüedad en la forma de contemplar el consumo de alcohol nos hace difícil encontrar una solución simple para conceptualizar la sustancia. Aunque desde la perspectiva médica y científica, no existen resquicios de duda para afirmar que el alcohol es una sustancia psicoactiva y por tanto una droga. Sin embargo desde el punto de vista social, es tan variada como lo son las distintas culturas y sociedades donde su consumo es aceptado. Las ofertas del consumo son variopintas, pues es una droga que puede dosificarse a conveniencia, las dosis presentes varían según el modelo de bebida alcohólica, igualmente las formas de su ingesta obedece a múltiples variables, desde su utilización esporádica y muy comedida hasta su consumo masivo con el único fin de alterar todas las capacidades sensoriales, conductuales y motrices del individuo consumidor.

Por tanto podemos diferenciar entre dos concepciones generalizadas, el consumo socialmente aceptado, también llamado responsable en nuestros días y el consumo masivo o excesivo. Esta visión simplista ha reforzado desde tiempos inmemoriales la visión “Inocua e inocente” del alcohol, pasando así la culpa a la persona, por no ser lo suficientemente responsable de su uso.

Las diferentes sociedades a lo largo de la historia han venido añadiendo a esa supuesta irresponsabilidad de los que beben en exceso, la culpa moral. Lo cual hace que la persona bebedora en exceso- teniendo en cuenta que tal exceso implique comportamientos conductuales problemáticos- además de ser considerado socialmente un inadaptado, sea contemplado como ciudadano carente de valores éticos y morales, indigno de ser considerado en cuenta para el desempeño de cualquier actividad pública y sospechoso de los actos más depravados e indignos. Con el discurrir de los tiempos, al consumo desmedido de alcohol, la embriaguez, la fueron contemplando como enfermedad del alma, pues solo bajo ese estado, era cuando el individuo presentaba cambios apreciables en tanto en su propia actitud como en la relación con el entorno.

Nos encontramos por tanto, ante dos posiciones diametralmente opuestas, ante dos concepciones distintas sobre la misma acción, consumir bebidas alcohólicas.

En nuestra sociedad occidental, el llamado estado del bienestar, construido en el consumismo voraz y la productividad, ha modificado profundamente los hábitos de los ciudadanos, introduciendo el valor tiempo como el más preciado. Un tiempo aplicado a producir para tener y tener para consumir. Conceptos como el “Estrés” en España son relativamente nuevos, hace solo 40 años, no existían las bajas por “Estrés laboral”. Términos como “Depresión” o “Ansiedad” eran desconocidos o considerados cosas de locos. El tiempo tenia otro valor, y lo de la cocina rápida, las hamburguesas, la cerveza o el “gin-tonic” eran cosas de esnobs. La comida se preparaba desde la mañana, a fuego lento y los productos no tenían fecha de caducidad. El vino y el aguardiente estaban presentes en todas las casas, siendo de obligado cumplimiento servirlo a las visitas.

El patrón de nuestro consumo y los modelos del mismo han evolucionado, asemejándose al modelo anglosajón, ingestas masivas con el único fin de generar estados de desinhibición absoluta, fundamentalmente en los sectores más jóvenes de nuestra sociedad, lo que conlleva ausencia de consciencia y sobre la responsabilidad de sus actos. (Prácticas sexuales de riesgo, embarazos no deseados, conflictos personales y familiares, agresiones, comportamientos incívicos, bajo rendimiento escolar, etc.)

Al igual que hoy, las bebidas alcohólicas, siguen siendo el “Lubricante social”, “la pócima mágica”, que al probarla el YO individual, en mágica comunión se transfigura en el comunitario NOSOTROS.

El alcohol etílico tiene poderosas capacidades desinhibidoras, relajantes, ansiolíticas, aporta seguridad y rebaja la tensión de forma inmediata. Es cierto esto que digo a pesar de lo que puedan pensar algunos, lo confirmo rotundamente. Lo que ocurre es que esta verdad, no lo es tal, es una burda manipulación de una realidad bien distinta. Una verdad a medias, una verdad incompleta, de esas que se estilan tanto hoy en día.
Se nos presentan solo los efectos “placenteros” de la droga alcohol, ocultándose deliberadamente los daños que el consumo genera en todo el organismo, fundamentalmente en nuestro cerebro, donde radican las estructuras complejísimas que controlan entre otras, nuestras emociones, nuestra conducta y el control de los impulsos.

