¿El egoísmo como motor de la economía?, límites de un paradigma
10.10.07 @ 02:56:41. Archivado en Política, Filosofía
El egoísta busca su propio beneficio, si es acosta de los demás o no supongo que será cuestión de apreciaciones, pero sin limitarnos en un concepto entremos en estas. Existen dos tipos de relaciones, las de asociación y las de competencia; las primeras integran a las personas en distintos tipos de pactos o estructuras complementarias, y las segundas dibujan un cuadro de competición ante terceros para lograr el favor del consumo, la audiencia o beneficio en general, tangible o intangible.
En las segundas está clara la competencia comparativa en la cual confluyen múltiples factores, algunos gestionables y otros no, que en el seno de una política económica en un sistema democrático siempre desembocan en una serie de normas e instituciones que garanticen la bonanza para la mayoría, más allá de dogmatismos moralistas. En las primeras sin embargo se suelen confundir las cosas todavía más, hasta el punto de que se confunde el egoismo como interés propio con la ilegítima extracción de beneficios por encima de la legitimidad ajena.
Dentro de un cierto organigrama, o pacto que concierne a varias partes, alguien solo puede vivir gracias a los demás si los demás le dejan. El egoísmo asimetrista así solo sería posible si el egoísmo no se extendiense como paradigma universal si no solo, intrinsecamente, como un privilegio; en igualdad de condiciones, solo alguien con ventaja podría vivir a costa de un reparto de beneficios desigual.
Así, si todos fueran igualmente egoístas dentro de una misma estructura, habría un reequilibrio automático de fuerzas consciente, ¿pero es válida la estructura del sistema capitalista para esto?, si entendemos el capitalismo clásico como lo que es, como una serie de normas básicas y la interacción libre de agentes privados sin una coordinación colectiva de ningún tipo, es evidente que ese reequilibrio automático no podría ser consciente, sino solo en base a esas normas, ¿pero esas normas están hechas para reequilibrar?, mejor dicho, ¿están hechas "para algo"?, la respuesta es no: la regulación capitalista del mercado no es sometible a una lógica utilitarista, el mercado "no es para algo", sino que el mercado "es", y punto.
En la práctica, sin ser "para algo", lo cierto es que al final permite que cada cual use su capital para extraer más beneficio y se acumule en la sociedad civil, sin embargo la división del trabajo y la especialización ineludible en la evolución de las economías modernas, ya sea mediante asalariados o mediante la subcontratación, genera estructuras conscientes sobre las cuales sí existe un reequilibrio de egoísmos, similar al que ya existe entre patronales y sindicatos, y en el seno del llamado diálogo social, pero con formas más variadas y en constante evolución.
La propia figura de los contratos comerciales tienen validez legal, para el Estado, y este puede impartir justicia si los ciudadanos consideran que su palabra, en un acuerdo, ha sido violada; a los ciudadanos por lo tanto no les vale cualquier organización económica, solo les vale una, la cual funcione sobre la sinceridad mínima necesaria para articular acuerdos económicos entre distintas partes, que de credibilidad a los acuerdos y viables las relaciones económicas.
Existen muchos límites al paradigma del egoísmo como motor de la economía, algunos éticos como condición previa a la credibilidad del mercado, y otros que tienen que ver con los equilibrios conscientes entre partes complementarias dentro de la organización laboral.
El papel del Estado aparece siempre en cualquier caso en este plano, como legitimador de estas formas y normas reguladoras elementales, y como garante de figuras fundamentales sin las cuales no podría haber un cierto sistema económico, sino uno cualquiera.
La propia existencia de la seguridad pública, como garante ejecutivo del principio de la propiedad privada, es una garantía de que el derecho a la propiedad privada es universal, y por tanto elemento definitorio de un sistema económico general. Si la seguridad fuera sustancialmente privatizada, solo los más acaudalados podrían hacer efectivo su derecho a la propiedad privada, lo cual destruiría el sistema económico, al expulsar a la mayoría de la población a auto-organizarse seguramente en un sistema económico paralelo, gregario y en donde se fomentarían formas alternativas de mercado, como el trueque.
A su vez, siendo consciente de que el capitalismo no existiría sin el Estado, da cuenta de como este sistema económico ha evolucionado desde hace 200 años hacia una cosa totalmente distinta, más participativa democraticamente hablando, evolución ineludible dentro de la modernización de las sociedades, y de como el Estado puede y debe seguir manteniéndose vía impuestos, no solo como eficaz manera de financiar al Estado (más que con la existencia de empresas nacionales, como en la Venezuela de Hugo Chávez o en cualquier califato petrolífero, como Arabia Saudí), sino como mecanismo indispensable de control popular del poder político en un sistema democrático; nosotros pagamos, nosotros decidimos.
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