En intimidad tertuliana de alta sociedad local don Julián se ufanaba en recalcar aquello de "dónde hay hombre y mujer..., ya se sabe..." Quizá fuese por aquello de la distinción de género que a Luisita y a su hermana las llamaba la divinidad para cada año aumentar la hermandad a través del pecado... O quizá fuese por aquello de póntelo o pónselo que por tabú o ignorancia, a la pedanía, a la farmacéutica o a la mismísima nación no había llegado con la suficiente claridad de usos y costumbres. O quizá fuese que la nación había estado tan imbuida en asuntos de peligro espiritual, inmoralidad o indecencia a la satisfacción y al gozo que la cigüeña, con pañal y niño colgado del pico andaba presente en casi todos los hogares de Aldea Chica. Sin embargo, la realidad era que Luisita y su hermana parían como la burra y la yegua: en cada primavera o verano cría nueva; y a veces de dos en dos. Los chiquillos quedaban a cargo de su madre Virtudes, allá por un caserío de la campiña. Virtudes era cincuentona, aunque aún andaba de firmes pechos, cara tersa y buen trasero. Virtudes enviudó joven, y aún no había marchitado cuando a escondidas hacía sus propios pinitos... Tochano casó con ella en la década de los cincuenta: cuando ella contaba los dieciséis. Aunque Tochano duró más bien poco: en aquella época la miseria no auguraba grandes esperanzas de vida y él se adueñaba de cuántos sabores encontraba en basureros, arroyos, caminos o rastrojos. Tochano murió atragantado por un sapo de piel verdosa, al que por necesidad estomacal no se entretuvo en despellejar. Sin embargo, desde su muerte habían transcurrido casi treinta años y los aldeanos rumoreaban que desde entonces, Virtudes, su viuda, no se había comido ni mala ni buena rosca. Incluso se atrevían a pronosticar que se le había secado la flor de la vida, por falta de riego, fértil labrado y buen abono... En cambio, Pepa, la hija pequeña de Virtudes, hermana de Luisita, sentía tal agobio con el barullo de tanta prole que marchó al extranjero con Antolín, el comerciante de golosinas y de largas calzas que, aunque fueran de estraperlo no dejaban de ser dulces y evitaban los fríos de invierno. También a Luisita le salió un trabajo, y aunque poco decente no lo pensó dos veces: Luisita marchó al club la Santa Petra, ubicado en las afueras de Aldea Chica. Y aunque en Aldea Chica las vacas andaban flacas, por aquello de la escasez ciudadana, Luisita debía enviar algunas remesas a la campiña, para el sustento de toda la prole. De lo contrario, su madre, Virtudes, la viuda de Tochano, amenazaba con mandar a toda la prole al convento, con las monjas, aun discrepando de los consejos o amenazas de la abuela paterna: madre de Segismundo, a quien Virtudes, en igualdad de condiciones otorgaba derechos y deberes sobre los hijos que Luisita y su hermana trajeran al mundo. Aunque pasaron algunos años de aquello y el noviazgo con Segismundo no pasó del revolcón, entre pimientos, berenjenas y el camastro de la perra Mastina que, aunque a ellos dejare alguna que otra pulga, por la ubicación del zarzal bien valía de escondite para un preciado tesoro de romance o clamor a celo. Segismundo, en cambio, se saciaba de aquellos manjares y olvidaba cualquier contratiempo de compromiso o responsabilidad de caballero. Así andaría, de prado en prado, hasta que un buen día marchara a Suiza con una monja que probare los beneplácitos de la carne. La monja entregó los hábitos en el Convento de las Carmelitas; y hacía más de ocho años que no les vieran el plumero por las cercanías. Aunque en Aldea Chica se rumoreaba que andaban por los Alpes Suizos, de servidumbre, con miembros de una expedición de alta montaña alpiña. Además, la edad de los niños no concordaba con la fecha del presunto noviazgo, ni con la del supuesto o supuestos emparejamientos que Virtudes achacaba a Segismundo. El mayor de los hijos de Luisita acababa de cumplir los cinco; y el mayor de su hermana Pepa contaba los cuatro. Con todo, la madre de Luisita, Virtudes, la viuda de Tochano, en conversaciones públicas y privadas culpaba a Segismundo de la paternidad de todos y cada uno de sus nietos. Los aldeanos, en cambio, se congratulaban de lo acontecido y entre susurros criticaban que a Virtudes, la viuda de Tochano, con siete nietos a su cargo le faltaría tiempo para rular por sí sola y presuponían que se le había secado la flor de la vida, por falta de buen abono y mejor riego… En cambio, los aldeanos no daban una a derechas. Los aldeanos andaban equivocados en pronósticos y alusiones a flores o plantas. Y no por desconocimiento al dicho popular: "El muerto al hoyo y el vivo al bollo". A Virtudes, la viuda de Tochano, al igual que a sus hijas, Segismundo tampoco hacía menosprecios: de vez en cuando, antes de marchar con la monja, también a ella regaba la flor de la vida, entre la acequia del huerto y el camastro de la perra Mastina, oculto bajo una zarza de Arroyo Liviano. Y aunque no por grato, aquello quedaba para la hornada del misterio y el más estricto de los secretos. Sin embargo, por despecho al abandono en que a ella dejare por la monja y también por la monta de sus hijas, Virtudes, la viuda de Tochano, siempre andaba culpando al solterón de Segismundo de la paternidad de todos los hijos de sus dos hijas. Incluso a su mente llegaban los recuerdos de aquel día en que ella misma salió apresurada, olvidando el broche del sujetador que en fervor de excitación Segismundo le arrancare de cuajo. Sin embargo, ajena a suplantes de amoríos, y a lo que allá pudiera encontrar, al tercer día volvió a buscarlo, escuchó alboroto en las cercanías de la alberca y se acercó sigilosa, como Leopardo a la caza de Gacela. En aquél avatar usaba las ramas de un Granado de parapeto, pero qué fastidio de día y de momento…
Viernes, 17 de febrero
Chris Gonzalez -Mora
Mª Rosario Aldaz Donamaría
José Pómez
Ángel Sáez García
Juan Luis Recio
Juan Fernandez Krohn
Antonio García Fuentes
Padre Fortea
Ángel Gutiérrez Sanz
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José Donís Català
Paulino Toribio