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Gracias, Presidente

25.03.14 | 17:22. Archivado en Política

Éramos muy jóvenes y teníamos muchas ilusiones. En contra de lo que hoy se dice y cuenta como historia oficial sobre aquellos días, a la muerte de Francisco Franco los españoles claramente comprometidos con el cambio político éramos una minoría, principalmente en los ambientes universitarios y en el mundo laboral en las grandes ciudades industriales. Lo demás son cuentos chinos, como el de “Cuéntame cómo pasó”. Por eso era lógico que para los que anhelábamos un cambio hacia la democracia, desconfiáramos de cualquier iniciativa que proviniera del recién coronado rey de España, Juan Carlos I. Se trataba de un monarca que había sido educado y formado en la voluntad del dictador. Es más, todas las decisiones y acontecimientos ocurridos durante los primeros meses apuntaban en la misma dirección; no había más que mirar el nombramiento del primer gobierno de la monarquía, cuyo presidente era el mismo del último ejecutivo de Franco. Ahora bien, no cabía duda de que sin Franco ya las cosas no podían ser lo mismo; algo tenía que pasar, aunque sólo fuera por razones generacionales, pues cada año quedaban vivos menos de los responsables originarios del franquismo.

Durante los primeros meses de 1976 eran palpables los movimientos de personas de la oposición al régimen, principalmente fuera de España, tratando de tejer estrategias de cara a un futuro más o menos próximo. En el interior de nuestra nación casi nadie tenía la menor idea de las intenciones y proyectos del rey. La desorientación era total. La izquierda política y sindical continuaba desconfiada y activa; y despistada. Por eso era lógico que el cese, a primeros de junio, de Carlos Arias Navarro como presidente del gobierno, y el nombramiento de Adolfo Suárez González —ocupaba la cartera de Secretario General del Movimiento, nada menos— produjera en la opinión pública perplejidad cuando no indiferencia. Solo los duchos en los ambientes políticos del régimen —una minoría selecta— estaban en condiciones de hacer lecturas más matizadas y precisas.

Deseo hacer un inciso para destacar —en contra de lo que la izquierda sostiene— que la sociedad de la primera mitad de los años 70 era una sociedad mucho más abierta y permisiva de lo que se nos pretende hacer ver. Los españoles de aquellos años nada teníamos que ver con los españoles de los años 40 y 50. Estábamos al cabo de la calle de lo que ocurría, en términos generales, en el mundo. Podíamos viajar al extranjero con toda libertad, y movernos dentro del territorio nacional sin ninguna traba. La gente era cordial en la calle y la juventud se divertía a placer. Eran las libertades públicas las que estaban cercenadas y reprimidas, tanto en el ámbito de la política como en el educativo, cultural y moral. Era, en definitiva, una sociedad amputada, que se movía entre el temor a los peligros de la política (temor inoculado durante años por el régimen dictatorial) y el deseo de experimentar la libertad en todos sus ámbitos (políticos, expresión y manifestación, religiosos…). Por tanto, era razonable pensar que los españoles acogiéramos a Adolfo Suárez en su nombramiento cuando menos con reserva y desconfianza, pues su trayectoria era la de un hombre incondicional del Movimiento.

Muchos (una minoría) pensábamos que el cambio tendría que llegar —como era lógico— de la mano de alguien con autoridad moral que viniera de fuera, de la oposición; o bien, de un grupo de personas que aglutinara diversas sensibilidades ideológicas y que estuviera determinado a ofrecer una alternativa clara en la que cupieran todos los españoles. Y poco más. Nadie tenía claro ni quiénes, ni cómo, ni cuándo, ni dónde. Y como en realidad éramos minoría, no era de extrañar que en el referéndum para la reforma política, del 15 de diciembre de 1976, ganara la opción del cambio frente a los que apoyábamos la ruptura. Por qué, porque la mayoría de los españoles prefirieron iniciar un proceso de cambio político, tutelados por los gobernantes que lo propusieron, antes que lanzarse al vacío en aras de una entelequia con muchos riesgos y demasiadas incógnitas. Los españoles de entonces carecían de formación política, pero eran mucho más sensatos que lo que algunos pensábamos.

Fue a partir de aquel momento, tras el referéndum de la reforma, cuando la personalidad de Adolfo Suárez comenzó a manifestarse de manera prodigiosa —con sus sombras y sus errores—, hasta culminar el proceso constituyente. Durante aquellos dos años y medio, desde junio de 1976 a diciembre de 1978, Suárez demostró una valía política, humana y moral como ningún otro político del siglo XX. Es verdad que la figura de Adolfo Suárez no se podría entender sin la del rey Juan Carlos, que merece estudio aparte. Sin embargo, el timonel de la Transición fue devorado y quemado, a partir de su segundo mandato constituyente, por el resto de protagonistas de aquella magnífica aventura política: por algunos de los dirigentes de su propio partido, la UCD; por los políticos de la oposición, principalmente los del PSOE, con Felipe González y Alfonso Guerra a la cabeza, que le negaron el pan y la sal; por el encono con que buena parte de la oficialidad del Ejército mostró al presidente desde la legalización del Partido Comunista y por el ninguneo que éste hizo de los sepelios de los militares asesinados a manos de ETA; así como por la permanente conspiración a la que Suárez se vio sometido por parte de los estamentos más recalcitrantes del franquismo, con el consabido ruido de sables. Y no digamos la ferocidad con la que fue atacado y denostado el presidente por numerosos líderes de opinión desde la prensa escrita.

Cuando ya han transcurrido casi treinta y ocho años desde su nombramiento por el rey, podemos asegurar que existe la suficiente perspectiva histórica para analizar la vida y obra de Adolfo Suárez. Por mi parte esto ya lo hice en los días 13, 15 y 17 de junio del año 2005, en que publiqué en este blog (consultar en el archivo) un resumen de mi opinión sobre la figura de Adolfo Suárez como gran protagonista de la Transición política española de finales del siglo XX. Una vez más quiero repetir como este hombre, por el que entonces muchos no dábamos un ardite por él, poco a poco me fue ganando el corazón por su determinación, por su valentía y por su honradez. Se entregó a la causa de la libertad y del Estado de Derecho en cuerpo y alma, sin ahorrar esfuerzos y sin reparar en costes personales. Y ahora, en esta hora postrera del fallecimiento de tan insigne político y gran patriota, solo me queda rezar por su alma y compartir el dolor y la tristeza de su pérdida con su familia, amigos y todas aquellas personas de bien que sienten un profundo agradecimiento por el ejemplo que nos dio en su entrega —al aceptar el requerimiento del rey Juan Carlos— a la tarea de sacar a la nación española del oscurantismo totalitario hacia la libertad democrática.

Todo lo dicho en aquellas tres entregas continúa vigente, aunque, claro está, se podría añadir mucho más. Aquellos tres artículos los escribí después de conocer, unos días antes, que Adolfo Suárez estaba inmerso en la enfermedad del Alzheimer. Desde entonces poco se ha sabido de él, salvo que vivía, en su domicilio y en compañía del cariño de los suyos, tranquilo y ausente de este mundo. Luego supimos de la visita que, en 2008, le hizo el rey y su existencia a espaldas a la realidad. Yo soy de los que creen que Dios tiene un plan para cada uno de nosotros, aunque no lo entendamos, por eso estoy seguro que Adolfo Suárez ya está gozando de Su gloria en la casa del Padre. La plenitud de la gracia eterna es la recompensa del Altísimo para los hombres buenos. Gracias, Presidente.


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