Torpedo llegó a casa, remojó el pelo, la cara y el cuello; agarró un peine de amplias púas; se peinó hacia la parte de atrás; abrió la puerta, avistó disconformidad con cielo turbador y grisáceo; cubrió el cuello con la solapa de la cazadora y salió más ligero que un murciélago del orificio de un poste. Pese a ello, y aunque salió más desaseado que el tejón en verano, sí evitó el chasquido de la puerta, con cual eludir la riña, el reproche o la sinrazón. No obstante, y a pesar de la evasiva, con cual distanciarse de Páula, a los vecinos y transeúntes que le salían al paso sí les dejaba claro que marchaba a la taberna del Tosco, regentada por Dionisio, El Manchego, donde se acomodó en la mesa del rincón y esperó a Lecherito. Aunque Lecherito no se hizo esperar. Lecherito llegó tan requetelimpio como él, se colocó a su lado y aunque nada dijo, la tristeza que le causare la muerte de Estrellita crecería con la riña o el descontento que también encontrare en la cara de Asunción. Quizá por ello, y por espacio de un rato se mantuvieron tan cerca y tan distantes que, aunque se miraban, lo hacían de soslayo, recelosos y, en silencio. Claro que, eso sería hasta que por un costado vieran que hacia ellos se dirigía El Tieso.
El Tieso se aproximaba tan insuperablemente peinado, sonriente y revestido que parecía la fotografía de un candidato a presidencia, en pancarta de autonomía...
—¿Queréis trifulcas? —dijo El Tieso a modo de saludo.
—¡Trifulcas...! No sé… Torpedo, ¿te apetece? —preguntó Lecherito.
—¡Hombre, Lecherito…! Estoy condolido sí, pero creo que porque haya perecido nuestra estimada Estrellita en prematuro combate no habré de vestir luto o colocarme el esmoquin; como hicieron los guardas, Miguelón, El Foca y Aristóteles, Barriga triste. Cuando se murió la suegra de don Luis, el boticario, al velatorio fueron tan pingüinos que en principio no les reconocieron. Bueno, no hasta que a Miguelón vieran rascando los bajos de la espalda...
—¡Qué dos buenas piezas tan desiguales acabas de nombrar, Torpedo! —dijo Lecherito.
—Sí, pero no creas que Barriga triste se quedaba corto, ni mucho menos: en semejanza a Miguelón, Barriga triste llevaba los dedos a la nariz, manipulaba las fosas nasales, creaba pequeñas bolitas, las dejaba caer al suelo, las empujaba con la punta del zapato y las ocultaba en los bajos de féretro... ¿Es eso lo qué queréis, o lo qué os gustaría de mí, cochinadas, falsedad o parabién...?
—¡No, hombre, yo...! —dudó Lecherito—. Bueno, vale; si os apetece vamos los tres. Pero eso sí, aquí, de antemano, os dejo claro que con el vehículo no andaré por caminos rurales ni saldré de las callejuelas de Aldea Chica.
—No te preocupes, iremos con la burra —dijo Torpedo.
En la Taberna del Tosco seguirían hasta que cargaditos y bien entrada la noche marcharían a sus respectivos hogares. Al siguiente día, aún de madrugada, se reunirían los tres a la salida de la aldea; a lomos de la burra, sobre la albarda, cargarían los arreos y las escopetas. Sin embargo, Lecherito caminaba más triste que la beata en procesión, aunque su tristeza quedaba lejos de cualquier seguimiento apostólico, y cerca, muy cerca de la sinrazón, por aquello de que Asunción no aceptó esa otra salida furtiva y le riñó, le negó el revolcón y refunfuñó. Aunque Lecherito se hallaba acostumbrado al rechazo, a la evasión o a la incomprensión y no por ello se disgustaba. Si bien, con las amenazas que en los últimos tiempos percibía y que Asunción enarbolaba como pendón a bandera hondeada por el viento, a Lecherito le corroía la incertidumbre, incluso le torturaba en inseguridad conyugal. Y no sería para menos, si Asunción cumplía las amenazas aflorarían las críticas cómo cuando alguna turista pasaba por Aldea Chica y vestía sensual o atrevida, o en la alberca de Alfredo, el hortelano, previo pago de tres duros y bajo promesa de respeto e higiene de las aguas tomaría el sol en bragas y sujetador. Los picarescos ojos de los aldeanos, sin embargo, se abrían de par en par, dilataban las pupilas o las giraban como la lechuza, en seguimiento del ratón. En cambio, en los ojos de beatas o aldeanas de mayor edad no se experimentaba el deseo por igual… Aquel atrevimiento quedaba mal, muy mal visto… Tanto que la tachaban de calentón verbenero, rasca lomos en troncos templarios o pendón yesquero. O en semejanza le añadían el calificativo de gallina ardiente, desplumada y sin alas para el vuelo; o seguían con amago y levanto sobre morros de zorro hambriento... Y nada he de decir si por "h o por b" a las turistas se les ocurría tomar el sol en tanguita de poco o menos tape. O en semibolas (top-lees.) ¡Dios de las aldeas, de las albercas, de los ríos y de los pueblos...!
