La izquierda en España continúa instalada en su infatigable tendencia subversiva. No le interesa nada más que el poder, el poder absoluto. Lo lleva impreso en su código genético político. El marxismo y todos sus derivados han producido más muerte, dolor y miseria en el mundo que el resto de totalitarismos en el último siglo y medio. Por eso, cuando la izquierda no está aupada en el poder, o lo pierde, su naturaleza intrínseca la lleva a operar en todas las esferas de la política: se sirve de los cauces legales y democráticos, llámese vida parlamentaria o institucional, en los cuales extrema la sobreactuación y la demagogia más descarada; pero también ocupa los espacios ciudadanos, ciñéndose los atributos de la justicia popular y enarbolando cuantas banderas reivindicativas puedan otorgarle réditos electorales.
Una vez más la opinión pública se divide y se enfrenta en un falso debate: la sentencia condenatoria dictada por el Tribunal Supremo contra el magistrado Baltasar Garzón por ordenar escuchas ilegales a los abogados de los imputados en el “caso Gürtel”. Sí; digo falso debate no porque no nos asista a cada uno de nosotros el derecho a opinar como mejor nos parezca y, por tanto, a ejercer el derecho a disentir. Lo lamentable de este asunto —como de tantos otros— es la facilidad con la que propendemos a identificar nuestros criterios con la verdad absoluta. Resulta paradójico que de una actitud racional (el hecho mismo de pensar) derivemos a otra irreflexiva, cargada de una acritud enfermiza por radical, mediante la cual acabamos negando la legitimidad a pensar, actuar y casi a existir de nuestros adversarios políticos.
Viernes, 25 de mayo
Miguel Torres Galera
José Pómez
Vicente A. C. M.
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Raúl González Zorrilla
Juan Ramón Moscad Fumadó
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
Antonio Cabrera
Inmaculada Sánchez Ramos
Carlos Ruiz Miguel