Filiberto salió tenprano, dicharachero y canturreando de buen contento, en similitud a otros días; sin embargo, a pie de acera agarró una piedra y la lanzó a un punto indeterminado: al tuntún, aunque con tan mala uva que los cristales del vehículo de un discapacitado cayeron fragmentados. Yo indiné ante tal agravio, incluso como persona mayor y también como padre, he de reconocer y reconozco que pasé por alto mi propia cordura humana... Y también sobrestimé el contenido textual que algunos legisladores plasmaren en tan impropio panfleto de la Ley del Menor. Llevado por la ira salí tras Filiberto, le alcancé, le agarré de un brazo y le pedí explicaciones por tan ingratos e indignos modales. Filiberto, en cambio, no apaciguó su estado colérico y encabritó, aún más: pataleó, giró de costado, atizó un puntapié a la rueda y zarandeó el triciclo cuyos cristales ya cayeron destrozados. En consecuencia, los cupones que portaba el discapacitado se desperdigaron por el viento, el hombre lloraba sin consuelo y yo enternecí tanto con aquél desdichado que arreé un azote a Filiberto. Aunque, ¡Dios de los cielos, de la tierra, de las camadas de buenos y malos lobos y también de los infiernos…! Mejor que no lo hubiese hecho… Desde entonces miro a mi alrededor y, aún creo ver que el sol de aquél día no salió para irradiar el contorno de la tierra que yo piso, excepto para abrasarme a mí, en triste calor de penuria. O quizá aquel día el sol estuviese alineado a un turbador nubarrón que lo cubriera por entero y... El caso es que a mí me dio poco calor y muy mala suerte; aunque más que mala suerte creo que me dio muy mala espina, la de la peor sardina que en raras ocasiones se come a uno... En el mismo instante de castigar a Filiberto con un simple y espontáneo azote en el robusto trasero, por casualidad del destino, a saber, a nosotros nos sobrepasaba una patrulla de la policía nacional; los agentes ejecutaron un brusco frenazo, bajaron con pistola en mano y ante los lacrimosos ojos del discapacitado, sin pestañear siquiera, a mí me lanzaron contra el triciclo cuyos cristales ya fueran destrozados por la maldad y por la inercia de la piedra que lanzase Filiberto. Los agentes me cachearon, sujetaron mis muñecas a la espalda y las unieron con grilletes. En aquel momento sentí centenares de miradas vecinales y de transeúntes que, aunque no sabían el porqué, a mí ya me habían sentenciado bajo acusación de no sé cuántos delitos o ultrajes que presuntamente cometiera a mi libre albedrío y los vertiera sobre el conjunto de la ciudadanía. Aunque la verdad es distinta; muy distinta: yo jamás me entrometí en los asuntos del vecindario, ni hice daño o mal a nadie. Si bien, la vida enseña más que don Cipriano Tostones, en el cuartucho de la academia que a diario usa para impartir clase de dieciocho a veinte horas. Aunque lo peor, quizá, o a lo que no di mayor importancia; o lo que no llegué a ver; o lo que no supe cortar a tiempo, pudiera ser que Filiberto había nacido con el San Benito acuestas. A los cinco años ya imponía su voluntad: a las puertas del colegio exigía cien pesetas a su madre o en su defecto pataleaba y se negaba a entrar en clase. Isabel irritaba pero el niño seguía en sus trece, el autobús que a ella debería llevar al trabajo no esperaba e Isabel cedía o no llegaba a su destino. En cambio, cuando ocasionalmente me tocaba a mí reconducir a Filiberto, conmigo también intentaba tan hábil maniobra persuasiva, aunque por el gesto y la mirada de autoridad paternal que yo le dirigía, Filiberto resignaba, encarrilaba y cabizbajo y sin un duro ocupaba sitio en la fila del alumnado. Con todo, los años no han pasado en vano y Filiberto ha aunado la rebeldía a la inteligencia y la picardía más superdotada. Incluso, a estas alturas, yo diría que Filiberto conoce sus derechos mejor que cualquier obligación y sabe que una llamada al Centro de Atención al Menor coactiva mi autoridad y me colma de interrogantes... Yo debo andarme con pies de plomo antes de reprimir a mi hijo; o reñirle por tales o cuáles actos. Sin embargo, en la intimidad me desahogo con Isabel. Isabel es mi esposa y la madre de mis hijos; en ella deposité la semilla del amor que a buen fruto y a mayor esperanza, día a día y mes a mes fecundaría entre sonrisas y algarabías. Isabel les trajo a la vida con cariño y alevosía de niños deseados. Ahora, en cambio, en la adolescencia soporta el crudo dialecto de los chavales cuando entre la niñez y la pubertad cabalgan en busca de una formación, un carácter, una educación, una personalidad o un simple hueco en la sociedad. Sin embargo, a veces yo me amparo en el amor que proceso a Isabel para exponerle el sufrimiento que los padres padecemos cuando nos sentimos vetados en lo esencial, y por la propia administración del estado. Administración que a nuestro juicio: el de unos padres atormentados, debería acapararnos en su seno y apoyarnos en beneficio de la familia y del conjunto de la sociedad. Nosotros nos creemos padres en total normalidad social, aunque algo desafortunados ante el brutal comportamiento de un hijo con claros síntomas de in convivencia social y alto comportamiento irracional. Pero aun así, y, a pesar de mi dolor, también en su cara, en la de Isabel, veo las curvas de la sinrazón. Y también la huella de la impotencia y la insatisfacción…
