Cipriano salía temprano, giraba en la esquina de la calle Benjamín y desperezaba mientras paseaba entre jardines de la pequeña iglesia de Aldea Chica. Parte de la iglesia quedaba resguardada de fríos, lluvias, nieves, rachas de viento o excesiva calina por un arcaico revestimiento de madera, cañas, barro o tejas de canalillo, a estilo Árabe. Revestimiento que tiempo atrás también sirviere de protección a guaridas de rebaños propiedad del señor conde-duque; y cuya procedencia data de la expulsión de los almohades sobre tierras de Al-Andalus, acontecida tras la famosa batalla de las Navas de Tolosa, fechada en: 16/07/1212.
En premio a su ferviente cristianismo, encarnizada lucha y alto coraje, en reparto de bienes incautados a los moros y junto a otras tierras y edificaciones le serían otorgados por el señor conde-duque al abuelo del tatarabuelo del señorito Germán, quien altruistamente, algunos siglos después, la ofrendaría al primer vicario que a falta de techo se atreviera a decir misa bajo las ramas de un almendro floreado: alumbrado por dos antorchas y por un sin fín de estrellas en el firmamento. Aunque el rústico cachivache cambiaría muy mucho de apariencia en tiempos de prosperidad eclesiástica; a excepción de una pequeña parte del mencionado revestimiento que mantendría esplendor de origen y que el Vaticano conservaría como la más valiosa reliquia del pasado. No obstante, para que los aldeanos veneraren la simbología de posteriores efigies, provenientes de beneficencias, donaciones o sacrificios, aún de alba, Cipriano, el sacristán, alineaba medio centenar de banquetas, prendía cirios, repasaba pinturas, efigies o litografías y se acomodaba en la poltrona del altar. Desde aquella cómoda postura inclinaba la cabeza ante la Crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo, oteaba en su entorno y buscaba posibles desperfectos, descolocaciones o anomalías. Aunque pocos recovecos loables más encontraría, excepto el del pilón de agua bendita cuyo nivel revisaba a diario. Agua purificada que antes de marchar a la cama, todas las noches don Julián dejaría tapadita en un cofre dorado; un cofre bañado a imitación a oro, sobre el que mimosamente dejaría caer el paño de encaje que Adela, la beata de los Mendoza, elaborase en tardes de ocio y buena gana: a mano, sobre aguja de ganchillo y para conservar la incipiente pureza que don Julián otorgase al contenido del sagrado recipiente.
Aunque no por vulgar o manifiestamente pobre la capilla o su pilón dejarían de ser sagradas, adoradas o veneradas. Fieles, asistentes y curiosos consideraban la estancia y el líquido que don Julián purificaba tan bendito como agua de pila bautismal que domingos o festivos recibieran niñas y niños en la Catedral de Sevilla. O la igualaban a la del pilón que sobre alzapiés de piedra tallada, mármol o granito presuponían elevado en la mismísima Catedral de Granada.
Los habitantes de Aldea Chica, en cambio, ahuecaban la mano, la introducían en un pilón de nadería: elevado sobre alzapiés de madera perfeccionada; untaban la punta de los dedos, inclinaban la rodilla y se santiguaban para la plegaria o la pasión espiritual que, una vez más, como todos los domingos, acontecería en la pequeña iglesia de Aldea Chica.
En el labriego recinto se aglutinaron algunas decenas de aldeanas y aldeanos, escucharon la misa de absolución por los pecados, atendieron las necesidades del cepillo, escucharon al párroco y un alto número de fieles, en familiaridad cristiana, tomaron la eucaristía. Pese a ello, en transcurso ceremonial don Julián vociferó como gallo de corral, amenazó con castigo divino, tarareó como grajilla aupada en rama de encina; encapotó como búho al acecho del ratón y dirigió la mirada al frente, al vacío; donde por espacio de interminables segundos la mantuvo quieta o perdida en figuradas o presuntuosas tinieblas del mismísimo más allá… Pese a ello, tras aquél repentino lapso, en abrir y cerrar de ojos pestañeó, giró la cabeza, depositó la vista en el escote y en la minifalda de una feligresa y, añadió: Vestiduras ajustadas o reducidas amenazan la castidad de la mujer, provocan demencia en el varón y deshonran a la iglesia que no acepta lujuria o desenfreno que conlleve blasfemia o aceche adulterio. Los feligreses se miraban entre sí: susceptibles ante lo inmoral o pecaminoso intentaban comprender el porqué de aquellas desentonadas palabras que a diestro y siniestro lanzaba don Julián, entre huecas y lejanas resonancias del templo. En consecuencia, los feligreses intercambiaban fugaces y furtivas miradas pero como no encontrasen anormalidad pestañeaban bajo incredulidad o desazón y amodorraban como oveja sorprendida por oleada de alta temperatura estival.
