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Sebastián Gayá, santo y apóstol de la nueva evangelización

01.12.13 | 17:50. Archivado en Personajes

Cursillos de Cristiandad celebra este año el centenario del nacimiento de Sebastián Gayá Riera, uno de promotores de este Movimiento evangelizador que tan buenos y abundantes frutos está dando en el seno de la Iglesia católica. Precisamente en este sábado último de noviembre, el Secretariado de Cursillos de Madrid, junto con la Fundación Sebastián Gayá, celebró un acto de conmemoración de la figura extraordinaria de este precursor apostólico de la nueva evangelización iniciada a mediados del pasado siglo.

En la madrileña iglesia de Santa Micaela y San Enrique, medio millar de cursillistas de la Archidiócesis de Madrid compartieron por la tarde la Eucaristía del primer domingo de Adviento. A continuación, y presidida por el cardenal-arzobispo Antonio María Rouco Varela, el obispo de Tarrasa y presidente de la Fundación Sebastián Gayá, José Ángel Sáiz Meneses, pronunció una conferencia sobre la figura de este insigne y santo sacerdote mallorquín fallecido hace seis años.

Sebastián Gayá nació el 30 de julio de 1913, en Felanitx, en el seno de una familia humilde. En seguida tuvo que emigrar a Argentina en busca de mejores perspectivas de subsistencia. Pero con apenas trece años, el jovencito Sebastián decidió regresar solo a su Mallorca natal atraído por la llamada al sacerdocio. Acogido por un tío suyo, el adolescente tuvo que experimentar un duro camino de privaciones y penalidades hasta alcanzar el día de su ordenación, en plena guerra civil, acaecida el 22 de mayo de 1937. Y en medio de estas adversas circunstancias políticas y sociales, Sebastián decidió iniciar su misión evangelizadora entre las tropas, hasta llegar a crear seis centros castrenses de Acción Católica. Gracias a esta labor apostólica, descubrió la que llamó su segunda vocación: evangelizar a los jóvenes, a los tibios y a los alejados.

Quién iba a imaginar que aquel cura joven, al que tuvieron que consagrar a la Virgen a los cuarenta días de nacer debido a su frágil salud, iba a ser capaz de derrochar una energía tan viva y fructífera en su celo apostólico. Sí, porque Sebastián Gayá estaba destinado a ser uno de los renovadores de la Iglesia en España, precursor del Concilio Vaticano II y co-iniciador, junto al laico Eduardo Bonnín y el obispo de Mallorca Juan Hervás, del Movimiento de Cursillos de Cristiandad: un movimiento de renovación eclesial que hoy se extiende por los cinco continentes, y que ha tocado la vida de más de 10 millones de personas.

Nada más acabar la guerra, Sebastián Gayá sintió, junto a otros, la necesidad de ponerse manos a la obra por revitalizar una práctica religiosa más viva y entusiasta. Aquella era una época en la que pese a un cierto florecimiento del hecho religioso, tanto en su vertiente social como en la personal, se detectaba un déficit de evangelización, de testimonio, de transformación de estructuras, así como de interiorización profunda de la práctica religiosa. En cambio, lo que sí se dio en aquellos momentos fue un colectivo de jóvenes de Acción Católica en Mallorca que echaba de menos una coherencia entre la fe y la vida, una autenticidad, una vitalidad espiritual. Entre esos jóvenes emergieron las personalidades de Gayá, Bonín y monseñor Hervás.

Sería en la Escuela de Propagandistas, creada en 1944 por el propio Sebastián Gayá, donde se gestaría el Movimiento de Cursillos de Cristiandad. Éste nació formalmente en enero de 1949, con el primer Cursillo y después de la histórica peregrinación de jóvenes a Santiago de Compostela en el verano de 1948. Gayá, trabajador infatigable, colaboró en todos los procesos que se iban sucediendo dentro de Cursillos, no solo en España sino en su expansión internacional. Y eso a pesar de sufrir, en silencio y en obediencia a su obispo, el descrédito y las calumnias de un sector eclesial que se resistía a su novedosa forma de evangelizar, y que lo llevó incluso a ser desterrado a Madrid. Y es que —explica monseñor José Ángel Sáiz Meneses—, «en el ambiente religioso de la España de los años 40, los Cursillos supusieron una novedad profunda y transformadora».

Monseñor Sáiz Meneses, en cuya vocación influyó la figura de Gayá, explica que «era un hombre de profunda espiritualidad cristocéntrica, trinitaria y kerigmática, fundamentada en la gracia de Cristo que se recibe en la Iglesia a través de los sacramentos, la Palabra y la oración, y que se proyecta en la caridad y en la amistad. Una mística arraigada en lo fundamental cristiano y orientada hacia la evangelización. Era un verdadero padre espiritual, pero sin paternalismos; un auténtico hermano y amigo; un magnífico maestro y pedagogo que sabía sacar lo mejor de cada uno; un hombre de comunión que unía, ejerciendo un liderazgo fuerte a la par que discreto, desde una profunda humildad». Y añade: «Sebastián puso su vida en manos del Señor, hizo rendir al máximo los talentos que había recibido, fructificó admirablemente en el surco en el que había sido depositado. Creía con profundo convencimiento que todos los miembros de la Iglesia están llamados a la santidad y al apostolado, y así lo transmitía. Dicho de forma lapidaria: fue un precursor de la nueva evangelización».

No cabe duda de que, a medida que pasa el tiempo, la figura de Sebastián Gayá se va acrecentando y su semilla produciendo ciento por uno.


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