Aunque lo peor para la mentalidad de Lecherito pudiera radicar en el presunto escándalo local. Si Asunción cumplía las amenazas desataría tortuosos rumores, blasfemias o críticas, incluso injurias que distraerían a parlantes de tertulias, casas, cortijos, chaflanes o callejuelas de Aldea Chica. Además, salpicarían comentarios vecinales e incertidumbres que serpentearían como aguas de tormentas por campos labrados; y podrían ser causantes de aún mayor estrepitoso escandalizar…
—¿Qué te pasa? —preguntó El Tieso.
—A mí... Nada, nada —respondió Lecherito.
Y siguieron tras los pasos de la burra. Ella, en cambio, les recompensaba con el levantar del rabo, una decena de boñigas y maloliente pedorrera.
—¡Si te arreo un puntapié vas a pedorrear al pájaro que no vuela! —gritó Lecherito a la burra.
Torpedo soltó la carcajada. El Tieso le imitó y siguieron con la intriga.
—Bueno, Lecherito —reanudó El Tieso—, el caso es que me pareció verte triste y...
—¡Será cosa del vino...! Anoche nos pasamos un rato, ¿sabes? Pero bueno, a lo que vamos. ¿Si os parece bien dejamos la burra en Arroyo Turbio y entramos a pie, por la Umbría del Lobo?
—A mí me da igual —dijo Torpedo—, cuando salgo de casa para mí todo el monte es de orégano.
—¿Y tú, Tieso? ¿Qué opinas?
—Lo mismo que Torpedo; fuera de casa todo me da igual; incluida la panza de Aristóteles, Barriga triste, o el abultado cuello de Miguelón, El Foca; o la fantochada figura de Luciano Rodríguez, el presidente de todas y cada una de las asociaciones locales y vecinales de caza, pesca, flora, hermandades religiosas, cooperativas agrícolas…
—¡Vale, pero a ésos ni mentarlos...! —le advirtió Lecherito—. Aunque si los dos estáis de acuerdo dejamos la burra en Arroyo Turbio, cruzamos el río, entramos por la senda que serpentea la colina de Mata Puercos y llegamos hasta la Umbría del Lobo.
Torpedo y El Tieso parecían conformes, aunque Lecherito seguía cabizbajo, tras los pasos de la burra. De vez en cuando levantaba la cabeza para mirarle el rabo, por si acaso... En cambio, la burra de animal sólo tenía el nombre, y a la primera advertencia de Lecherito entendió la riña o no tuvo más necesidad de evacuar excrementos y ventosidades. Aun así, Lecherito adelantó unos pasos, le agarró la punta de la oreja y casi al tacto con el vello, dijo:
—¡Más te vale…! ¡Si me vuelves a pedorrear...!
El animal zarandeó las orejas y acto seguido las doblegó, cómo confirmando aquella advertencia. Al menos, convencido de ello, Lecherito desvió la mirada hacia el alborotado planear de un zorzal que al paso de la burra levantare el vuelo. Aunque casi a la vez la dirigió a la cercana colina, en cual percibía el zigzaguear de un conejo y el revolotear de un mirlo que saliera con estrepitoso graznar. Mientras tanto, la burra se detuvo junto a una mata de tomillo y una plasta de vaca, a mordisquear un jaramago de tiernas hojas. Entretanto, El Tieso y Torpedo aprovechaban el descanso para examinar un hongo respingón (seta); un hongo de esférica silueta blanquecina.
—Tieso —llamó Lecherito—, ¿qué sabes de aquellos que venían con el furgón frigorífico: aquellos que a pie de sierra nos compraban la carne?