En cambio, cuando las feligresas y los feligreses menos lo esperaban, don Julián cesó en dialecto de embestida a la inmoralidad y en símbolo de súplica, de rezo o en busca de perdón ajeno, o del más allá, abrió los brazos y perdió la mirada en las pinturas de la bóveda…
Por aquél desvarío, algo en desuso y tan dado en la curia, los feligreses le creyeron reflexivo o relajado. Sin embargo, don Julián irguió su estampa, giró en redondo, bamboleó la túnica como Guardia Civil en desfile de conmemoración y bajó los peldaños del altar más erguido que un pendón ondeando bandera republicana: con la mirada al frente, las manos unidas y los pulgares sobre la barbilla. Don Julián, sin embargo, se detuvo en seguida, en seco y a pocos pasos del altar. A la altura del tercer banco giró de sopetón, agarró de un brazo a la señora Asunción, cuya notoriedad femenina o de joven agraciada resaltaba por la cima de las vestiduras, y sin saludo, comprensión o explicación la encaminó hacia la puerta de salida. Asunción no entendía ni comprendía el mal o la razón, aunque mientras don Julián la dirigía, ella percibía indecorosas miradas: de fieles que a sí mismas se presuponían en dignidad de bienaventuradas. Asunción salió del recinto que algunos, incluso ella misma llamaba sagrado, tan turbada y ruborizada que su cara enrojeció casi tanto como cuando en romería usaba coloretes para buscar ardiente entonación facial. De tal o por cuál estupor alcanzó la calle tan desolada, tan avergonzada y tan baja de aliento que bajo aquella desdicha de resignación dirigió la mirada al cielo, manoteó y, dijo:
—Dios de todos y cada uno de nosotros; creador del mundo, de los muertos, de los vivos, de las cosas, de los casos y de su entorno. ¿Dime, Señor?... ¿Dime por qué?... Si tú eres el padre de mi Señor Jesucristo, también de mi hermano, padre mío, de mi marido y de mi hijo, ¿por qué...? ¿Dime por qué, Señor…? ¿Por qué dejas que tu representante en la tierra, en la iglesia y en la aldea, don Julián, el cura, sea tan torpe, tan confuso y tan demente o vano e incomprensivo con los hábitos y las necesidades de sus hermanos y de tus hijos?
Los ojos de Asunción chispeaban de fulgor; a la espera de algo: una respuesta, un rayo de luz o aliento a la razón de la fe, de la esperanza o de la comprensión humana. No obstante, al no obtenerla zarandeó la cabeza, guiñó el labio, absorbió la mucosidad y emprendió camino; meditativa, cabizbaja, en silencio y con semblante pálido y preocupado avanzaba sin ton ni son. Pero así, en cabizbajo, triste y en solitario cruzaba los jardines por el paso de la fuente cuando de súbito o de sopetón se vio reflejada y se detuvo junto a las aguas embalsadas. Limpió unas lágrimas, fisgoneó los pececitos de colores, la ciénaga del fondo, la pequeña serpiente que tímida o temerosa de imprevisible emboscada avanzaba en diagonal, agitaba la lengua y junto a la pared interior buscaba el tranquilizador resquicio de la superficie. Con aquella imagen Asunción perdió el norte, el malhumor y el recuerdo a la sinrazón. Ahora, en cambio, aún con la sonrisa desfigurada o mal interpretada, Asunción observaba aquellos prodigios de la naturaleza, acarició la barbilla y por espacio de imprecisados segundos se mantuvo quieta, en pensativo. Aunque de súbito desperezó y siguió visualizando el deslizar de los renacuajos, el embarrancamiento de las sanguijuelas del fondo o las ondulaciones sobre el perímetro al máximo nivel. O en aquél ir y devenir se entretenía en diversidad de insectos acuáticos que como aeroplanos en aeródromo aterrizaban sobre la superficie, agitando, aún más, las pequeñas olas que iban y venían cómo si anduviesen atraídas por un encantamiento celestial. Después seguía visualizando el revolotear de preciosas abejas o peligrosas avispas y a todo su ser lo recorría tal escalofrío que cruzó los brazos sobre sus propios pectorales, los acarició y masculló algo inusual...