Podemos encontrarnos con un proceso adictivo difícil de detectar, pues el consumo es bien aceptado, e incluso promovido, y solo cuando los daños superan a las “gratificaciones” es cuando quizás ya nuestro organismo se ha adaptado a la sustancia en cuestión. En el proceso adictivo, con independencia de si viene acompañado de dependencia física o psíquica, conceptos ya en desuso, intervienen un conjunto de factores complejos que hacen del alcoholismo una enfermedad multifactorial y al mismo tiempo de carácter muy individual quedando afectado todo el funcionamiento del sistema familiar, por ende, el cimiento básico de toda sociedad.

En consecuencia hablaremos en la actualidad de una enfermedad compleja donde interaccionan múltiples factores: : "Unos derivados directamente del individuo que se va a hacer dependiente (su funcionamiento psíquico y su dotación genética); otros derivados de la sustancia, en este caso de los efectos psicoactivos que tiene el alcohol (desinhibidor, euforizante, “ansiolítico”, etc.); y por último de factores sociales y ambientales que determinan la accesibilidad de cada persona al uso de la sustancia (y que tienen que ver con la producción, la distribución, la promoción y la venta del alcohol". (Dtr. Sebastián Girón)

Consumo y enfermedad, a pesar de ser dos conceptos absolutamente diferentes, se hallan intrínsicamente unidos. El primero como causa potencial y el otro como consecuencia del hecho en cuestión. Abordar el primero despreciando el segundo, es no querer contemplar la realidad desde una perspectiva certera, al igual que si no tuviéramos en cuenta el consumo como fuente ineludible de la realidad alcohólica.

El doctor Alonso Fernández en su libro “Los secretos del Alcoholismo”, nos comenta que: El bebedor común actúa con libertad interior para consumir o no alcohol. El adicto, en cambio, se entrega a la bebida conducido por un ansia que no puede controlar. Alonso Fernández contempla las 7 claves que inciden en el proceso de conversión de un bebedor en alcoholoadicto, según su propia conceptualización. A saber:
- cantidad y consumo
- de identidad
- hereditarios
- familiares- de resistencia biológica
- de personalidad
- y las psicopatologías
Lo que nos invita a descartar la concepción arcaica y desfasada del alcoholismo como un vicio o una conducta amoral, reafirmándonos en la idea de que estamos ante un verdadero cuadro clínico, una enfermedad que no se puede seguir negando ni ocultando por más intereses de otra índole que quieran anteponerse a la realidad que se nos presenta.

El catedrático en neurociencias, Juan Gibert Rahola, recuerdo que termina una de sus magnas intervenciones sobre el tema en cuestión, afirmando lo siguiente:

“El alcoholismo es una enfermedad que tiene muchos componentes y para luchar contra ella debemos entender lo que es. Pero quien primero debe entenderlo es el propio paciente, su familia y esta sociedad tan hipócrita que tan poco apoyo nos presta.”

Los que trabajamos en éste área, intervenimos haciéndolo desde una perspectiva trifocal, es decir Biopsicosocial, con una metodología transversal y sistémica familiar, pues la familia queda afectada en su totalidad. Nuestra actitud es de búsqueda, y actualización constante, de investigación en encontrar más y mejores formulas de intervención, lo que hace que el resultado sea una atención individualizada, pues la interacción de los factores es distinta en cada caso. En último término y no menos importante, es que no perdemos nunca la mirada de quien acude a nosotros, pues ante todo nos dice que estamos ante un ser humano que sufre, a veces intentando disimular su desesperación, bien sea bebedor activo (Consumidor) o bebedor pasivo (Familiar), lo que nos distingue en la comprensión psicológica del mismo, empatizando con su angustia o circunstancias especificas.

Debemos tomar como principal rango de importancia a la PREVENCIÓN, incidiendo en una sensata regulación de la publicidad. La publicidad se ha convertido actualmente en la gran educadora en lo hábitos sociales. Las políticas prohibitivas, deben de aplicarse si fuere necesario, después de las educacionales e informativas. Campañas que seduzcan más que obliguen, campañas veraces de todos los efectos del consumo de bebidas alcohólicas.

¡La información es poder! y no escasea de razón dicha afirmación. Toma más sentido que nunca aplicándola a la prevención y al tratamiento en los procesos adictivos.
La ignorancia de los efectos negativos del alcohol es grave, pero la desinformación que se filtra al ciudadano es mucho más grave y destructiva aun, máxime cuando viene dada desde intereses ocultos que responden a criterios dispares y en ningún caso desde la preocupación por la salud de los ciudadanos.


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