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Entre la confusión y el desafecto

28.11.13 | 12:41. Archivado en Política

Vivimos un tiempo de confusión preocupante. A la larga crisis de todo tipo que llevamos padeciendo desde hace unos cuantos años, hay que añadir la confusión, el desasosiego, el descreimiento. Decía san Ignacio de Loyola que «en tiempos de tribulación no hacer mudanza». Quizá tuviera razón el santo fundador de la Compañía de Jesús, pues es sabido que cuando los vientos son hostiles lo mejor es buscar refugio en una ensenada hasta que amaine el temporal. Pero también es verdad aquello de que los tiempos de crisis son tiempos de oportunidades. De manera que así nos encontramos: unos, la mayoría, acogotados y con la respiración contenida a la espera de que pase la tormenta, y otros frotándose las manos por los pingües beneficios que están obteniendo en esta devastadora crisis.

¿A qué me refiero cuando digo que vivimos tiempos de confusión? Pues a lo que se desprende al analizar quienes se benefician del actual estado de cosas. En primer lugar, y de manera inmediata, es fácil comprobar cómo se fortalecen cada día más las organizaciones políticas que se alternan en el poder desde hace más de treinta y cinco años. Moderados de derechas y de izquierdas, junto a nacionalistas e independentistas periféricos. Si observamos atentamente comprobaremos que estas grandes formaciones políticas han sometido todas las instituciones del Estado a su voluntad y a sus intereses.

El mundo financiero es otro de los sectores que más se están lucrando en este tiempo de tribulación, pues no solo han saneado sus cuentas en rojo sino que lo han hecho a cargo de los bolsillos de los contribuyentes. Y todo ello sin que nadie haya pagado hasta ahora por las felonías y excesos cometidos durante tantos años. Y es que poder político y poder financiero son una misma cosa, unos trabajan por los mismos objetivos desde las instituciones públicas y los otros desde las instituciones privadas. La relación entre poder económico y poder político es estrecha e inseparable. No hay más que analizar el recorrido profesional de la mayoría de los ex ministros, ex diputados, ex senadores y ex altos cargos de los gobiernos socialistas, populares y nacionalistas durante las tres últimas décadas, incluyendo los ex responsables de las comunidades autónomas y los grandes ayuntamientos de España.

Y, por último, están los ciudadanos corrientes y molientes, cuyo estado de perplejidad e indignación es patente. Ahora bien, ¿cómo se manifiesta esa decepción y ese hartazgo ciudadano? ¿Cómo se actúa ante la ineficiencia de los gobernantes y la manipulación de los políticos, incluidos los de la oposición, de aquellas cuestiones que preocupan a los ciudadanos? Pues aquí es donde el desbarajuste es clamoroso. Los hay que se dejan embaucar por los cantos de sirena de que ya estamos ante el final del túnel. También hay quienes niegan el pan y la sal a los unos y justifican todo lo que hacen los suyos. Otros, en cambio, más descreídos, despotrican y desprecian a todos por igual. Los hay que viven completamente de espaldas a los acontecimientos de la vida pública, toda vez que meten en el mismo saco de pendencia y golfería a todos los políticos. No son pocos, sobre todo en los municipios pequeños, los que trapichean sus votos y los de su familia a cambio de favores personales en forma de empleos, adjudicaciones o subvenciones. Y así hasta un largo etcétera de actitudes y comportamientos de adhesión, de rechazo o de indiferencia que en la actualidad refleja un enorme grado de desafección que recogen las encuestas de intención de voto.

Pero lo peor es que tanto dolor, tanto cabreo y tanta decepción ciudadana hacia nuestros gobernantes y hacia la casta política en general, no está canalizada en un vivo deseo e interés en mejorar nuestra sociedad y nuestro modelo de vida. No. Al contrario. Lo que la mayoría de gente añora es el recuerdo de los días pasados, aquellos tiempos en que el dinero corría fácil de mano en mano, donde regalaban con frecuencia los oídos con fatuas promesas y con la ilusión de una falsa sociedad del bienestar. Fue un largo periodo de tiempo donde se construyó un estado democrático y en libertad desde el buenísmo de la reconciliación y desde el pacto de entregar la nación, con todos sus recursos, a las organizaciones políticas.

Sinceramente creo que, más pronto que tarde, tanto desafuero acabará sucumbiendo ante un gesto, una voz o una señal que se haga presente desde cualquier punto de España. Siempre ha sido así, y los españoles no hemos evolucionado tanto en los dos últimos siglos como para cruzarnos de brazos, indefinidamente, ante tanta ignominia. Mientras tanto, la desafección se abre paso y gana adeptos.


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    • Miguel Torres Galera Miguel Torres Galera

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