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Halloween, entre el paganismo y la estulticia

25.10.13 | 07:00. Archivado en Religión

«No acudáis a nigromantes ni consultéis a adivinos. Quedaréis impuros por su cusa. Yo soy el Señor vuestro Dios» (Levítico 19: 31).

Ya estamos en la antevíspera de “Haloween”, esa fiesta pagana, desconocida entre nuestras costumbres y tradiciones, pero que en las tres últimas décadas se ha “colado” en nuestra sociedad de la mano de la poderosa y omnímoda industria audiovisual norteamericana. ¡Y cómo se ha “colado”!, con una fuerza y entusiasmo prodigioso. No hay comercio ni medio publicitario que se precie que no proclame una oferta precisa en relación a esta efeméride. ¿Y qué decir de los colegios de toda España? La mayoría tienen programados actos festivos, con disfraces incluidos, para que la alegre muchachada se divierta en una jornada dedicada a los fantasmas, espíritus o muertos vivientes.

Esta paganización de la madrugada de la festividad cristiana de Todos los Santos, no es algo nuevo, aunque sí lo sea entre nuestras costumbres patrias. Se trata de una reminiscencia celta que hunde sus raíces cinco siglos antes de Cristo. Conocida en aquel entonces como “Samhein”, era una fiesta dedicada al sol, que comenzaba la noche del 31 de octubre. Marcaba el fin del verano y de las cosechas; era el preludio del tiempo de oscuridad e inactividad de la naturaleza.

Aquellas gentes primitivas creían que en dicha noche el dios de la muerte permitía a los difuntos volver a la tierra. La separación entre vivos y muertos se disolvía por unas horas y se hacía posible la comunicación entre unos y otros. Pensaban los celtas que las almas de algunos difuntos estaban atrapadas dentro de animales feroces y podían ser liberadas mediante sacrificios a los dioses, incluso sacrificios humanos. En realidad “Samhein” no es otro que el mismísimo demonio, que en todas las épocas busca implantar la cultura de la muerte. Por eso los humanos se disfrazaban para tratar de pasar desapercibidos de las miradas amenazantes de aquellas terroríficas criaturas.

Pasado algún tiempo, en el siglo I de nuestra, los romanos terminarían conquistando los territorios celtas e incorporándolos al Imperio, a la vez que adoptaron las costumbres espiritistas de la noche de “Samhein”. Más adelante, ya cristianizado el Imperio, el papa Bonifacio IV instituye en el siglo VII, en esta fecha, la conmemoración de Todos los Santos, una fiesta anual para honrar a los mártires. Y cuatro siglos después la Iglesia establece el 2 de noviembre como fecha para celebrar el Día de los Difuntos.

Como la Historia nos ha enseñado, ocurre que muchas veces que los usos y costumbres no desaparecen porque un pueblo sea asimilado por otro, sino que éstas se adaptan a los nuevos usos impuestos. Esto fue lo que pasó con los ritos a “Samhein”, que con ciertas modificaciones se adaptaron a los nuevos tiempos, incluso a la cristianización. De ahí que con el discurrir del tiempo, la inmigración irlandesa llevara a Estados Unidos las reminiscencias de esta ancestral tradición aún sobreviviente, y que pronto sería asimilada en el nuevo continente. Desde aquí, con la introducción de algunas novedades, “Halloween” se ha expandido a todo el mundo.

Antes que nada decir que “Halloween” significa (en inglés antiguo, all hallows eve) “Víspera de Todos los Santos”, pues se refiere a la noche del 31 de octubre, víspera de la festividad. Y ha sido la fantasía anglosajona la que ha hurtado su sentido religioso para celebrar en su lugar la noche del terror, de las brujas y los fantasmas. “Halloween” marca un triste retorno al antiguo paganismo, tendencia que se ha propagado también entre los pueblos hispanos.

Dicho esto, conviene recordar como la sociedad moderna, jactándose de ser pragmática, racional y científica, ha rechazado a Dios por considerarlo un mito ya superado. Al mismo tiempo, para llenar el vacío del alma, el hombre de hoy retrocede cada vez más al absurdo de la superstición y del paganismo. Ha cambiado a Dios por el mismo demonio, en el que en realidad tampoco cree. No es de extrañar entonces que vivamos instalados en una cultura de la estupidez y la estulticia, donde por una parte se abole la pena de muerte y, por otra, se defiende que millones de niños sean abortados cada año y otros muchos mueren de hambre y abandono.

