El blog de Agustín Conchilla

Necesitados al acecho del estómago

02.01.07 | 21:52. Archivado en Fragmentos narrativos
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María era mujer de ideas fijas, muy fijas; y tan fijas que aunque se hallara en el prado o a las puertas de un cortijo semi-derruido: entre jaras, jaguarzos, lentiscos, romeros, carrascas o chaparros, pronto, muy pronto reanudaría los recuerdos de antaño. Aunque no menos fijas serían las ideas de Fernando que, además presentaba aspecto de persona cultivada en desdichas. No obstante, cuando María era incapaz de dejar en paz a su propio cerebro, ganaba la vez a Fernando: Señor mío y de los cielos —dijo María a la paz de un geranio que adornaba parte de la fachada del cortijo y, prosiguió—, yo de estas cosas no entiendo y perdóname, Señor, si te ofendo. Aunque si me lo permites, he de añadir que cada cual cuenta la vida según la vive; y aunque tú bien sabes que yo de leyes no entiendo, también sabes que eres el Dios de mis amores, el único; y también sabes que ordeño a las cabras como la más espabilada. Y aunque en público no sepa expresarme, leer o escribir, sí sé y tú sabes que sé contar y escuchar cuando algunos entendidos dicen que aunque la fortuna y la miseria se compongan del mismo número de letras, el diccionario las interpreta a la inversa y quedan tan distantes de sí, como la tierra del cielo. Aunque, Señor mío y de los cielos, a quien menos entiendo es a don Manuel, el cura. O a la imposición que a diario usa y usó conmigo para hacerme entrar al confesionario; o bajo amenaza de castigo celestial sacarme hasta el último secreto que por impuro o pecaminoso mi corazón y mis entrañas llevaban tan bien guardado. Aunque, Señor, también creo saber que tú lo ves, lo sientes y lo escuchas todo. Incluso que altruistamente mediaste entre don Manuel y ésta sierva para aminorar la pena de mi corazón. Quizá por ello, pienso yo, don Manuel me brindó con unas frasecitas cristianas, inhabitúales en su conducta para quienes él alude ignorancia religiosa, acercamiento a clases revolucionarias o querencia de rojos. Pero al menos ese día tan señalado para mí, lo hizo, y así lo escuché y lo agradecí cuando en casamiento dio la bendición a mi hija y con el ceño fruncido y de soslayo giró hacia mí:
—María, vamos al confesionario.
—Lo que usted mande, padre.
—María, reza y pide —dijo el cura tras la malla de aquella caseta que María identificaba con la garita de un centinela de Falange Española, y prosiguió—. María, recuerda que Dios defiende a los pobres y a los débiles, ¿sabes? Por ellos su hijo terrenal y hermano nuestro sufrió tanto y tan duro. Incluso por salvarnos de la pobreza espiritual soportó lo suyo y lo nuestro y aquello le llevó a la cruz. ¿O no recuerdas, o no conoces el Evangelio y a Nuestro Señor Jesucristo, María?
—Bueno, padre, el Evangelio lo escucho aquí, en la iglesia, cada vez que vengo, ¿sabe usted? Pero, padre, aunque a través de lo escuchado conocí y supe que Nuestro Señor Jesucristo murió por sus hermanos..., yo creo que por todos no…
—Sí, hija, sí —se alteró don Manuel—, por sus hermanos, por ti y por todos los terrenales. La fe, María, la fe es lo último que se ha de perder en nuestra corta vida terrenal, ¿sabes?
—Sí, padre, sí, cómo no lo voy a saber, la fe es y será lo último que perderé en ésta y en cualesquiera otra vida en que viva o muera porque, ¿sabe usted, padre?, si no tengo dinero para comprar comida o condimentos para el puchero, primero perderé a mi familia.
—Tú eres joven, María... Se te ve sana, muy sana, y de buena dote… Además, María, no debieras olvidar que en el mundo de los vivos los hay más necesitados que tú, ¿sabes? Tú y tu familia recibís alimentos, dinero y favores cristianos y sociales de don Paulino...
María guiñó el labio y aquello interrumpió el dialecto de don Manuel.
—Sí, María, sí, no te quejes de la gloria y la divinidad que se te ofrece —reanudó don Manuel—. ¿Y sabes, María? Durante milenios y milenios todos y cada uno de nosotros cupimos en la Viña del Señor. Y aún hoy, y mañana, y en próximos siglos, todos y cada uno de los hijos de Dios tendremos cabida en el reino de los cielos.
—¿De verdad, padre?
—Sí, hija, sí. Y no olvides que también aquí, en la tierra, todos sabemos que los hay en peores claustros que tú —don Manuel hizo una pausa y prosiguió—. María, cólmate de fe y esperanza y lucha con rezos y ofrendas al Señor y vencerás las apatías del destino, ¿vale?
—Padre, no es por no rezar, ya ve usted, lo hago o lo intento a diario. Aunque a estas alturas de la vida qué quiere que le diga o le ofrezca a mi Dios si por más vueltas que le doy a la fe y al rezo no encuentro garbanzos, lentejas o habichuelas para el puchero.
—Sigue sumida en la fe, hija. Con la ayuda de Dios y el sustento de don Paulino encontrarás cuánto necesites para el sustento diario…
—Sí, padre, así ha de ser e imagino que algún día será, pero aunque don Paulino sea bueno, un buenazo, ¿sabe usted?, con el dinero que nos paga después de tantas horas de trabajo y dedicación: de sol a sol, de largas caminatas o de excesivo esfuerzo y sudor…, de milagros, pan y migas, nada de nada.
—Sí, hija mía, sí, lo sé y bien que lo sé. Como también sé que los tiempos andan revueltos, ¿sabes?, muy revueltos... Aun así, María, reza y confía en los designios de nuestro creador; ¡anda, mujer! Confía en los avatares de Dios, no decaigas y vencerás las apatías del destino.
Don Manuel calló unos instantes, aunque en breve prosiguió con su amplia retórica.
—Hija, no tires de pesimismo y sigue luchando por los tuyos. Pero eso sí, María!, lucha con las armas de la fe, el rezo y la obediencia que Dios-Padre-Todopoderoso puso a tu alcance, ¿vale?
—Si usted lo dice, padre...
—Sí, María, hazlo así y verás como él te ayuda a mover montañas y a vencer todas y cada una de las apatías y calamidades que el diablo ha puesto en tu camino. Pero eso sí, María, lo ya dicho, lucha con obediencia, rezos, ofrendas, bondad y fe natural: de divinidad, ¿vale?
—Bueno, padre, si usted lo dice es porque así ha de ser y será, la obediencia y la fe han de mover montañas, vencer apatías y calamidades y ser buenas, muy buenas consejeras…
—¡Claro que sí, hija!
—También yo creo que me ayudarían a soportar infortunios y a franquear penalidades. Pero, padre, el estómago de mis hijos se resiente estrepitosamente y compréndame usted a mí: si yo no lleno el puchero con algo comestible, en mi casa con rezos y ofrendas al Señor no se come, ¿sabe...?
Don Manuel agachó la mirada y suspiró tanto, tan largo y tan profundo que a poco si suelta una bocanada de aire contenido, con la mismísima fuerza del huracán. Acto seguido enredó el Rosario entre ambas manos, lo acarició con la yema de los dedos, volvió a abrir los ojos de par en par; los levantó hacia las alturas y, dijo: ¡Señor, perdónala; tu sierva ignora la divinidad que impartes porque está confundida y no sabe lo que dice ni lo que hace...!


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