Aunque ella resigna con facilidad y defiende a sus hijos a capa y a espada, en silencio siento que sufre el tormento de la más cruda sinrazón. Ante ese oculto clamor a veces me armo de valor y le expongo que la ley del menor fue desarrollada por los legisladores para atender necesidades de niños desatendidos, explotados o maltratados por adultos sin corazón. Aunque dado el caso, ambos sabemos que a quienes nos consideramos respetuosos con las leyes, con la sociedad, con nosotros mismos y con nuestro entorno, nos encontramos con que la ley del menor nos deja en desamparo total a la hora de educar a los hijos en autoridad paternal. Incluso a veces creemos que la ley nos suplanta bajo una presunta redacción a manos de un funcionario social que ante la picaresca del menor pudiera pasar por alto el dramático comportamiento del jovenzuelo, y también nuestro derecho a la paternidad. Y dado el caso, el funcionario pudiera amenazar con arrebatar lo que por dedicación, creación y fundamento nos pertenece en descendencia de estado y de derecho. Aunque aún pudiera ser peor aquello de que la ley se basara en la frialdad de un texto para ejecutar el poder supremo que mana de la sinrazón ética y moral, sin mediar amor o selección entre el bueno y el malo, o del que yerra del que por convicción o ejercicio delinque a diario…
Isabel entristece cuando en la intimidad de nuestro lecho tratamos el tema; incluso argumenta que la madre que es madre y el padre que es padre lo son de creación a pleno derecho y gozan o deben gozar del deber y de la obligación de corregir a sus hijos en libertad y en fraternidad familiar. Aunque también agrega que en múltiples ocasiones la ley del menor nos confunde e incluso nos suplanta por imposición, sin ton ni son... Con ello, lamentablemente, la propia ley protege al presunto raterillo y al futuro delincuente que amparado en la ley del menor se recrece y explota a otros adolescentes: para salvarse él de corrección institucional o penitenciaria que su falta pudiera conllevar. Incluso los hay de aquellos que en ocasiones exponen a otros niños a sus desmanes para salir ilesos de tal o cual pillería: los usa de escudo o puente y juega con la paciencia, la seguridad y los bienes de otros honrados ciudadanos…
Pero aun así, yo quisiera comprender las razones que bien argumenta Isabel, aunque a veces también yo me las doy de inteligente y eludo cualquier maldad que pudiera derivar de la voluntad de un niño… Al menos de aquella voluntad que pudiera ir más lejos del juego o de la simple gamberrada local... Gamberrada que en mayor o menor grado, todos o casi todos hemos vertido sobre la sociedad, aunque tal o cual evento, en su día nos llevase a castigo paternal. No obstante, en mi soledad también comprendo que los niños, muy niños sí que son sí; aunque he de reconocer y reconozco que andan más espabilados que la gata de la tía Pepa: la gata de la tía Pepa, en primavera se aplastaba contra las tejas del cobertizo, a la entrada del nido del pájaro. Cuando el gorrión llegaba con la comida en el pico, la gata lo atrapaba sin más sacrificio que el de la paciencia y la espera. Aunque también reconozco que soy buen observador y me preocupa muy mucho la educación de mis hijos, entiendo que sobrecargarlos en demasía pudiera dar motivo a futuras rebeldías o a incorrecta formación moral y social. En cambio, a Isabel no se le escapa una y a diario husmea entre las pertenencias de los niños, prepara las vestiduras, la cartera y los bocadillos para el recreo: otea utensilios, enseres y revisa posibles desperfectos en calzado y vestuario. En ello estaba cuando aquél fatídico día halló cuatro mil pesetas bajo el forro de las zapatillas que Filiberto calza para jugar al fútbol, montar en bicicleta o trepar a las alturas. Isabel ya me había dicho que en casa había alguien que metía la mano donde no debía y faltaban ciertas cantidades dinerarias y otras cosillas que salían de lo habitual.
Sábado, 18 de febrero
Ángel Sáez García
Juan Luis Recio
Juan Fernandez Krohn
Paulino Toribio
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Padre Fortea
Ángel Gutiérrez Sanz
Carlos Ferrer
José Donís Català