Mientras tanto, palomas, vencejos, golondrinas y gorriones revoloteaban en su entorno: cómo atraídas por exuberante corona de laureles victoreando conquista de inmensa fortaleza. Incluso dóciles y románticas palomas o apacibles gorriones aterrizaban a sus pies y la saludaban con arrumacos de ternura, galantería, compasión u, atención de comprensión o necesidad: a la espera de pipas, maíz, grano o molla de pan, a cuales andaban tan habituados. Aunque ella, Asunción, iba tan afligida, confusa y acalorada que ni ganas le quedaban para guiñadas, arrojes, sonrisas o admiraciones.
Asunción llegó a casa tan pálida, tan malhumorada y con el rostro tan apucherado que Lecherito intuyó anomalía; aunque tan astuto como el viejo zorro la observó en silencio y de soslayo… Sin embargo, tan risueño cómo irónico, en abrir y cerrar de ojos gesticuló los labios, mordisqueó el interior-inferior, chasqueó la lengua, le guiñó un ojo y esperó a tal o cuál evento. En contraprestación, ella, Asunción, amodorró aún más, aunque en breve tomó aliento y entre sollozos y profundos suspiros se dispuso a narrar el motivo de su tormento.
—Cariño, no sufras por tal o cuál evento —dijo Lecherito al corriente del suceso—. El cura puede decir misa e imponer su voluntad… Para eso es cura y dueño de su parcela. Aunque, mi amor, qué quieres que yo le añada al tormento de mujer ultrajada si soy como los del dicho popular cuando piensan o argumentan que todo cuánto se hayan de comer los gusanos, antes que lo disfruten los humanos…
—¡Qué soponcio pasé, Lecherito…!
—De verdad que lo siento, cariño. Aunque creo que no debieras de olvidar que en la intimidad de nuestro lecho, yo siempre te dije que la herradura se diseñó para el caballo, la sotana para el cura, el bozal para el deslenguado, el grillete para el malhechor, la fortuna para el logrado, la pobreza para el aldeano y el mundo para todos y cada uno de los hijos de Dios.
Asunción sonrió levemente, agitó la mano, la llevó a la cara, limpió algunas lágrimas que resbalaban por cuencas y mejillas y, dijo:
—Lecherito, tus palabras me consuelan… Sin embargo, creo que también sabes que mi padre piensa como el cura; y de buena tinta sé, o presiento, que en la cafetería de Ambrosio, después del cuarto o quinto vaso de tintorro que don Julián se echa al gaznate, a mi padre le dirá que su hija o las vestiduras que usa provocan al servil y honesto ciudadano de Aldea Chica…
—¿Y qué, Asunción? Allá él, su templo y sus maneras...
—Sí, Lecherito, pero yo creo que a estas alturas de la vida, mi padre no va a cambiar, comprender a su hija o contradecir la voluntad de don Julián. Mi padre es sumiso, ¿sabes? Muy sumiso… De joven fue monaguillo y por lo que cuenta debió sentir la fe, la imposición y la devoción tan sumamente altas que...
—¡Pamplinas de niña boba, Asunción!
—¡Pamplinas…! ¡Qué te quede claro, Lecherito! Mi padre las debió pasar bien canutas entre las paredes del templo… Y bien canutas… Alguna que otra vez, incluso, en soledad del cuarto escuché a mi madre y a él cuando entre murmullos narraban cosas de aquél tiempo…
—¿Y qué…?
—¡Y qué…! Pues que en aquel tiempo y por un puñado de harina o de garbanzos se dejaba doblegar o sentía la miseria más acérrima que la humanidad fuera capaz de arrastrar. También la opresión, la rectitud y, muy muchos mamporros del cura…
Sábado, 18 de febrero
Juan Fernandez Krohn
Juan Luis Recio
Patricio Peñalver
Ángel Sáez García
Baldomero Gómez
Chris Gonzalez -Mora
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Padre Fortea
Atticus-444
Paulino Toribio
José Pómez