—Pues..., poco. Aunque sí sé que si los llamamos vienen. Pero cómo comprenderás... Para un par de ciervos no vale la pena molestar. Además, ellos exigen que les preparemos más de cuatro, de lo contrario dicen que no rentabiliza.
—¡Ya! El caso es que a nosotros nos venía de fábula… No nos arriesgábamos al transporte...
—Sí, pero a trescientas pesetas el kilo, ya me dirás...
—¡Claro, claro…! En Aldea Chica la vendemos a seiscientas cincuenta, y creo que los tiempos no andan para tirar...
Cómo si aquella diferencia económica les atormentare siguieron cabizbajos, meditativos y en silencio, tras los pasos de la burra. Claro que la monotonía se vería truncada cuando Lecherito sintiera la incomodidad o el desasosiego y aburrido, quizá de sí mismo, decidiera romper la monotonía que arraigara en tan triste silencio:
—¿Conocéis la noticia que en los últimos días ha rondado por chaflanes, tugurios y tabernas? Aunque creo que la dichosa noticia sólo ha llegado a mis oídos porque también llegó a tertulias de notable aristocracia local, con don Julián, el cura, a la cabeza…
—¿Qué noticia? —preguntó El Tieso.
—¡Ah!, pero, Tieso, ¿no te has enterado que los señores de la aristocracia local descastaron la colina de Mata Puercos y la parte alta de la Umbría del Lobo, hace tan sólo unos días?
—No —se anticipó Torpedo.
—Si ya está descastada cambiemos el rumbo —dijo El Tieso.
—¡Paciencia, hombre, paciencia! Algo habrán dejado para las fauces del necesitado… Aunque sabed que sí que la descastaron. Y sabed también que entre los afortunados estaba Luciano Rodríguez, el presidente de todas y cada una de las asociaciones locales y vecinales de caza, pesca, hermandades religiosas, cooperativas agrícolas...
—¡Claro…! Cómo que también el mencionado señor tiene derecho a disfrutar de la vida, aunque él no se pierda una fiesta, una juerga o un gozo… —dijo Torpedo.
—¿Y qué coño hacía Luciano por esos montes? —preguntó El Tieso.
—Cazando… ¿Qué si no? —aclaró Lecherito—. Aunque bien sabéis que en Aldea Chica es Luciano el truhán que persigue al necesitado con más ahínco que necesidad, y porque el necesitado mata un ciervo para subsistir… En cambio, él, que lo sepáis, cazaba junto a don Julián, el cura, que en las calles de Aldea Chica y en la parcela de su iglesia camina tan rígido como el garrote de adelfa o la vara de acebuche. En cambio, en la sierra corre como el galgo, salta como el canguro y entre jaras no se pierde un gozo.
—¡Jolines, Lecherito, hay que ver con el dichoso cura…! Cualquiera diría… —dijo Torpedo.
—¿Y Luciano, el presidente? ¿Qué leches hacía por esos montes? —preguntó El Tieso.
—No lo sé; pero sí sé que no estaban solos, —prosiguió Lecherito—. Les acompañaban otros como don Luis, el boticario, que por cierto, en la aldea parece un jubilado y en el monte trota con más soltura que cuando en la rebotica, a hurtadillas corre tras la falda de la dependienta, para según él, administrarle sobre las nalgas una dosis de los ungüentos que la farmacéutica vende para curar las molestas infecciones.
—¿No me digas que también el boticario andaba por esos andurriales? —preguntó Torpedo.
—¿Y qué puñeteras leches hacía el boticario con el cura y el presidente? —añadió El Tieso.
—¡Cazando, hombre! ¿Qué si no? Ya os lo he dicho… Aunque tampoco estos andaban solos —reanudó Lecherito—. Ni mucho menos: con ellos se codeaba don José, el comerciante. Aunque no creáis que el comerciante se distraía en aprecios, consideraciones o igualdades. Bien sabéis que el señor comerciante derrocha papada de cuello recio, usa gafas de cristales culo de vaso y entre la floresta de jaras y tomillos actúa con la mismísima avaricia que a diario usa tras la barra de la tienda...
Viernes, 17 de febrero
Juan Luis Recio
Juan Fernandez Krohn
Ángel Sáez García
Paulino Toribio
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Padre Fortea
Ángel Gutiérrez Sanz
Carlos Ferrer
José Donís Català