Y digo que vivimos en una sociedad donde impera la estulticia porque son muchos los que se deleitan viendo como nuestros niños, y no tan niños, se disfrazan, yendo de casa en casa exigiendo “truco o regalo” (piden una golosina a cambio de no hacer alguna maldad al residente visitado), y otros muchos adultos se deleitan con macabras fiestas de terror, suspirando con muertos vivientes y toda clase de criaturas fantasmagóricas y diabólicas, así como convocando espíritus y fuerzas del más allá. Con esto no pretendo decir que una fiesta de disfraces sea algo intrínsecamente malo. Pero sí que hay que tener cuidado, pues detrás de un disfraz se puede ocultar la impunidad, como ya se han dado numerosos casos.

En cuanto a la calabaza, este símbolo actual de “Haloween” procede de una antigua leyenda irlandesa. Esta cuenta que un hombre llamado Jack, que fue tan malo que cuando murió no le admitieron ni en el cielo ni en el infierno, tuvo que permanecer en la tierra vagando por los caminos, con una linterna a cuestas. Esta linterna primitiva se hacía vaciando un nabo al que se ponía dentro un carbón encendido. A “Jack de la Linterna” o, abreviado, Jack-o-‘Lantern, la gente supersticiosa le ahuyentaba colocando una linterna similar en la ventana o frente a la casa. Cuando la tradición se popularizó en Estados Unidos, el nabo de la linterna se sustituyó por una calabaza, y para producir un efecto tenebroso, la luz sale de la calabaza por agujeros en forma del rostro de calavera o de bruja.

En resumidas cuentas, todo indica que la cultura de la necedad favorece las creencias satánicas y terroríficas que se manifiestan, por ejemplo, en la noche de “Halloween”. No existe el menor pudor en dar pábulo y alentar celebraciones aparentemente inocentes y que, sin embargo, están cuajadas de supercherías y peligrosos equívocos, so pretexto de curiosidad o de pasatiempos inocuos. Lo malo es que no hay pasatiempos inocuos ni sanas curiosidades cuando del maligno se trata. Hacer bromas y practicar juegos de fantasmas, muertos vivientes o espíritus diabólicos se ha convertido en un negocio millonario que seduce y atrae a millones de personas, especialmente niños, adolescentes y jóvenes. Incluso existe una moda estética muy extendida rayana en la necrofilia. Resulta paradójico que la sociedad actual prefiera renunciar a la fe en Dios y regresar al miedo, al terror y a un “más allá” donde el hombre se arrastra hacia la necesidad de protegerse de fuerzas que no puede dominar.

No cabe la menor duda de que “Halloween” es una celebración profundamente pagana y anticristiana. Las Sagradas Escrituras lo advierten: «… No haya entre los tuyos quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego; ni vaticinadores, ni astrólogos, ni agoreros, ni hechiceros, ni encantadores, ni espiritistas, ni adivinos, ni nigromantes; porque el que practica eso es abominable para el Señor» (Deuteronomio 18: 10-12). Y San Pablo, en su Carta a los Gálatas afirma: «Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, discordia, envidia, cólera, ambiciones, disensiones, rivalidades, borracheras, orgías y cosas por el estilo. Y yo os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen estas cosas no heredarán el Reino de Dios» (Gálatas 5: 19-21).

Aprovecho esta ocasión para elevar una plegaría por las almas de las cinco jóvenes mujeres que murieron, hace un año, en la madrugada de Todos los Santos, en la macrofiesta del Madrid-Arena. Fue el resultado de una trágica celebración de “Halloween”, donde organizadores codiciosos, inmorales y faltos de escrúpulos, quisieron aprovechar la ocasión de un negocio lucrativo amparándose en las debilidades de una normativa municipal y en cierta connivencia con algunos responsables del Consistorio madrileño. Una prueba más de a dónde puede llevar la ausencia de valores éticos y morales sólidos. En todo caso, el recuerdo a los santos, mártires y difuntos no casa de ningún modo con la frivolidad y la estupidez humana.


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